El subrayado es nuestro

10/05/2008

Karla y la bicicleta

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias, Cita textual - Héctor Torres @ 7:26 pm

Presentación de La huella del bisonte (Editorial Norma, colección La otra orilla)
Fecha: El próximo 15 de mayo, a las 7:00 pm.
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, en la planta baja de la Torre Mene Grande, Los Palos Grandes, Caracas.
Las palabras de presentación estarán a cargo de Oscar Marcano
El vino será por cuenta de la casa

Capítulo 1:

Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdió un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, año en que Irán e Irak finalizaron su estúpida guerra con un score de cero a cero, y el oso soviético inició su retiro de Afganistán. El mismo en que Raquel se mudaría de la casa en la que vivió buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.
La tarde que recibió el documento cumplía treinta y cinco años. Cumplía, también, cuatro meses desempleada. El documento lo recibió su hija, que antes de saber de qué se trataba, se había sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer lloró y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secundó sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas era que su bicicleta no la acompañaría al que sería su nuevo hogar.

Sin saber que disfrutaba del último agosto de esas calles despejadas, la niña se inclinó sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de enérgicas pedaleadas, se dejó caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atravesó la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atrás con expresión ausente, sintiendo la vibración producida por las irregularidades del asfalto, que se expandía a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.
Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresión concentrada endurecía su cara de niña. Rodó sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empujón de la rueda delantera entró en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.
Sin detenerse a saludar, subió corriendo hasta su cuarto.
¿Te acordaste?, preguntó una voz desde la cocina.
Me baño y bajo, respondió sin aminorar la carrera.
La piel le brillaba por el sudor. Olvidó llevar a casa la fruta que la mamá le había encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitación que había alimentado con cada pedaleada.
Y sabía cómo hacerlo.
Lo descubrió sin proponérselo, un par de meses atrás. Ese cuerpo que se le volvía extraño le había estado enviando perentorias señales, y una tarde calurosa cedió a su invitación, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que había descubierto, huyó de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no sería fácil volver a cerrar.
Una puerta que daba a un salón largo y húmedo, sin fondo aparente.
Ese día, en un impulso desconocido, agarró la bicicleta y se lanzó a la calle. Apenas se sentó, recibió una plácida descarga que se le regó por el cuerpo como leche tibia. Sintió en las caderas una mezcla de crispación y bienestar que se incrementaba en tanto ejercía presión contra el asiento de la bicicleta.
Comenzó a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana.
Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando tenía ganas de orinar, pero de un modo más inquietante.
Y más placentero.
Luego de varias vueltas, regresó a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definición ni pausa, le impedía estarse quieta. Dejó entonces que el instinto tomara el control. Cerró la puerta, echó el seguro y, con prisa, se quitó toda la ropa. La mamá dijo algo que no escuchó.
Se me olvidó, respondió.
Las medias, la franela, el sostén, parecían casas arrasadas por un huracán. Del otro lado del mundo la mamá insistía en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se paró frente al espejo y se sobresaltó. Cada día lo mismo. La chica desnuda frente a sí le parecía tan distinta a la que era apenas uno, dos años atrás. No dejaba de asombrarle con qué prisa le crecían los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirop de chocolate.
Se paró al lado de la cama que en un tiempo compartió con Sarah y Cristina, e inició los ritos que sus nuevas formas le sugerían. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus trémulos pechitos. Una música venida de adentro le hacía girar la pelvis, con una cadencia rítmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.
Se convertía, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper.
Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sentía Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodríguez, las heroínas de las telenovelas que seguía con devoción, acompañándolas en sus lágrimas y risas a través de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenzó a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una película prohibida.
Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspiró hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiración. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubrían su pubis.
Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorría el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.
Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello púbico, provocaba un hilito de frío en su pecho. Nalgas, decía, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repetía y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquirían una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquirían. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que aún exhibía una tersura infantil. Apretó duro las piernas entre sí y suspiró cuando el ardor alcanzó sus caderas.
El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conocía el método para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se metía al baño del cuarto, abría el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conocía el santo y seña y lo había convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su índice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los más viejos recuerdos, la calle solitaria, los sueños impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada… Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.
Entonces comenzaba a frotar.
Después del baño, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresaltó. Habían intentado abrir la puerta, y se alivió al recordar que había puesto el seguro.
Se enfría la comida, señaló una voz. Sin jugo, porque se te olvidó otra vez la fruta.
En un gesto mecánico agarró el cepillo y, aún temblando, se peinó frente al espejo.
Ahora te la pasas encerrada, se quejó la voz alejándose por el pasillo.
Karla echó un último vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, salió del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace algún tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.

