El subrayado es nuestro

1/05/2008

El bisonte según Linsabel

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 2:57 am

Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.

Héctor Torres toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor. Con plena conciencia de la llaga donde mete el dedo y manejando con maestría las manipulaciones que sus personajes femeninos ejercen entre ellas y en los indefensos caballeros que las viven en La huella del bisonte; porque ciertamente –lo retrata muy bien la novela- ellos están a merced del arsenal de la sensual ‘seducción femenina bien administrada tras una cara de yo no fui’ que, apelando a los instintos primitivos de los cazadores que habitaron las cuevas de Altamira, ejercen las mujeres desde su tierna infancia, tomando plena conciencia del poder sexual que esto les otorga en los albores de la adolescencia. Sobre todo cuando se es una muchacha sin arraigo, en la búsqueda de una figura masculina que la proteja, que le ofrezca un refugio ante la vida, un punto de referencia frente a una madre inestable y que termina compitiendo con ella.

La pasión, condimento propicio para los más irracionales comportamientos, hace de las suyas nuevamente. El aire está lleno de feromonas, de cuerpos en floración que se encuentran con otros más cercanos al ocaso. Todos tienen su historia, comparten la experiencia casi pederasta del encuentro turgente de la adolescencia con la madurez. El narrador todo lo ha mirado, sin escandalizar, muestra qué ocurre ante la vista de todos. Recrea con sutil delicadeza en el detalle la auto seducción de la adolescente, el descubrimiento de su cuerpo, de sus reacciones, del gozo que se experimenta ante esos primeros placeres solitarios. Luego enfila sus palabras, agudas, al detalle de la seducción del otro, del adulto que representa el poder, el que dice sí ante un solo requiebro de unos labios sinuosos. Un poder que se ostenta en apariencia y que se pierde ante la primera negativa del objeto del deseo, provocando incluso arrebatos de violencia.

Los personajes están tan bien construidos que casi puede sentirse que habitan el apartamento de al lado, la historia contada con precisión convierte en un voyeur al lector, quien observa los acontecimientos sin poder evitar el placer que genera lo que ve, lo que lee. Así asiste al rito de iniciación, es testigo de la evolución de los personajes y se deja sorprender al descubrir las historias paralelas de padre e hija, saboreando luego la complicidad tácita, el entendimiento silencioso, entre ambos.

“…sintiendo aún su saliva en la mejilla, pensó de pronto que debía estar tan mojada como su mirada. (…) Subió su mano y llevó un dedo hasta tocar la pantaleta de algodón, que desprendía calor desde antes de tocarla, sintiendo el otro lado de la tela algo tibio, mullido y, en efecto, bastante mojado. (…) Era un juego y ella se veía deliciosa negando lo que ocurría”. Una lectura quizás ruda al inicio, pero al lector de La huella del bisonte le sucede lo mismo que a sus personajes: cuando ya el puente se ha cruzado, no hay camino de retorno.

Linsabel Noguera

14/03/2008

Los despachos de Boris

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Cita textual - Héctor Torres @ 3:25 pm

Ese género difuso que está a medio camino entre la investigación periodística y el ensayo, entre la narrativa y la disertación, suele ratificar algo que los maestros demostraron con creces desde hace ya bastante tiempo: entre el buen periodista y el buen “escritor” no hay separación alguna. Que la buena literatura lo es sea porque aborde un reportaje periodístico o sea porque lo haga con una novela o un ensayo crítico. Que la lectura sabrosa y aguda puede prescindir de los géneros, para adentrarse en esa heterogénea comunidad llamada, precisamente así: buena literatura. Ese es el placer que estoy experimentando con Despachos del imperio, título que agrupa los texos que produjo Boris Muñoz durante sus años de estadía en Estados Unidos, muchos de los cuales podíamos leer (y esperábamos con avidez) en las páginas dominicales de El Nacional. En ellos nos comenta acerca de gran parte de los ingredientes que componen el imaginario de los estadounidenses: sus celebridades, su industria cultural, sus hábitos y sus creencias.
En cada uno de sus textos, Boris nos va ofreciendo su particular visión sobre la idiosincracia y el ser de esa nación que, para bien y para mal, dicta los grandes trazos de la cultura contemporánea, hasta ir armando, de forma no sistemática, una visión de conjunto que nos hace intuir muchos de los hilos que mueven a ese gigante, frágil y poderoso a un mismo tiempo. Pero, indistintamente de la agudeza demostrada por Boris en torno al enfoque de estos temas, lo que hay en Despachos del imperio, es una excelente pluma, un autor fino y exigente que encontró en este género el medio para producir su literatura.
Dejo, como muestra de su agudeza, su gracia y ese bien manejado equilibrio entre distancia y cercanía del objeto de su atención, el siguiente pasaje de un texto titulado “Anna Nicole: Del mal gusto entendido como una de las bellas artes”. Para cuando lo escribió, Anna Nicole Smith aún vivía:

