El subrayado es nuestro

26/05/2008

La “niña” (es decir, la Lolita) como tema literario

archivado bajo la categoría Cita textual, Sobre poética - Héctor Torres @ 7:16 pm

[…] El tema es clásico, hondo, viene de los tuétanos de la oscuridad humana y en él se resumen tres nudos singulares:

Uno, sagrado, misterioso y bello, como lo es la floración de la niña. Su transición a mujer.

Otro, reprobado de un tiempo a esta parte, y es el que constituye la paidofilia o pedofilia (del griego páis-paidós, «muchacho» o «niño», y filía, «amistad») que es la inclinación por parte de adultos a sentir atracción sexual hacia niños o adolescentes.

Y digo de un tiempo a esta parte, porque un sinfín de heroínas, beldades y otras figuras y protagonistas de grandes obras literarias han sido adolescentes entregadas al amor. Juzguémoslo por Julieta, la amante del gran Romeo, una prepubescente que apenas tenía trece años. En un tiempo en el que el promedio de vida apenas alcanzaba la treintena, Julieta y toda chica de su edad era considerada perfectamente válida y dotada para la vida sexual activa.

Estrictamente hablando, la pedofilia no se refiere al abuso sexual, sino a la mera tendencia o atracción que siente un adulto hacia un menor y es a menudo confundida con la pederastia, que es ya el acto de abusar sexualmente del menor.

El tercero de los nudos presente en el esquema de la Lolita, es de corte netamente obsceno, y está representado en la sumisión, la caída y el paulatino deterioro moral del amante masculino que sucumbe, al grado de humillación, ante el objeto del deseo. Es la oblación propiamente dicha.

El tema tiene antecedentes. El más palmario es Lolita, la novela de Nabokov, escrita en 1955, la cual debe su furor al film de Stanley Kubrick, realizado en 1962. A partir de éste Lolita se ha convertido en el término usado para referirse a las chicas adolescentes consideradas muy seductoras, especialmente si son menores de edad. Hay otros ejemplos significativos: está la Mildred, la vulgar Mildred amante de Philip Carey en La servidumbre humana, de 1915, escrita por William Somerset Maughan. Una de las novelas más importantes de la primera parte del siglo XX, donde se explota no la pedofilia porque Mildred no es tan joven, sino el rápido proceso de decadencia y sometimiento del amante masculino, en este caso un joven estudiante con una malformación en un pie, eternizado por un Leslie Howard subyugado por la inefable Bette Davis en el film homónimo de 1934.

Se cuenta también El profesor Unrat, novela de 1905, del autor alemán Heinrich Mann (hermano de Thomas Mann), mundialmente conocida por haber sido llevada al cine en la cinta El ángel azul (1930) del legendario Josef von Sternberg. En ella un viejo académico autoritario, representante de la orgullosa burguesía alemana se deshilacha y torna sumiso hasta la humillación, por el encanto que sobre él ejerce Lola Lola, una cabaretera de formas perfectas y mirada de miel, interpretada por Marlene Dietrich, y que representa ya el salto de la Lolita a la femme fatal. Muchos se preguntan si no fue de ahí de donde sacó Nabokov el nombre para su enfant terrible.

En La huella del bisonte, de Oscar Marcano (fragmento de las palabras de presentación de La huella del bisonte, editado por Norma)

18/05/2008

Ningún momento importante de nuestras vidas tiene una segunda oportunidad

archivado bajo la categoría Notas y noticias, Cita textual - Héctor Torres @ 2:51 am

—Karla juzga peligrosas y malignas a las otras mujeres y crece “con toda la maligna sabiduría con que crecen las mujeres para defenderse de un mundo adverso”. Sin embargo no se defiende sólo de ellas, sino también de los hombres, quienes aunque “son el poder”, en realidad “son más frágiles de lo que aparentan”. Así, ella se convierte en “el advertido veneno, el que envicia y hace despreciar al mundo”. ¿Cómo entra Karla en conciencia de que es ese veneno?

Quizá nunca hay conciencia absoluta. Es como preguntarse si sabe la culebra que si se muerde se envenena, o conocerá la abeja la magnitud de su ponzoña. Sospecho que no. Que lo intuirán sin conciencia. Saben que sus armas están ahí, y las van a usar cuando el instinto lo indique. Y lo van a hacer sin pestañear y sin entrar en otras consideraciones ajenas a la exclusiva y elemental necesidad de sobrevivir. Seguramente la única idea que empuja su actuación es la certeza de que ningún momento importante de nuestras vidas tiene una segunda oportunidad.