Es como un calambre rico que empieza aquí y se riega hasta acá, se confesaba a sí misma, tratando de explicarse lo que le producía el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y había que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de uñas cortas erraban por la quietud de la sábana hasta que caían, sin querer, en el botoncito. En esas noches se dormía tarde, extenuada por la euforia.

La bicicleta te está sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repetía la mamá cuando, en las noches, veían televisión en la sala.
Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la batita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.
Pero sabía que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enteraría.

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De venta en todas las librerías de Venezuela y en la librería de Norma

7/05/2008

Ficción Breve ya está en el aire

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias - Héctor Torres @ 1:30 pm

Con un nuevo diseño y una estructura más ágil que permitirá ofrecer información al día, ya salió al aire el portal Ficción Breve Venezolana. En este nuevo diseño se conjuga la revista literaria de siempre (con actualizaciones quincenales y mensuales de cuentos, reseñas, ensayos y entrevistas sobre literatura venezolana), con una base de datos de la literatura venezolana (con fichas de autores, textos y libros) y un portal de noticias dedicado a difundir las novedades y noticias en el mundo literario y editorial venezolano. En este nuevo portal también se implantará una ventana a la blogósfera literaria venezolana, y mucha información de interés. Por otra parte, el boletín semanal continuará llegando a todos sus suscriptores.
Los invitamos a visitarla.

1/05/2008

El bisonte según Linsabel

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 2:57 am

Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.

Héctor Torres toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor. Con plena conciencia de la llaga donde mete el dedo y manejando con maestría las manipulaciones que sus personajes femeninos ejercen entre ellas y en los indefensos caballeros que las viven en La huella del bisonte; porque ciertamente –lo retrata muy bien la novela- ellos están a merced del arsenal de la sensual ‘seducción femenina bien administrada tras una cara de yo no fui’ que, apelando a los instintos primitivos de los cazadores que habitaron las cuevas de Altamira, ejercen las mujeres desde su tierna infancia, tomando plena conciencia del poder sexual que esto les otorga en los albores de la adolescencia. Sobre todo cuando se es una muchacha sin arraigo, en la búsqueda de una figura masculina que la proteja, que le ofrezca un refugio ante la vida, un punto de referencia frente a una madre inestable y que termina compitiendo con ella.

La pasión, condimento propicio para los más irracionales comportamientos, hace de las suyas nuevamente. El aire está lleno de feromonas, de cuerpos en floración que se encuentran con otros más cercanos al ocaso. Todos tienen su historia, comparten la experiencia casi pederasta del encuentro turgente de la adolescencia con la madurez. El narrador todo lo ha mirado, sin escandalizar, muestra qué ocurre ante la vista de todos. Recrea con sutil delicadeza en el detalle la auto seducción de la adolescente, el descubrimiento de su cuerpo, de sus reacciones, del gozo que se experimenta ante esos primeros placeres solitarios. Luego enfila sus palabras, agudas, al detalle de la seducción del otro, del adulto que representa el poder, el que dice sí ante un solo requiebro de unos labios sinuosos. Un poder que se ostenta en apariencia y que se pierde ante la primera negativa del objeto del deseo, provocando incluso arrebatos de violencia.

Los personajes están tan bien construidos que casi puede sentirse que habitan el apartamento de al lado, la historia contada con precisión convierte en un voyeur al lector, quien observa los acontecimientos sin poder evitar el placer que genera lo que ve, lo que lee. Así asiste al rito de iniciación, es testigo de la evolución de los personajes y se deja sorprender al descubrir las historias paralelas de padre e hija, saboreando luego la complicidad tácita, el entendimiento silencioso, entre ambos.

“…sintiendo aún su saliva en la mejilla, pensó de pronto que debía estar tan mojada como su mirada. (…) Subió su mano y llevó un dedo hasta tocar la pantaleta de algodón, que desprendía calor desde antes de tocarla, sintiendo el otro lado de la tela algo tibio, mullido y, en efecto, bastante mojado. (…) Era un juego y ella se veía deliciosa negando lo que ocurría”. Una lectura quizás ruda al inicio, pero al lector de La huella del bisonte le sucede lo mismo que a sus personajes: cuando ya el puente se ha cruzado, no hay camino de retorno.

