Todos los muertos son santos
La aversión que siempre me ha producido esa manía de santificar a todo el que muere, me impide asistir a los velorios, lo que me ha hecho ganarme muchos silenciosos o airados reproches. Por eso es que, después de haberlo tropezado, siento una inmensa afinidad por este pasaje. Más adelante hablo más acerca del impactante libro del que lo extraigo.
Odio los oficios fúnebres. No porque alguien haya muerto, pues en realidad no he tenido que enterrar a ningún allegado. Y los no allegados me son indiferentes. De todos modos odio los entierros. En el contexto de la muerte de alguien, cualquier acción parece inmoral. Odio los entierros por su tono de dolor hermoso, convincente. Por las lágrimas de gente que en realidad son extraños, dolientes ajenos. Por la sensación de alegría reprimida: «No es mi muerte, sino la de otro». Por el secreto entusiasmo por la bebida que vendrá. Por los elogios exagerados dirigidos al difunto (siempre siento deseos de gritar: «¡A él ya le da igual! Sean más tolerantes con los vivos. Conmigo, por ejemplo»).
En El compromiso, de Serguey Dovlátov (Ikusager)















Que buena cita. Coincidimos en aquello de ” santificar” los muertos, como que si una vida completa con seguramente muchos desatinos se bañara en agua bendita y de convirtiera en virtud. Yo quisiera “evaporarme”, para que no existan excusas de un “Amor cuando yo muera”. Muchos saludos!
Comment by Martha Beatriz — 27/08/2007 @ 1:06 am