El subrayado es nuestro

30/08/2007

Carroll dice que son de azúcar y canela

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 2:42 am

Xie Kitchin
Querida Gertrude:
¿Sabes una cosa? Ya no se pueden enviar besos por correo: el paquete pesa tanto que resulta muy caro. Cuando el cartero me trajo tu última carta, me miró con aire severo y me dijo: «Tiene que pagar dos libras, señor. Exceso de peso». (Creo que me tima. Siempre me hace pagar dos libras cuando deberían ser dos peniques.) «¡Por favor, señor cartero». le dije hincando gentilmente una rodilla en tierra (tendrías que haberme visto arrodillándome delante de un cartero; es una imagen muy bonita), «perdóneme por esta vez! Es de una niña.» «¿De una niña?», gruñó, «¿y qué tienen de especial las niñas? «Que son de azúcar y canela», empecé a decir, «y de todo lo que…» Pero él me interrumpió: «¡No me refiero a esto! Quiero decir qué tienen de bueno las niñas que mandan cartas tan pesadas». «La verdad. no mucho, francamente», dije yo con tristeza.
«Procure no recibir más cartas como ésta», dijo él, «al menos, que no sean de esta niña. La conozco bien y es bastante mala.» ¿Verdad que no es cierto? No creo que te haya visto siquiera. Y tú no eres mala, ¿o sí? Con todo, le prometí que nos escribiríamos muy poco. «Sólo dos mil cuatrocientas setenta cartas», le dije. «¡Ah!», dijo él, «si son tan pocas no tiene importancia. Lo que yo quise decir es que no escribiesen “muchas”.»
Ya ves, a partir de ahora tendrás que llevar la cuenta y, cuando lleguemos a la dos mil cuatrocientos setenta, no nos escribiremos más, a menos que el cartero nos dé permiso.
Tu querido amigo, Lewis Carroll

Carta enviada a Gertrude Chataway, el 9 de diciembre de 1875

En Niñas (Cartas y fotografías), de Lewis Carroll (Lumen)

27/08/2007

Libros que sentimos que nos cambiaron la vida

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos - Héctor Torres @ 8:12 pm

Cada cierto tiempo tenemos la suerte de tropezarnos con uno de esos libros que sacuden nuestra percepción de lo cotidiano; esos que nos hacen sentir, siquiera ilusoriamente, que nuestra vida ha cambiado de una forma que no sabriamos precisar. Son los que, mientras leo en el metro, por ejemplo, me hacen alzar la vista y ver con desdén la propaganda gubernamental, los anuncios publicitarios, lo inútil de los afanes inmediatos, y hasta ver con una serenidad poco habitual -casi distante- el circundante y ubicuo paisaje femenino. En la magia que despiertan nos hacen sentir la ambigua sensación de que todo es deleznable e infinitamente maravilloso a una vez. Nos despiertan, siquiera en algunos pasajes, un afecto y un respeto religiosos. O nos impiden controlar, en plena calle, lágrimas y carcajadas. No necesariamente son muy buenos. Ni técnicamente impecables. No son, en fin, los mejores que hemos leído. Sólo supieron despertar la magia, la duda ante la veracidad de la realidad. Sólo nos regalaron ese pasaje que nos hizo agradecer, maravillados, que hayan llegado a nuestras manos. Es quizá eso lo que agradecemos: que nos hayan regalado una ilusoria sensación de que la vida es otra y no esta. De que la vida no sólo es lo que es, sino además lo que puede ser.
En mi caso, durante los últimos dos años, algunos de los que entrarían en esa categoría (en mayor o menor medida) serían: El palacio de la luna, de Paul Auster (Anagrama); El enterrador, de Thomas Lynch (Santillana); Intérprete de emociones, de Jhumpa Lahiri (Booket); Falke, de Federico Vegas (Random House Mondadori) y El compromiso, de Serguey Dovlátov (Ikusager). De seguro hay otros. Esos son los que vienen de pronto a mi memoria.
Ante cada libro que abro por primera vez, cobijo la esperanza de poder ubicarlo en esa categoría.

