El derecho a renunciar a un clásico
José Pulido advirtió en una ocasión, durante una entrevista, que cuando uno no puede terminar un libro que es considerado un clásico, la limitación viene de uno y no del libro. Que no se está en el momento de enfrentarlo, que vendrá un tiempo en que se esté listo para esa lectura. Esa, más o menos, fue el razonamiento. El asunto tiene a su favor la humildad de entender que, así como un libro inolvidable puede ser la lectura ideal en el momento adecuado, un libro intragable puede ser la lectura equivocada en el momento menos oportuno.
Lo cierto es que todos tenemos libros que no alcanzamos a terminar. Libros que hemos enfrentado en más de una ocasión, con el mismo resultado: un fracaso de avanzar más allá de la página número tal. Reputados títulos que, una vez abierto, y luego de agotadores esfuerzos traducidos en precarios avances, nos hemos visto obligados a abandonar. A veces, la vergüenza nos impide reconocerlo. A veces, no se trata sólo de un libro, sino de un autor en general.
Instigado por la inmensa cantidad de libros contemporáneos por leer, cada vez me pasa menos que aborde la lectura de un clásico. Pero no dejo de recordar mi imposibilidad de avanzar demasiado con algunos de ellos. La divina comedia, Guerra y paz y El decamerón son algunas de las expediciones a las que ya renuncié. Cosa que no me sucedió con El Quijote, que una vez superada la dificultad de adaptarme al español antiguo de la versión que tengo en casa (digamos, las primeras veinte páginas), los dos tomos de ese gran clásico se convirtieron en una aventura muy agradable de la que atesoro con claridad diversos momentos interesantes.
En cuanto a utores completos, debo confesar que tampoco ha sido muy fluida mi relación con William Faulkner (aunque creo que, en este caso particular, no he tenido tino para escoger el momento de abordar las novelas suyas que he leído, algunas de las cuales no concluí), por hablar de un autor de mucho prestigio. Algo similar me ha ocurrido con Alejo Carpentier.
En última instancia, creo que cada lector tiene su temperamento, y que sentirse identificado con cierta estética es su derecho.
Aunque tenga que renunciar a conocer ciertos títulos considerados fundamentales. Es decir, a pesar de estar de acuerdo con el postulado de Pulido, también creo que es derecho del lector renunciar a determinado autor, a no insistir con un planteamiento demasiado ajeno a su visión del mundo.
Después de todo, la lectura es un diálogo. Y si no hay puntos en común, ese diálogo no se puede dar.












Gracias, Héctor. Ahora me siento un poco menos sola. Coincido con tu apreciación, aunque se ve que nuestros gustos tienden hacia lo opuesto, porque yo el que no logro leer es el Quijote, pero el Decamerón lo disfruté mucho, y Carpentier, si bien tiene partes que me parecen aburridísimas, tiene muy buenas historias escondidas detrás.
Comment by Susana Sussmann — 21/09/2007 @ 1:55 pm
En la adolescencia, etapa proclive al romanticismo y al sufrimiento, yo me leí un montón de cosas que ahora, ni en broma leería. Supongo que operaba más o menos con el mimos prejuicio que comentas en el post: si esto no me gusta, entonces eso quiere decir que existe una debilidad en mi sentido del gusto.
No apuesto mucho en este tipo de temas, pues a menudo me pasa que cambio de opinión, pero pienso que es una idea hermosa, pero falsa. De todos modos, aunque falsa, me parece mejor mantenerla que no hacerlo: hay algo de belleza en ser un lector que duda, un lector que (a su manera) se interroga por su propia capacidad de interrogar a un texto.
Una última cosa: aunque parece muy loco, creo que el problema con La Divina Comedia es que hay que leerla en un metro, un taxi, un autobús.
Abrazo.
Comment by aka rcoll — 23/09/2007 @ 2:49 am
Sí, ante eso se aplica aquello que decía Borges cuando lo consultaban en torno a un tema: “Seguramente no he pensado mucho en ello, porque sigo pensando lo mismo”. Y aprovecharé el dato para cuando me anime a retomar la Divina Comedia: la leeré en el metro, donde he leído algunos de los títulos más relevantes de mi vida como lector. De hecho, una noche que tení aque hacer tiempo, di unas dos vueltas a la línea uno leyendo un libro. Resultó una experiencia mágica. Saludos a ambos.
Comment by Héctor Torres — 24/09/2007 @ 6:07 pm
Yo creo que sí es un derecho del lector, mas el superyo literario de algunos nos atormenta quizás demasiado. Lo mío -por ahora- es con Teresa de la Parra y Virgina Woolf. Yo lo comentaba en mi blog hace algún tiempo y no sé si sea machismo. Espero que no. Tengo a Ifigenia y a la Señora Dalloway en gavetas, no me vayan a jalar los pulgares por la noche, le temo al poder del aburrimiento de unas señoritas.
Yo últimamente encuentro la universidad como un buen sitio para leer, más en estas primeras semanas cuando los profesores se jubilan aparentemente con más frecuencia y menos culpa. (también porque la ingeniería es medio ladilla)
Un saludo.
Comment by elcapo — 25/09/2007 @ 4:11 am
A mí me pasó con Doktor Faustus: ¡Qué dolor de cabeza! No lo terminé, quizá algún día lo retome. Me costó, también, un mundo, la Divina Comedia; creo que más que nada por la traducción. Leí parte de otra edición que me permitieron ojear y era mucho mejor, más fluída, más sonora.
En el caso de Doktor Faustus, también me dijeron que mi traducción era pésima, pero fue la única que conseguí. A lo mejor es un caso semejante y no sea que el libro se me hace fuerte, sino que las traducciones me imposibilitan avanzar jeje (hay que ver).
Saludos
Comment by Manuel — 25/09/2007 @ 3:08 pm