Los peligros de la literatura desesperada
Mi primer encuentro con este fragmento vino de la mano de Lennis. Me lo leyó un día cualquiera a una hora seguramente poco literaria. Me entusiasmó tanto que propició una larga conversación sobre el tema. Lo he releido en distintas ocasiones y me sigue pareciendo, no sólo interesante, sino además muy pertinente. Aunque el personaje que lo dice está loco, suscribo totalmente este alerta sobre los peligros de la literatura deseseperada, y su intrínseca falta de humildad. Es un poco largo, pero no era posible sacrificar una sola línea. Leanlo a continuación:
Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.
En Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (Anagrama)
Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.














Por lo general leo libros de una biblioteca pública espectacular. Libros sin subrayado y que yo misma no puedo subrayar, ni marcar, ni doblar una puntica de la página. Entonces si algo me gusta, tengo que copiarlo en un cuaderno. Pero a veces he encontrado pequeñas marquitas, palabras escritas con una caligrafía microscópica para que no se noten. Y la verdad es que me encanta encontrarme estas huellas de otros lectores: leer los subrayados de los otros es un verdadero placer (placer de chismosos y metiches) porque nos muestran otras lecturas, otras visiones de un mismo objeto artístico (para que no suene a simple gusto por mirar lo ajeno) Me encantará leer tus subrayados!!
Comment by liliana lara — 20/08/2007 @ 6:39 pm
El asombro que nos produce la literatura nos pone a husmear pistas que nos indiquen (en las marcas dejadas por los otros) qué tanto misterio y qué tanta magia hay en esas cosas. Es decir, nos pone a buscar en otros para explicarnos a nosotros mismos. Bienvenida siempre, Liliana.
Comment by Héctor Torres — 21/08/2007 @ 12:28 am
Recuerdo que cuando leí Los Detectives Salvajes yo también quería ser un autor de literatura desesperada. Las vueltas y vueltas sobre un tema recurrente que da este libro y que nunca lleva a nada salvo a la locura es toda una terapia para las ridículas ambiciones que muchos tenemos. Acabé urgido de levedad y entendiendo que en la simpleza están las respuestas. Quizás con eso nunca logre escribir un libro tan genial como el de Bolaño; pero al menos me mantendré lúcido.
Me gusta este nuevo blog, Tower. Un abrazo
Comment by Linus Lowell — 22/08/2007 @ 12:06 pm
La primera vez que leí este fragmento de Los detectives salvajes sentí que había dado con la clave “¡Esto es! Así me siento”.
Hace bastante que renuncié a ser escritora (anque he vuelto a coquetear con la escritura gracias al blog), sin embargo, como lectora, descubri que con el paso del tiempo dejaron de apasionarme los “malditos”; lejos de eso me aburren. Disfruto muchísimo de leer otras cosas, y no es que no pueda leer a algún atormentado escritor de vez en cuando, pero la devoción se la dejo a los adolescentes. Pero más aún, mientras más leo este pasaje descubro que no es sólo con la literatura, así debe ser la vida. Si no, corres el riesgo de quedarte atrapado.
Comment by Lennis — 22/08/2007 @ 1:16 pm
Coincido totalmente con ustedes. Siento, por demás, que hay una inmensa dosis de narcisismo en eso de dedicar todos y cada uno de los esfuerzos de una vida en autodestruirse. Es creer también, de una forma secreta, que el mundo debe compadecerse de ti. Sé de un poeta en Maracay que llegó al punto de la indigencia ¡Y con orgullo! Releí recientemente Yonqui, de Burroghs, y aunque lo leí sin problemas ya al final sólo quería terminarlo. Y acá tenemos nuestros propios ejemplares: ¿Quién puede releer, de adulto, ciertos textos de Massiani y Renato Rodríguez, con el mismo fervor, con la misma sensación de estarse leyendo a sí mismos, de cuando era adolescente? Sólo quien siga siendo un adolescente incomprendido. De resto, esos pasajes se leen como el que vuelve a las fotos de un viejo y querido album.
Comment by Héctor Torres — 22/08/2007 @ 1:37 pm
Coincido contigo, qué raro, y creo que si algo explica bien el asunto es la frase que usas en tu post El tamaño del escritor y que se puede aplicar tanto a escritores como a lectores: “la escritura, como cualquier otra expresión artística, no es otra cosa que el reflejo del nivel interior que tú tienes; cuando tú escribes te estás escribiendo a ti mismo”.
Razón tiene Pulido.
Comment by Lennis — 22/08/2007 @ 10:43 pm