26/08/2007

Los fantasmas de la historia

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 8:02 pm

El hombre construye ciudades para tener historia. La capacidad de generar artificios y la de fijar su historia, son dos de sus rasgos distintivos. Y aunque las edificaciones son los referentes de cada época, no sólo revelan momentos de la Historia. Guardan, además, su huella, sus impulsos vitales. Esa idea no deja de dar vueltas en De prófugos y fantasmas (Random House Mondadori, 2005), de Héctor Concari.
De una cárcel, ubicada en una ciudad con vista al mar, se fuga un grupo de guerrilleros. En el ajedrez del poder se juega su destino. El fin parecía acercarse para el viejo edificio. Arnaldo Kipling, alto funcionario del gobierno de turno, logra remozar la antigua cárcel para convertirla en un hotel de lujo. Los vecinos reciben la noticia con alborozo, “como si una batalla de años hubiera sido ganada y el armisticio firmado”. Pero así como una muestra de sangre nos cuenta acerca del estado de la sangre toda, un edificio nos puede contar acerca del estado de salud de todo un país. Eso lo aprenderá, aunque tarde, ese inescrupuloso funcionario que descubriría, además, que la línea trazada por la codicia alcanza su punto de llegada sólo en la propia destrucción.
De prófugos y fantasmas aparenta ser, en sus primeros capítulos, una sólida ficción de intriga política. Una historia de zancadillas y ambiciones, elementos típicos de ese espinoso camino hacia la dominación del prójimo. Pero a medida que se avanza en la historia, la vista se va abriendo paso, como cuando se camina en un bosque hasta ver con claridad el paisaje que quedaba oculto. En esa supuesta ficción, una ciudad, un país, que nunca se nombran, comienzan a mostrarse en las pistas de un Caribe, de un ámbito. Por omisión, una certeza comienza a tomar forma en la trama: nos encontramos leyendo, en la historia de la cárcel devenida en hotel, la historia contemporánea del país.
Y así como en Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, en el que se dibuja un Perú apocalíptico, una Lima escenario del último laboratorio de la Guerra Fría; de igual manera, en De prófugos y fantasmas, Concari sigue el trazado de esa línea para especular hasta dónde podría llegar la miopía de los gobernantes, que pretenden convertir al país en un apéndice de su propia historia.
La cárcel sin nombre de Concari es una metáfora de la llaga social maquillada. Por olvidar los pequeños problemas, por pretender asfixiarlos con la indiferencia, aparecen robustecidos, como virus, sólo que a escalas monumentales. “Un problema que los años agigantarían inverosímilmente, pero entonces no podía saber que la historia del país pasaría por la del hotel”, afirma uno de los personajes centrales de la trama. Y así como los venezolanos aprendimos dolorosamente que la naturaleza siempre vuelve por sus espacios, el pasado también vuelve. “Más bien parecía que los fantasmas volvían a recobrar lo que era de ellos, y nos enseñaban la salida, casi con cortesía, como se expulsa a un huésped que no puede pagar la cuenta”, completa en otra ocasión.
En su poema “para una versión del I King”, Jorge Luis Borges afirmó que “el porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer”. Héctor Concari, un autor poco conocido que supo aprovechar su condición de autor novel, para superar las posibles expectativas del lector, parece coincidir con esta sentencia, a lo largo de las 257 páginas de su consistente historia de viejos fantasmas que no olvidaron el camino a casa.

Sobre De prófugos y fantasmas, de Héctor Concari (Random House Mondadori)
Publicado originalmente en la Revista Veintiuno (3.10)

24/08/2007

Todos los muertos son santos

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 9:55 pm

La aversión que siempre me ha producido esa manía de santificar a todo el que muere, me impide asistir a los velorios, lo que me ha hecho ganarme muchos silenciosos o airados reproches. Por eso es que, después de haberlo tropezado, siento una inmensa afinidad por este pasaje. Más adelante hablo más acerca del impactante libro del que lo extraigo.

Odio los oficios fúnebres. No porque alguien haya muerto, pues en realidad no he tenido que enterrar a ningún allegado. Y los no allegados me son indiferentes. De todos modos odio los entierros. En el contexto de la muerte de alguien, cualquier acción parece inmoral. Odio los entierros por su tono de dolor hermoso, convincente. Por las lágrimas de gente que en realidad son extraños, dolientes ajenos. Por la sensación de alegría reprimida: «No es mi muerte, sino la de otro». Por el secreto entusiasmo por la bebida que vendrá. Por los elogios exagerados dirigidos al difunto (siempre siento deseos de gritar: «¡A él ya le da igual! Sean más tolerantes con los vivos. Conmigo, por ejemplo»).

En El compromiso, de Serguey Dovlátov (Ikusager)

Nos falta estrategia

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos - Héctor Torres @ 2:09 pm

Nosotros somos un conglomerado de escritores muy ingenuos, muy chapados a la antigua en el sentido de que estamos esperando que nos descubran. Y resulta que nadie te va a venir a descubrir. Estamos en la obligación de confederarnos, de trabajar en conjunto, como muy sabiamente me lo dijo Santiago Gamboa, quien me hizo ver que el problema entre nosotros es que no nos ponemos de acuerdo, no actuamos en bloque, no respetamos nuestra propia tradición y cuando salimos, lo hacemos hablando pestes del que se quedó.