Que el cuerpo de Anna Nicole haya recobrado su perdido esplendor -aunque quién sabe por cuanto tiempo- tiene algo de milagroso y es, de cierta manera, una epifanía. La rubia tonta ya no es noticia sólo por su negra fama de ángel caído. Ha logrado lo que no logró Marilyn Monroe con la ayuda de psiquiatras y barbitúricos: redimisrse de aquello que la hacía odiarse a sí misma, dejar de ser persona para convertirse en un objeto de culto. A diferencia de Marilyn, sin embargo, Anna Nicole nunca ha sido una criatura frágil, sino una arribista que entendió a la perfección las despiadadas reglas de la feria de las vanidades donde habita. En ella se observa una completa consubstanciación con su entorno. La languidez que la vimos padecer durante unos años -época en la que su himanidad se volvió cada vez más voluminosa- fue causada por su alejamiento de Hollywood. Ese conocimiento la separa de Marilyn y también, desde luego, de la inmortalidad.

En Despachos del imperio, de Boris Muñoz (Random House Mondadori)

8/02/2008

Las voces del otro lado

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Notas y noticias - Héctor Torres @ 8:44 pm

Decir que la palabra salva, y que redime, puede sonar a oportuno cliché cuando la vida parece estar bajo control. Ahora, cuando se está al borde del abismo, cuando la belleza y el amor son nociones devastadoramente peligrosas, esa expresión toma su más profundo sentido. Incluso cuando la palabra conduce ideas ingenuas. O quizá, precisamente por ello, por la honestidad conque se presenta, es que la palabra puede ser una peligrosa esperanza o una verdadera ventana hacia la redención.
“La cárcel del tiempo es más temible y profunda que la cárcel del espacio (…) Muchos de los que se encuentran en cautiverio saben que jamás saldrán de ella porque siempre la llevarán dentro”, dice Victoria Ardito Mateo, en el prólogo de Al otro lado de la ventana, título resultante de la maravillosa experiencia llevada a cabo por el Sistema Nacional de Talleres Literarios, como parte de su programa “Literatura en espacios no Convencionales”, que recoge la expresión de decenas de hombres y mujeres recluidos en diversos centros penitenciarios del país (Nueva Esparta, Yaracuy, INOF, El Paraíso, Santa Ana, El Dorado y Yare), producto de su participación en los talleres de expresión facilitados por esta institución. La vida, los hijos, el amor, la soledad, son temas recurrentes de estas personas que encuentran en la palabra una verdadera esperanza para no quedarse institucionalizados de por vida por el cautiverio.
Doblemente esperanzadora e importante esta experiencia, en medio del horror y la deshumanización de nuestras cárceles.

Makaqueo
Primero que nada es la forma de expresarse, bien sea en una alegría, agradecimiento y hasta para buscarte problemas; junto con el aullido del perro, dentro del pabellón, eso es makaqueo y solamente sé que el día que me pueda ir para la calle, así es como le decimos a la calle, me llevaré un poco el makaqueo del aullido, pero lo que más me gusta, es que me llevaré por lo menos la noción de algo de poesía para la calle.

De Al otro lado de la ventana, del Sistema Nacional de Talleres Literarios.

28/01/2008

Primer plato, segundo plato y postre

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 2:14 am

“Y en su corazón, la depresión, la sensación de vacío, el sentimiento de soledad, el miedo a la noche y al rugido del agua, todo eso, había sido aniquilado por ese nuevo deslave que venía del futuro, que la arrastraba con blandura y con su complicidad” (110)

