Los despachos de Boris
Ese género difuso que está a medio camino entre la investigación periodística y el ensayo, entre la narrativa y la disertación, suele ratificar algo que los maestros demostraron con creces desde hace ya bastante tiempo: entre el buen periodista y el buen “escritor” no hay separación alguna. Que la buena literatura lo es sea porque aborde un reportaje periodístico o sea porque lo haga con una novela o un ensayo crítico. Que la lectura sabrosa y aguda puede prescindir de los géneros, para adentrarse en esa heterogénea comunidad llamada, precisamente así: buena literatura. Ese es el placer que estoy experimentando con Despachos del imperio, título que agrupa los texos que produjo Boris Muñoz durante sus años de estadía en Estados Unidos, muchos de los cuales podíamos leer (y esperábamos con avidez) en las páginas dominicales de El Nacional. En ellos nos comenta acerca de gran parte de los ingredientes que componen el imaginario de los estadounidenses: sus celebridades, su industria cultural, sus hábitos y sus creencias.
En cada uno de sus textos, Boris nos va ofreciendo su particular visión sobre la idiosincracia y el ser de esa nación que, para bien y para mal, dicta los grandes trazos de la cultura contemporánea, hasta ir armando, de forma no sistemática, una visión de conjunto que nos hace intuir muchos de los hilos que mueven a ese gigante, frágil y poderoso a un mismo tiempo. Pero, indistintamente de la agudeza demostrada por Boris en torno al enfoque de estos temas, lo que hay en Despachos del imperio, es una excelente pluma, un autor fino y exigente que encontró en este género el medio para producir su literatura.
Dejo, como muestra de su agudeza, su gracia y ese bien manejado equilibrio entre distancia y cercanía del objeto de su atención, el siguiente pasaje de un texto titulado “Anna Nicole: Del mal gusto entendido como una de las bellas artes”. Para cuando lo escribió, Anna Nicole Smith aún vivía:
Que el cuerpo de Anna Nicole haya recobrado su perdido esplendor -aunque quién sabe por cuanto tiempo- tiene algo de milagroso y es, de cierta manera, una epifanía. La rubia tonta ya no es noticia sólo por su negra fama de ángel caído. Ha logrado lo que no logró Marilyn Monroe con la ayuda de psiquiatras y barbitúricos: redimisrse de aquello que la hacía odiarse a sí misma, dejar de ser persona para convertirse en un objeto de culto. A diferencia de Marilyn, sin embargo, Anna Nicole nunca ha sido una criatura frágil, sino una arribista que entendió a la perfección las despiadadas reglas de la feria de las vanidades donde habita. En ella se observa una completa consubstanciación con su entorno. La languidez que la vimos padecer durante unos años -época en la que su himanidad se volvió cada vez más voluminosa- fue causada por su alejamiento de Hollywood. Ese conocimiento la separa de Marilyn y también, desde luego, de la inmortalidad.
En Despachos del imperio, de Boris Muñoz (Random House Mondadori)
Que el cuerpo de Anna Nicole haya recobrado su perdido esplendor -aunque quién sabe por cuanto tiempo- tiene algo de milagroso y es, de cierta manera, una epifanía. La rubia tonta ya no es noticia sólo por su negra fama de ángel caído. Ha logrado lo que no logró Marilyn Monroe con la ayuda de psiquiatras y barbitúricos: redimisrse de aquello que la hacía odiarse a sí misma, dejar de ser persona para convertirse en un objeto de culto. A diferencia de Marilyn, sin embargo, Anna Nicole nunca ha sido una criatura frágil, sino una arribista que entendió a la perfección las despiadadas reglas de la feria de las vanidades donde habita. En ella se observa una completa consubstanciación con su entorno. La languidez que la vimos padecer durante unos años -época en la que su himanidad se volvió cada vez más voluminosa- fue causada por su alejamiento de Hollywood. Ese conocimiento la separa de Marilyn y también, desde luego, de la inmortalidad.