Entrevista realizada por Jorge Gómez Jiménez, para Letralia (léala completa acá)

10/05/2008

Karla y la bicicleta

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias, Cita textual - Héctor Torres @ 7:26 pm

Presentación de La huella del bisonte (Editorial Norma, colección La otra orilla)
Fecha: El próximo 15 de mayo, a las 7:00 pm.
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, en la planta baja de la Torre Mene Grande, Los Palos Grandes, Caracas.
Las palabras de presentación estarán a cargo de Oscar Marcano
El vino será por cuenta de la casa

Capítulo 1:

Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdió un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, año en que Irán e Irak finalizaron su estúpida guerra con un score de cero a cero, y el oso soviético inició su retiro de Afganistán. El mismo en que Raquel se mudaría de la casa en la que vivió buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.
La tarde que recibió el documento cumplía treinta y cinco años. Cumplía, también, cuatro meses desempleada. El documento lo recibió su hija, que antes de saber de qué se trataba, se había sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer lloró y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secundó sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas era que su bicicleta no la acompañaría al que sería su nuevo hogar.

Sin saber que disfrutaba del último agosto de esas calles despejadas, la niña se inclinó sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de enérgicas pedaleadas, se dejó caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atravesó la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atrás con expresión ausente, sintiendo la vibración producida por las irregularidades del asfalto, que se expandía a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.
Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresión concentrada endurecía su cara de niña. Rodó sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empujón de la rueda delantera entró en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.
Sin detenerse a saludar, subió corriendo hasta su cuarto.
¿Te acordaste?, preguntó una voz desde la cocina.
Me baño y bajo, respondió sin aminorar la carrera.
La piel le brillaba por el sudor. Olvidó llevar a casa la fruta que la mamá le había encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitación que había alimentado con cada pedaleada.
Y sabía cómo hacerlo.
Lo descubrió sin proponérselo, un par de meses atrás. Ese cuerpo que se le volvía extraño le había estado enviando perentorias señales, y una tarde calurosa cedió a su invitación, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que había descubierto, huyó de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no sería fácil volver a cerrar.
Una puerta que daba a un salón largo y húmedo, sin fondo aparente.
Ese día, en un impulso desconocido, agarró la bicicleta y se lanzó a la calle. Apenas se sentó, recibió una plácida descarga que se le regó por el cuerpo como leche tibia. Sintió en las caderas una mezcla de crispación y bienestar que se incrementaba en tanto ejercía presión contra el asiento de la bicicleta.
Comenzó a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana.
Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando tenía ganas de orinar, pero de un modo más inquietante.
Y más placentero.
Luego de varias vueltas, regresó a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definición ni pausa, le impedía estarse quieta. Dejó entonces que el instinto tomara el control. Cerró la puerta, echó el seguro y, con prisa, se quitó toda la ropa. La mamá dijo algo que no escuchó.
Se me olvidó, respondió.
Las medias, la franela, el sostén, parecían casas arrasadas por un huracán. Del otro lado del mundo la mamá insistía en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se paró frente al espejo y se sobresaltó. Cada día lo mismo. La chica desnuda frente a sí le parecía tan distinta a la que era apenas uno, dos años atrás. No dejaba de asombrarle con qué prisa le crecían los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirop de chocolate.
Se paró al lado de la cama que en un tiempo compartió con Sarah y Cristina, e inició los ritos que sus nuevas formas le sugerían. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus trémulos pechitos. Una música venida de adentro le hacía girar la pelvis, con una cadencia rítmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.
Se convertía, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper.
Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sentía Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodríguez, las heroínas de las telenovelas que seguía con devoción, acompañándolas en sus lágrimas y risas a través de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenzó a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una película prohibida.
Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspiró hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiración. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubrían su pubis.
Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorría el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.
Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello púbico, provocaba un hilito de frío en su pecho. Nalgas, decía, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repetía y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquirían una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquirían. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que aún exhibía una tersura infantil. Apretó duro las piernas entre sí y suspiró cuando el ardor alcanzó sus caderas.
El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conocía el método para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se metía al baño del cuarto, abría el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conocía el santo y seña y lo había convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su índice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los más viejos recuerdos, la calle solitaria, los sueños impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada… Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.
Entonces comenzaba a frotar.
Después del baño, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresaltó. Habían intentado abrir la puerta, y se alivió al recordar que había puesto el seguro.
Se enfría la comida, señaló una voz. Sin jugo, porque se te olvidó otra vez la fruta.
En un gesto mecánico agarró el cepillo y, aún temblando, se peinó frente al espejo.
Ahora te la pasas encerrada, se quejó la voz alejándose por el pasillo.
Karla echó un último vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, salió del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace algún tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.