Opulento uso del lenguaje y metalenguaje, diversidad de temas cotidianos, humorismo y enca nto son a lg unos de los adjetivos que surgen a partir de las lecturas realizadas a cada una de las narraciones que conforman El amor en tres platos de Héctor Torres. Un libro rico en situaciones cotidianas, impregnado por lo urbano en el que Torres presenta temas recurrentes de la jornada dia ria.
Cada relato pareciera una proyección de lo absurdo, de esos acontecimientos que a veces titubeamos en considera r como rea les, propios de lo extravagante y disparatado, pero que, sin duda, suceden a diario y forman parte del asombro. Asombro que circunda la vida de Héctor Torres quien a lega que: “En la actualidad, mis asombros lo producen los aspectos más inv isibles de la v ida cotidiana, buscar una mirada todo lo novedosa que se pueda sobre las cosas que están allí y que a veces ig nora mos, como el deseo, el paso de tiempo, la locura de un ser querido y las angustias que agotan y enajenan al común de las personas, en su día a día”.
Esta declaración, que surge a partir de una entrevista realizada para el diario El Mundo, contribuye a entender el entra mado del libro, la forma en la que Torres concibió y elaboró sus narraciones, sobre todo la manera en qué los 14 cuentos se combinan en perfecta coherencia para reunirse en El amor en tres platos.
Uno de los elementos más agradables de la lectura de este libro es que induce a ese “sorprenderse” no sólo tras el desenlace de las h istor ia s, si no ta mbién durante el inicio y a lo largo del trayecto. Te niega la oportunidad de predecir el final y te aviva la mezcla entre admiración y asombro de poder ex t ra ña r te con cada una de las cosas que va narrando. Te deja, incluso, esa mueca en el rostro cuando algo verdaderamente te impresiona, algo que no esperas, algo que no adivinaste.
El libro plantea una relación muy cerca na con el lector porque, en varias historias, son reiterativas las apelaciones a él, “Yo ta mpoco escoger ía mayo para comenzar”, es un buen ejemplo. Se construye una triple relación autor-personaje-lector que a veces pareciera consciente; diríamos que se plantea un juego entre na rrador omnisciente, testimonial y protagonista. Se hace explícita la obsesión entre autor y personaje, diálogos, búsquedas, introspecciones hasta dar con el personaje ideal. El sueño es también una de las recurrencias del autor, despertar de un sueño, soñar, el ejercicio del sueño y la vida a través de un inalterable ejercicio de dormir. Este elemento es persistente y repetido a lo largo de las narraciones.
El título que da nombre al libro se usa en la última historia que es una alegoría al amor en las tres etapas de la vida: juventud, adultez y vejez, quizás la última no esté tan explícita, pero sí enunciada. El amor en tres platos es, entonces, lo mismo que decir juventud, adultez y vejez, es la semblanza del primer plato, segundo plato y el postre. Es la historia de la herida que no pudo curarse, el desvelo de la señora Bastidas, los desencuentros de un perro, de como el señor Garminoff llegó a convertirse en el personaje de su propio guión, la confusión de Sinclair en la estación de tren, la historia del pájaro de pico largo y de La Negra, parte de los personajes que cobran vida en este texto.
La salsa, el barrio, la calle, la estación de tren, la casa de la señora Bastidas y de Ubiedo son algunos de los escenarios. Así se despliega este texto –que pertenece al sello editorial Equinoccio, a su Colección Papiros, serie narrativa– como una edición simpática y cuidada que recoge el tono de esta voz, la de Héctor Torres, que se asume optimista frente a la literatura venezolana y perseverante ante la espera del futuro de nuestras letras.

Luisa Pescoso P. / Papel Literario de El Nacional / Sábado 26 de Enero de 2008

10/12/2007

El amor en tres platos

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Cita textual - Héctor Torres @ 11:42 am

La reciente publicación del volumen de relatos EL AMOR EN TRES PLATOS de Héctor Torres (Equinoccio 2007) –escritor que, con pasos seguros, se ha venido haciendo un espacio importante en la narrativa venezolana– no sólo consolida la trayectoria del autor sino que nos ofrece una aguda muestra de los infinitos ejercicios de la imaginación. El lector se encontrará con catorce relatos, de variada textura pero con la distinguible constante de hurgar en los intersticios de la realidad buscando ese reverso que puede revelarla en sus capas más profundas: el sueño, la pesadilla, el vínculo entre lo soñado y lo vivido –“ilustrado” en el lúdico engranaje de “Las leyes del sueño”–, entre lo que se desea y lo que se teme (la patética figura que nos mantiene en vilo a lo largo de “Dos hermosas y relucientes navajas”), entre la conciencia y la inconciencia, entre lo real y lo ilusorio, entre la ficción y lo que se supone que no lo es. Hay animales que toman vida para acercarnos a sentimientos y conflictos como el perro que narra “Las tardes de los sábados” o el bicho de “Sonata en La menor”, espejo de las carencias y anhelos de un pianista que nunca ha encontrado su espacio en el mundo; surgen voces que son más auténticas mientras duermen que cuando despiertan, ilusiones y esfuerzos que se diluyen en quimeras, fantasmagorías que persiguen en plena vigilia; personajes deliciosos que se enfrentan a sus autores (“El personaje perfecto”) entretejiendo –explícita o implícitamente– una autorreferencialidad que juega con la misma materia de la escritura como es el caso de “Yo tampoco escogería mayo para comenzar”, donde se establece un chispeante contrapunto entre un narrador omnisciente y un narrador en primera que se pelean por contar el cuento de un robo/asesinato.