Oscar Marcano, en entrevista concedida a Ficción Breve Venezolana

23/08/2007

Intérprete de emociones

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Apuntes sueltos, Notas y noticias - Héctor Torres @ 2:10 am

Además de ser mujeres y de tener un origen hindú, Bharati Mukherjee (1940) y Jhumpa Lahiri (1967) tienen en común el estar incluidas en antologías de cuentos norteamericanos; es decir, son consideradas figuras representativas de una narrativa de larga y sólida tradición, como lo es la norteamericana. Con El manejo del dolor, Mukherjee aparece en la Antología del Cuento Norteamericano compilada por Richard Ford, volumen que abarca una lista de 65 autores que van desde los precursores Washington Irving y Nathaniel Hawthorne, hasta figuras más recientes como Tim o´Brien y Lorrie Moore, pasando por Wiliam Faulkner y Raymond Carver, entre otros reconocidos nombres.
Jhumpa Lahiri La otra antología: Habrá una vez, traducida y compilada por Juan Fernando Merino, parece recibir el testigo de la anterior, ya que incluye 25 autores de las generaciones actualmente consolidadas, esas que insurgieron inmediatamente después de la última reflejada en la muestra anterior, con nombres como Elisa Wald (con su extraordinario cuento: Terapia), Tom Piazza, Rick Bass y Kate Wheeler, entre otros (curiosamente, ésta última estuvo en Venezuela, hará unos dos años, dictando una conferencia organizada por el Pen Venezuela en la extinta Macondo, para el muy reducido público que atendió la convocatoria).
El cuento de Lahiri en esta muestra se titula Una cuestión temporal, y narra la historia de una pareja de hindúes en medio de una crisis personal, quienes aprovechan un corte programado de luz para retomar el hábito de conversar a la luz de las velas, hasta que tropiezan con las verdades que los obligan a tomar decisiones que resolverán su crisis. También es hindú la protagonista de El manejo del dolor, el cuento de Mukherjee. La misma se encuentra en Irlanda, junto a un grupo de compatriotas, a dónde viajó para resolver los trámites relacionados con el reconocimiento y entrega de los cadáveres de sus familiares, luego de una tragedia aérea.
Ambos cuentos estuvieron entre mis favoritos cuando leí las respectivas antologías (con una distancia de un par de años entre una y otra). En ambos, el punto de vista femenino, en situaciones de crisis fuertes y dolores intensos, se expresa con una claridad y una contundencia que no se distrae en detalles innecesarios, ni en largos desvaríos emocionales, sino haciendo uso de un conciso y eficiente manejo del idioma. En ambos, sus autoras se adentran en los complicados mecanismos del alma para explicar el desajuste al que se ven sometidos sus personajes, usando la claridad y la sencillez de expresión como contrapeso a esos complejos estados anímicos.
No he tenido ocasión de leer más nada de Mukherjee. Sé que ha escrito varias novelas (la más famosa: Jasmine) y un par de colecciones de cuentos. La trayectoria de Lahiri, en cambio, es más breve aunque quizá más contundente. Fue la ganadora del Premio Pulitzer del año 2000, ocasionando doble sorpresa en el mundo literario norteamericano: no sólo una autora joven (32 años) se estaba llevando un premio usualmente otorgado a figuras consagradas, sino que además lo hacía con un libro de cuentos, siendo que la tradición apuntaba a que ese premio suele entregarse a novelas. Para mayor escándalo, vale agregar que ese libro de cuentos era su primera obra publicada: Interpreter of maladies (Intérprete de emociones), el cual incluye el cuento aparecido en Habrá una vez, junto a otros ocho relatos de la misma impecable factura.
No sé si ese libro se consigue en Venezuela. Sé que tengo la fortuna de haberlo leído y, para mayor dicha, tenerlo en mi biblioteca. Llegó a mis manos gracias a una gentileza de Rodrigo Coll, con quien había intercambiado emocionadas impresiones sobre varios textos aparecidos en Habrá una vez (La punta, El amor no es pera en dulce, Terapia, Algunos dicen que el mundo…). Sé, además que los nueve cuentos del libro conforman una muestra homogénea de historias muy bien contadas cuyos personajes suelen tener en común el verse sometidos a las presiones de adaptarse a una cultura distinta y lejana a la suya. Que cuentos como Sexy, La casa de la señora Sen y El tercer y último continente son de los mejores que he leído en los últimos años. Que se demuestra una vez más que ámbitos intimistas y sensibles no se riñen con historias ágiles, profundas y austeras en regodeos emocionales. Que la buena literatura es de las cosas más universales que hay, indistintamente de asumir espacios geográficos y culturales determinados. Que los temas cotidianos y corrientes nunca se agotan cuando son tratados con inteligencia, imaginación y agudeza.
Se llama Intérprete de emociones (Booket). Cuando lo vea en el estante de una librería, no lo dude ni un instante.