Linsabel Noguera

27/04/2008

Literatura, web y Ramos Sucre

archivado bajo la categoría Notas y noticias - Héctor Torres @ 5:31 pm


La Casa Ramos Sucre (en la que vivió la familia del poeta cumanés) es muy hermosa y está admirablemente bien cuidada. Se nota el cariño con el que sus paisanos la han conservado. Allí estuve el pasado jueves 24, invitado por Rubi Guerra, en el marco de las actividades del Día del Libro organizadas por la Casa Ramos Sucre y la Dirección de Cultura de la Universidad de Oriente, disertando sobre literatura e internet a partir de la ponencia Literatura en soportes digitales, o cómo llorar sobre un disco duro. Aunque no muy numeroso, el público fue sumamente entusiasta y animado con el tema.
El breve tiempo que dejó el retrasado vuelo entre llegar a la ciudad e iniciar la ponencia, le bastó a ese excelente anfitrión que es Rubi Guerra, para llevarme físicamente hasta esa escena del Falke en el que Delgado Chalbaud intentó tomar Cumaná, avanzando por el centro de la calle, como si estuviese participando en un desfile militar.

Acá estaban los parapetos del gobierno. Por allá venían las tropas desembarcadas. Aquello que se ve allá era el cuartel que debían tomar. Los que invadían la ciudad no llegaron ni siquiera a este puente. Por aquí pudo haber caído el hombre. Abajo está el río Manzanares…

Entre los hechos de la historia narrados in situ por Rubi y los recuerdos de las páginas de la magnífica novela de Federico Vegas, la experiencia resultó realmente alucinante. Tanto y de forma tan poderosa, que uno pudo abstraerse de los buhoneros y el descuido general en que el gobierno local tiene sumido a la ciudad.
En la Casa Ramos Sucre hay, entre otros valiosos objetos, copias de algunas de las desgarradoras cartas que el atormentado poeta escribió a amigos y familiares. Cuando llegamos a la casa ya era de noche y estábamos a minutos de comenzar la ponencia. De allí que apenas diera tiempo para algunas apresuradas (y muy oscuras) fotos. Ya vendrá otra ocasión.

21/04/2008

Otros quince dejan su testimonio

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias - Héctor Torres @ 6:43 pm


La primera edición de la Semana de la Nueva Narrativa Urbana dejó como testimonio el libro De la urbe para el orbe, que fue editado por Alfa Editorial y contó con un prólogo de Luis Barrera Linares. Ahora, al finalizar las jornadas de la tercera edición, ya podremos tener en nuestras manos el testimonio escrito de la segunda edición, que incluyó a autores como Mario Morenza, Leopoldo Tablante, Gisela Kozak, Carlos Ávila, Víctor Vegas, Eduardo Cobos, Ana García Julio, entre otros. El libro lo edita la Fundación para la Cultura Urbana y se llama Quince que cuentan, el cual tiene un prólogo de Carlos Pacheco, otro reconocido investigador literario venezolano. Esos libros van quedando como herramientas para armar esos tanteos de bosquejar los perfiles literarios del futuro cercano en la narrativa venezolana. Algunas de esas voces seguirán sonando. Otras se evaporarán. Ya el tiempo dirá qué queda de este esfuerzo.
La presentación de Quince que cuentan tendrá lugar en el Centro Cultural Chacao, este viernes 25, al finalizar (como ya dijimos) la última jornada de la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana. Quedan cordialmente invitados

16/04/2008

Veredicto del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores

archivado bajo la categoría Notas y noticias - Héctor Torres @ 4:38 pm

El veredicto le rinde honor a su nombre, y con creces. La edad promedio de los ganadores de los tres premios del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, es de 23 años y medio. También resultó notoria la presencia de diversas regiones del país en el cuadro final. En fin, el jurado compuesto por los reconocidos narradores venezolanos Eduardo Liendo, Federico Vegas y Oscar Marcano, otorgó los primeros premios a los siguientes cuentos y autores:
1er lugar: El cuento Curvas, enviado bajo el seudónimo Holden Caulfield, que corresponde a Fabian Alberto Coelho Castro (Mérida)
2do. Lugar: El cuento Noche Blackblue, firmado con el seudónimo A.K.A., el cual resultó ser Jesús Miguel Soto (Caracas)
3er. Lugar: El cuento A la víbora de la mar, suscrito por Pierre Menard, correspondiendo a la joven Yael Farache (Caracas)

También decidió otorgar menciones especiales a los siguientes cuentos y autores (en orden alfabético):

Decálogo del chico bueno, de Scott Anderson García Pacheco (Maracaibo)
El salto, de Leonardo Laverde Botero (Charallave)
Estrategia para matar un gato, de José Antonio Guzmán (Barquisimeto)
La cofradía del dragón, de Julio Alberto Puche Tapia (Maracaibo)
La pelota cósmica, de Fedosy Santaella (Caracas)
Las lunas de Venus, de Leopoldo Tablante (Caracas)
Los días remotos, de Néstor Luis Bermúdez (Mérida)
Piernas, lujuria, castidad, de Roger Vilain (Puerto Ordaz)

Todos estos textos formarán parte del volumen correspondiente a la presente edición del concurso.