Es como un calambre rico que empieza aquí y se riega hasta acá, se confesaba a sí misma, tratando de explicarse lo que le producía el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y había que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de uñas cortas erraban por la quietud de la sábana hasta que caían, sin querer, en el botoncito. En esas noches se dormía tarde, extenuada por la euforia.

La bicicleta te está sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repetía la mamá cuando, en las noches, veían televisión en la sala.
Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la batita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.
Pero sabía que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enteraría.

——————–
De venta en todas las librerías de Venezuela y en la librería de Norma

7/05/2008

Ficción Breve ya está en el aire

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias - Héctor Torres @ 1:30 pm

Con un nuevo diseño y una estructura más ágil que permitirá ofrecer información al día, ya salió al aire el portal Ficción Breve Venezolana. En este nuevo diseño se conjuga la revista literaria de siempre (con actualizaciones quincenales y mensuales de cuentos, reseñas, ensayos y entrevistas sobre literatura venezolana), con una base de datos de la literatura venezolana (con fichas de autores, textos y libros) y un portal de noticias dedicado a difundir las novedades y noticias en el mundo literario y editorial venezolano. En este nuevo portal también se implantará una ventana a la blogósfera literaria venezolana, y mucha información de interés. Por otra parte, el boletín semanal continuará llegando a todos sus suscriptores.
Los invitamos a visitarla.

1/05/2008

El bisonte según Linsabel

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 2:57 am

Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.

Héctor Torres toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor. Con plena conciencia de la llaga donde mete el dedo y manejando con maestría las manipulaciones que sus personajes femeninos ejercen entre ellas y en los indefensos caballeros que las viven en La huella del bisonte; porque ciertamente –lo retrata muy bien la novela- ellos están a merced del arsenal de la sensual ‘seducción femenina bien administrada tras una cara de yo no fui’ que, apelando a los instintos primitivos de los cazadores que habitaron las cuevas de Altamira, ejercen las mujeres desde su tierna infancia, tomando plena conciencia del poder sexual que esto les otorga en los albores de la adolescencia. Sobre todo cuando se es una muchacha sin arraigo, en la búsqueda de una figura masculina que la proteja, que le ofrezca un refugio ante la vida, un punto de referencia frente a una madre inestable y que termina compitiendo con ella.

La pasión, condimento propicio para los más irracionales comportamientos, hace de las suyas nuevamente. El aire está lleno de feromonas, de cuerpos en floración que se encuentran con otros más cercanos al ocaso. Todos tienen su historia, comparten la experiencia casi pederasta del encuentro turgente de la adolescencia con la madurez. El narrador todo lo ha mirado, sin escandalizar, muestra qué ocurre ante la vista de todos. Recrea con sutil delicadeza en el detalle la auto seducción de la adolescente, el descubrimiento de su cuerpo, de sus reacciones, del gozo que se experimenta ante esos primeros placeres solitarios. Luego enfila sus palabras, agudas, al detalle de la seducción del otro, del adulto que representa el poder, el que dice sí ante un solo requiebro de unos labios sinuosos. Un poder que se ostenta en apariencia y que se pierde ante la primera negativa del objeto del deseo, provocando incluso arrebatos de violencia.

Los personajes están tan bien construidos que casi puede sentirse que habitan el apartamento de al lado, la historia contada con precisión convierte en un voyeur al lector, quien observa los acontecimientos sin poder evitar el placer que genera lo que ve, lo que lee. Así asiste al rito de iniciación, es testigo de la evolución de los personajes y se deja sorprender al descubrir las historias paralelas de padre e hija, saboreando luego la complicidad tácita, el entendimiento silencioso, entre ambos.

“…sintiendo aún su saliva en la mejilla, pensó de pronto que debía estar tan mojada como su mirada. (…) Subió su mano y llevó un dedo hasta tocar la pantaleta de algodón, que desprendía calor desde antes de tocarla, sintiendo el otro lado de la tela algo tibio, mullido y, en efecto, bastante mojado. (…) Era un juego y ella se veía deliciosa negando lo que ocurría”. Una lectura quizás ruda al inicio, pero al lector de La huella del bisonte le sucede lo mismo que a sus personajes: cuando ya el puente se ha cruzado, no hay camino de retorno.

Linsabel Noguera

Get free blog up and running in minutes with Blogsome
Theme designed by Alex King