22/08/2007

Regla sagrada

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 8:08 pm

… Quería sentarme a leer el libro de Alma, pero no me parecía tener derecho a hacerlo sin su permiso. Ya llevaba escritas más de seiscientas páginas, pero aún se encontraban en estado de borrador, y a menos que un escritor le pida específicamente a uno comentarios sobre una obra en marcha, está prohibido curiosear.

En El libro de las ilusiones, de Paul Auster (Anagrama)

El tamaño del escritor

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos - Héctor Torres @ 12:49 am

Me di cuenta de que la escritura, como cualquier otra expresión artística, no es otra cosa que el reflejo del nivel interior que tú tienes; cuando tú escribes te estás escribiendo a ti mismo, estás mostrando el tamaño que has alcanzado por dentro.

José Pulido (en entrevista concedida a Ficción Breve Venezolana)

21/08/2007

Los móviles de Adriana

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 4:04 am

Estos últimos años el mercado venezolano se ha visto inundado de primeras novelas de autores del patio. Para los que dan importancia al asunto del género, vale destacar que de esa fértil cosecha un porcentaje importante corresponde a voces femeninas, las cuales darán suficiente trabajo a los estudiosos que revisan periódicamente la producción literaria nacional, debido a que la cómoda etiqueta novela femenina venezolana ofrecerá cada vez más dificultad a la hora de encerrarla en unas pocas características.
Adriana Villanueva es una de estas noveles autoras. Con un nada desdeñable espacio en la prensa sabatina, comparte con sus lectores, en clave de humor, las tragedias del cotidiano en el devenir del país. Con ese estilo cultivado en su columna de prensa, cuenta la historia del robo de una escultura de Calder que forma parte del patrimonio de la Universidad Central de Venezuela. Esta situación dispara en la protagonista un (nada voluntario) viaje a su época de estudiante universitaria, durante los ochenta. La reunión de su grupo de entonces va reconstruyendo, con no siempre deseable nitidez, fragmentos olvidados de ese período de su vida.
Esta situación le permite contrastar los sueños de los 20 años con lo alcanzado en los 40, incluidos matrimonios, hijos, pragmatismo y una previsible lasitud espiritual reñida con idealismo alguno: la mentada madurez. Permite, a su vez, constatar que los sueños de los veinte años no vuelven sin cierto aire deshilachado. Los personajes de la historia no sólo constatan que la realidad ha perdido el fulgor de los sueños, sino que, potenciado por la tempestad que se cernió sobre la situación sociopolítica del país, ven propicia la reflexión en torno al irse o quedarse, lo que convierte a El móvil del delito en la posible iniciadora de una tradición de novelas sobre un tema que ha sido ajeno a la idiosincrasia del venezolano de los últimos cuarenta años: la emigración y el exilio voluntario.
Dentro del código simbólico de la novela (la cual se vale de personajes que podrían considerarse estereotipados aunque eficaces en sus discursos), el móvil de Calder pasa a ser, no la identidad de un recinto como la UCV, ni el emblema de una época en la que se creyó que tropezaríamos con la modernidad a la vuelta de la esquina; simboliza algo que tiene menos de argumento cultural y mucho más de fatalidad íntima, menos de misteriosa grandilocuencia y más de desencanto personal: el precario equilibrio en que el tiempo se mueve a través de la vida de los personajes.
El fatídico 11 de septiembre de 2001, el cataclismo criollo que no promete redención sino venganza, las consecuencias de vivir en un mundo menos optimista, tienen presencia en el desarrollo de la historia, evadiendo, contrario a lo que muchos esperarían, el discurso Plaza Altamira, para ofrecer un repaso de la autora sobre los tiempos que le tocó vivir.
La franqueza, el estilo ágil y carente de pretensiones, la historia contada con la fluidez de la narración oral (incluso cuando el riesgo sea la presencia, en algunos pasajes, de los temidos lugares comunes), a tono con el cual ha contado sus tribulaciones cotidianas en su columna de prensa, conforman un apreciable punto de partida para ese bautizo de fuego que supone la primera novela, en un país que comienza a tener una dura competencia por el interés de los lectores. Si ese era uno de los móviles de Adriana, se puede afirmar que lo logró.

Sobre El móvil del delito, de Adriana Villanueva (Ediciones B)
Publicado originalmente en la Revista Veintiuno (4.17)

20/08/2007

Los peligros de la literatura desesperada

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 5:19 pm

Mi primer encuentro con este fragmento vino de la mano de Lennis. Me lo leyó un día cualquiera a una hora seguramente poco literaria. Me entusiasmó tanto que propició una larga conversación sobre el tema. Lo he releido en distintas ocasiones y me sigue pareciendo, no sólo interesante, sino además muy pertinente. Aunque el personaje que lo dice está loco, suscribo totalmente este alerta sobre los peligros de la literatura deseseperada, y su intrínseca falta de humildad. Es un poco largo, pero no era posible sacrificar una sola línea. Leanlo a continuación:

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.

En Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (Anagrama)

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