Intérprete de emociones
Además de ser mujeres y de tener un origen hindú, Bharati Mukherjee (1940) y Jhumpa Lahiri (1967) tienen en común el estar incluidas en antologías de cuentos norteamericanos; es decir, son consideradas figuras representativas de una narrativa de larga y sólida tradición, como lo es la norteamericana. Con El manejo del dolor, Mukherjee aparece en la Antología del Cuento Norteamericano compilada por Richard Ford, volumen que abarca una lista de 65 autores que van desde los precursores Washington Irving y Nathaniel Hawthorne, hasta figuras más recientes como Tim o´Brien y Lorrie Moore, pasando por Wiliam Faulkner y Raymond Carver, entre otros reconocidos nombres.
La otra antología: Habrá una vez, traducida y compilada por Juan Fernando Merino, parece recibir el testigo de la anterior, ya que incluye 25 autores de las generaciones actualmente consolidadas, esas que insurgieron inmediatamente después de la última reflejada en la muestra anterior, con nombres como Elisa Wald (con su extraordinario cuento: Terapia), Tom Piazza, Rick Bass y Kate Wheeler, entre otros (curiosamente, ésta última estuvo en Venezuela, hará unos dos años, dictando una conferencia organizada por el Pen Venezuela en la extinta Macondo, para el muy reducido público que atendió la convocatoria).
El cuento de Lahiri en esta muestra se titula Una cuestión temporal, y narra la historia de una pareja de hindúes en medio de una crisis personal, quienes aprovechan un corte programado de luz para retomar el hábito de conversar a la luz de las velas, hasta que tropiezan con las verdades que los obligan a tomar decisiones que resolverán su crisis. También es hindú la protagonista de El manejo del dolor, el cuento de Mukherjee. La misma se encuentra en Irlanda, junto a un grupo de compatriotas, a dónde viajó para resolver los trámites relacionados con el reconocimiento y entrega de los cadáveres de sus familiares, luego de una tragedia aérea.
Ambos cuentos estuvieron entre mis favoritos cuando leí las respectivas antologías (con una distancia de un par de años entre una y otra). En ambos, el punto de vista femenino, en situaciones de crisis fuertes y dolores intensos, se expresa con una claridad y una contundencia que no se distrae en detalles innecesarios, ni en largos desvaríos emocionales, sino haciendo uso de un conciso y eficiente manejo del idioma. En ambos, sus autoras se adentran en los complicados mecanismos del alma para explicar el desajuste al que se ven sometidos sus personajes, usando la claridad y la sencillez de expresión como contrapeso a esos complejos estados anímicos.
No he tenido ocasión de leer más nada de Mukherjee. Sé que ha escrito varias novelas (la más famosa: Jasmine) y un par de colecciones de cuentos. La trayectoria de Lahiri, en cambio, es más breve aunque quizá más contundente. Fue la ganadora del Premio Pulitzer del año 2000, ocasionando doble sorpresa en el mundo literario norteamericano: no sólo una autora joven (32 años) se estaba llevando un premio usualmente otorgado a figuras consagradas, sino que además lo hacía con un libro de cuentos, siendo que la tradición apuntaba a que ese premio suele entregarse a novelas. Para mayor escándalo, vale agregar que ese libro de cuentos era su primera obra publicada: Interpreter of maladies (Intérprete de emociones), el cual incluye el cuento aparecido en Habrá una vez, junto a otros ocho relatos de la misma impecable factura.
No sé si ese libro se consigue en Venezuela. Sé que tengo la fortuna de haberlo leído y, para mayor dicha, tenerlo en mi biblioteca. Llegó a mis manos gracias a una gentileza de Rodrigo Coll, con quien había intercambiado emocionadas impresiones sobre varios textos aparecidos en Habrá una vez (La punta, El amor no es pera en dulce, Terapia, Algunos dicen que el mundo…). Sé, además que los nueve cuentos del libro conforman una muestra homogénea de historias muy bien contadas cuyos personajes suelen tener en común el verse sometidos a las presiones de adaptarse a una cultura distinta y lejana a la suya. Que cuentos como Sexy, La casa de la señora Sen y El tercer y último continente son de los mejores que he leído en los últimos años. Que se demuestra una vez más que ámbitos intimistas y sensibles no se riñen con historias ágiles, profundas y austeras en regodeos emocionales. Que la buena literatura es de las cosas más universales que hay, indistintamente de asumir espacios geográficos y culturales determinados. Que los temas cotidianos y corrientes nunca se agotan cuando son tratados con inteligencia, imaginación y agudeza.
Se llama Intérprete de emociones (Booket). Cuando lo vea en el estante de una librería, no lo dude ni un instante.















Qué curioso, justo ayer estaba pensando en la maravilla que es el cuento de la Mukherjee que aparece en la antología de Ford. En realidad, pensaba en un detalle apenas significativo del relato: la optimista trabajadora social canadiense (especie de Ally Mcbeal de la beneficencia), vagamente entusiasmada por salvar a los sobrevivientes de un dolor del que, de todos modos, nadie les podría salvar.
Otra cosa: es posible que no todas las traducciones del libro de Lahiri tengan a Intérprete de Emociones como título. El título original en Inglés es Interpreter of Maladies, es decir, Intérprete de Enfermedades.
Estoy tratando de encontrar su primera novela, The Namesake. Cuando lo haga, compartiremos el hallazgo.
Abrazo por allá.
Comment by Coll, Rodrigo Coll — 23/08/2007 @ 7:24 pm
Cómo olvidar el personaje, Rodrigo. Aunque más vívidos recuerdos me dejan esa pareja de ancianos que, por desconfiar del gobierno, se negaban a firmar documento alguno. El viejo mantenía esa orgullosa actitud de que cuidar de su mujer era un deber exclusivamente suyo, aunque se estaban quedando en la miseria; mientras la trabajadora social intentaba en vano hacer algo para amortiguar su tragedia. Es de esos cuentos que desaniman a cualquier principiante. Un abrazo para ti.
Comment by Héctor Torres — 23/08/2007 @ 8:00 pm