15/04/2008

La huella del bisonte en el Salón del Libro

archivado bajo la categoría Notas y noticias - Héctor Torres @ 3:20 pm

Mario Ramírez es un guionista de TV, cuarentón y divorciado, que se había mantenido alejado de su hija (Gabriela) desde que se separó de su esposa, varios años atrás. Al retomar la relación con la hija, comienza a convivir con su mundo adolescente. En ese contexto conoce a Karla, una de las amigas de Gabriela, y ambas hacen de la casa de Mario el refugio de sus vidas. La convivencia de estos tres personajes permiten ahondar en el tema del amor y el deseo como formas de dominar al otro y de conocerse a sí mismo.

“Basta leer la primera página de esta novela para percatarse de que se trata de una obra poco usual, cuyo atrevimiento reclama una lectura que no se detendrá hasta la última línea. Estamos frente a un texto de elegante erotismo, hecho parte integral de la obra y no mero recurso al cual apelar en momentos cuando la trama no da más o el autor no sabe cómo resolverla”
María del Pilar Puig (extracto del texto de contratapa)

Aunque no será sino hasta el 15 de mayo que se lleve a cabo su presentación, La huella del bisonte se puede adquirir en el Salón del Libro de Caracas (a precio de feria), en el stand 706 del Grupo Editorial Norma. A partir del 15 de abril se podrá conseguir en las librerías del circuito de literatura de Caracas (Entrelibros, Noctua, Templo interno, Alejandria I, II y III, Suma, Libroria, Liberarte y El Buscón), así como en la librería web de la editorial: www.librerianorma.com. En las cadenas Nacho y Tecni-Ciencia, tanto de Caracas como del resto del país, estará disponible a finales de abril.

La huella del bisonte, (Norma, colección La otra orilla), es finalista de la Bienal de Novela Adriano González León, en su edición 2006

13/04/2008

Allí nos dirán lo que tienen para ofrecer

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias - Héctor Torres @ 2:59 pm

La revista El Librero, excelente manera de enterarse acerca de las novedades editoriales presentes en el mercado venezolano, organizó una serie de conferencias para ser desarrolladas durante el Salón del Libro 2008. Acá invitamos a una de ellas, la cual se llevará a cabo el lunes 14 de abril, a partir de las 7:30 pm, y tiene por título: ¿Tiene algo nuevo que decir la joven narrativa venezolana?. En esa mesa se conocerán las opiniones de algunas de las voces más destacadas entre las nuevas generaciones de narradores venezolanos: Salvador Fleján, Rodrigo Blanco, Leopoldo Tablante (los cuales han publicado recientemente sus títulos editados por la editorial Random House Mondadori), Fedosy Santaella y Roberto Echeto, el primero de ese lote en aparecer en el panorama literario emergente de Venezuela. Estaré acompañando a estos autores (de entre 28 y 40 años) en calidad de moderador, y espero que allí salgan algunas pistas interesantes para establecer por dónde viene, en cuanto a propuestas temáticas y estilísticas, la nueva narrativa venezolana.
El asunto es en el Salón del Libro, allá en la CIEC (Universidad Metropolitana). Están todos cordialmente invitados.

8/04/2008

Lecturas equinocciales

archivado bajo la categoría Notas y noticias - Héctor Torres @ 8:58 pm


El sábado 12 de abril, a las 4:30 de la tarde, Carlos Ávila, Antonieta Madrid, Luis Enrique Belmonte, Mario Morenza y Héctor Torres, estarán presentes en el stand 511 (Editorial Equinoccio) del Salón del Libro, leyendo textos y conversando con el público acerca de diversos tópicos de su narrativa. Estarán acompañados por los críticos Luis Barrera Linares y Carlos Sandoval.
El Salón del Libro es un evento que se estará llevando a cabo del 12 al 20 de abril, en el Centro Internacional de Exposiciones de Caracas (CIEC), en la urbanización Terrazas del Ávila, Universidad Metropolitana.
Para los que puedan asistir, nos veremos por allá.

31/03/2008

Epitafio a un pecador…

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 6:28 pm

Gusanos de la tierra
Comen el cuerpo que este mármol cierra;
Mas los de la conciencia en esta calma,
hartos del cuerpo ya, comen del alma.

En Obras escogidas, de Quevedo (Grolier)

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