Congresos de escritores
… los de escritores suelen versar sobre un tema específico que, de cualquier modo, es lo suficientemente vago como para que todos quepan en él, cosas del estilo, “El escritor ante el nuevo siglo” o “¿Hacia dónde va la literatura?”, y bueno, reunido el grupo se hace una recepción de bienvenida parecida a esta y luego se empieza con las mesas redondas; algunos traen textos escritos y los leen y otros improvisan, de acuerdo con la experiencia, y el público aplaude y se anima pues si están ahí es porque han leído a los autores o los conocen, y al final de cada sesión la gente se acerca a pedir autógrafos y dedicatorias, en fin, es algo bastante mecánico. En las noches hay escritores que se lanzan a la cacería de lectoras jóvenes o de escritoras invitadas, y es común verlos en bares y terrazas pronunciando encendidos discursos sobre sí mismos o sus libros, refiriendo con entusiasmo anécdotas en las que ellos, con modestia, aparecen como héroes o incluso superhéroes y sus libros como obras puras y valiosas, lingotes de oro del arte contemporáneo. Otros prefieren quedarse en sus habitaciones de hotel viendo canales de televisión como MTV o Discovery para luego contarlo con desdén a la hora de la cena, queriendo decir, en realidad, yo no me mezclo con ustedes, manada de piojosos, estoy por encima, y así crear un halo de respetabilidad y misterio. También están quienes se dedican a beber y estrechar lazos que permitan sellar invitaciones a otros congresos, y así hay colegas que encadenan una semana con otra y se pasan el año de viaje, dando entrevistas alocadas en lo que por lo general lo literario está más bien ausente, sea por la improvisación o por el deseo de polemizar en el terreno político, y así los escritores y escritoras hacen sus denuncias, toman partido y elevan la voz, lo que les da una gran visibilidad en la prensa, que registra sus inventivas y hace grandes titulares, y si el escritor en cuestión tiene suerte y es, por ejemplo, desmentido por alguna autoridad política o eclesiástica, la cosa se pone de verdad muy bien ya quedará pie a una polémica muy jugosa en términos de notoriedad, y otros escritores se subirán al tren apoyando al primero, pues si la presa es grande puede quedar algo para un segundo o un tercero, aunque, por supuesto, el primero protegerá su capital de notoriedad, no querrá perderlo por causa de oportunistas, y así, al final, los libros del polemista serán los más vendidos y la polémica le habrá dado al evento un aire contemporáneo, comprometido y cosmopolita que beneficia a todos y que, sin lugar a dudas, asegurará que los bancos, las entidades financieras o políticas que lo auspician quieran continuar, incluso con el apoyo de la autoridad que fue criticada o insultada.
En Necrópolis, de Santiago Gamboa (Norma)
Y los británicos tomarían represalias; seguramente, la suya sería una reacción excesiva. Siempre pasaba igual. A lo largo de los cuatro años que siguieron , no nos decepcionaron ni una sola vez. No era que cometiesen errores de juicio, ni que se hicieran una idea errónea sobre el estado anímico de la nación: es que ni siquiera se tomaban la molestia de examinar la situación en que estábamos. Nunca se les ocurrió que el estado anímico de la nación fuese algo que valía la pena tener en cuenta. Convirtieron en rebeldes a millares de personas de lo más tranquilo, personas que nunca se pararon a pensar en lo que ocurría más allá de la verja de sus huertos. Siempre fueron nuestro mejor aliado; nunca podríamos haber sacado adelante nuestra empresa sin su ayuda.
Pedro Enrique Rodríguez es, definitivamente, un esteta. Su apego a buscar, junto a la claridad, la belleza en la comunicación cotidiana permea claramente hacia su literatura, entendiendo por esta una acepción muy amplia que incluye no sólo sus textos de creación, sino también sus lecturas, sus temas vitales e, incluso, sus percepciones frente a la realidad. Todos estos elementos conducen a un deleite en la permanente búsqueda de la elegancia en la creación.













