Observar la reverente lascivia que se merece
Me gusta caminar siguiendo las curvas que deja el mar en la arena, avanzar entre el gentío que se baña y el que se reseca. A veces, a las tres de la tarde y a unos treinta metros de mi ruta, diviso la llegada de un grupo familiar. Parecen una escena bíblica que incluye padres, abuela, niños, sillas de extensión, cava y cesta de comida. Estoy de suerte. La madre está entre los treinta y los cuarenta. Ella es quien escoge el sitio, encaja el paraguas, abre las sillas, frota los niños con la crema para el sol, le quita los pañales al más pequeño, le da un sombrero de paja a la abuela, el periódico a un marido embotado por el ratón. Cuando todos están listos, ella se acuerda de que existe. Mira a su alrededor, se ubica en el mundo y desanuda una vaporosa tela naranja que se había enrollado en la cintura. Luego respira profundo y se quita la franela. Su cuerpo, expuesto, ahora irradia un pudor de fragilidad y valentía. Es bella, y lo sabe. Por unos cuantos segundos se ha desnudado sólo para mí, pues yo soy el único en toda la costa del Caribe que la ha observado con la reverente lascivia que se merece, Puede que hasta me regale una sonrisa, si sé guardar los rigurosos requerimientos de la brevedad y continúo mi camino, mientras ella vuelve a ser una madre más en bikini.
En Miedo, pudor y deleite, de Federico Vegas (Alfaguara)