Todo ello enmarcado en secuencias tan ingeniosas que el lector no puede menos que compartir el humor –negro con frecuencia– que va resolviendo trances y situaciones empeñados en arañar en pulsiones básicas de lo humano: la traición y la venganza –meollo de “El día esperado”–, la lucha entre lo creado y su creador, la intriga de lo desconocido jugando con los hilos de una relación de pareja (“Deudores morosos C.A.”), el afán de supervivencia maniobrando el universo del relato que da nombre al volumen, los miedos elementales (“La herida”, “Su única oportunidad”) o aquello que se cree amor.

Los recursos van acoplándose a cada historia en un lenguaje transparente que sumerge al lector dentro de una trama u otra, arrastrándolo hacia desenlaces inesperados que lo harán volver sobre lo ya leído para calibrar las redes de un suspenso –muy bien manejado– que reitera sus temas para darles vuelta al derecho y al revés sin soltar su presa, es decir, sin dejar ni por un momento de cuestionar lo mismo que se está contando. Como dice el personaje del cuento “Servicio suspendido” …sé que la realidad es una invención que enmascara verdades más intrincadas…: pulsión autorreflexiva que se erige como vía de cuestionamiento de las fronteras entre la ficción y la realidad, aquellas tan profundamente inherentes al quehacer estético y que le dan a esta obra una muy sugerente dimensión.

Carmen Vincenti (Presentación del libro, en Ciudad Banesco, el 14/11/07)

23/10/2007

Instinto animal

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 3:33 pm

El hombre padece de una remota incapacidad para convivir con otras especies, lo que ha devenido en una intolerancia hacia lo distinto. El nicaragüense Sergio Ramírez se asoma en este asunto en El reino animal (Alfaguara, 2007), su más reciente libro de cuentos, en el que amplía el rango de distintos a viejos y niños de la calle, por nombrar algunos. Combinando ficción con notas de prensa, Ramírez aborda el tema desde la distancia del que no debe interferir en las historias.
Para los protagonistas del libro, la lucha por la supervivencia no es un asunto fácil. Deben sobrevivir a los constantes atropellos de los hombres, a su potestad de juzgarlos, a su soberbia. Esta situación conlleva al desconocimiento del otro en su condición de prójimo. Y esto, a un desconocimiento de su propia condición humana.
El prejuicio hace ver como salvajes a los animales y como despiadadas a sus leyes, que son dictadas por la lógica del instinto. Los hombres, que producen leyes desde la razón, igual las infringen con esos primitivos instintos de los que pretenden alejarse. De allí que se vea tan brutal su comportamiento cuando falta a sus leyes, como lo muestra Mañana de domingo, crudo relato en el que los pobladores de una costa tasajean viva, sin remordimiento, a una ballena encallada.
Es en este tipo de cuentos (donde pone de manifiesto el fracaso del hombre al deslastrarse de su condición natural, e ilustra las contradicciones entre su acción y su razón) en los que Ramírez alcanza los momentos más emotivos del libro. Como en Lejos de la manada, la historia de un viejo y empobrecido ex-casanova que termina sus días en la casa de un sobrino. O en Caballero elegante, que se vale de la crónica del trato dado a un raterillo para mostrar la hipocresía de los valores instituidos, el salvajismo de nuestra lógica defensiva.
El reino animal es, paradójicamente, un libro donde los protagonistas de fondo son los humanos, que sólo podrían ratificar tal condición en el trato dispensado a los que están en desventaja. Al no hacerlo, se degradan a una condición muy inferior a la de esos animales que someten y juzgan. Leyendo sus cuentos, se siente que el hombre perdió la humildad necesaria para entenderse con los demás. Y consigo mismo.

Sobre El reino animal, de Sergio Ramírez (Alfaguara)
Publicado originalmente en la Revista ¡Claro! (Nro. 37)

14/09/2007

Un viaje a la semilla

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 3:22 am

El viaje parece ser el ámbito natural de la novela. El elemento conductor de una aventura, cuya dimensión rara vez viene dada por su extensión. La palabra transitar, al contrario, remite a la idea de pasar de un estado a otro. Por ello hay viajes insignificantes en longitud que producen enormes desplazamientos en sus protagonistas. E incluso historias con viajes aparentemente fallidos que generan situaciones determinantes. Con uno de estos gestos engañosamente inútiles se inicia Historia de una segunda vez (John Lange, 2006), novela corta de Federico Vegas, uno de los narradores venezolanos más sólidos de la actualidad.
Historia de una segunda vez comienza cuando el protagonista, un adolescente con ansias de emancipación, rompe con su padre para irse de casa con la irrevocable decisión de dar comienzo a su vida de escritor. El brevísimo viaje, la brevísima autonomía, la nula producción literaria durante la emancipación, y el regreso en clave de derrota, son el comienzo del viaje real del personaje, luego de la pequeña elipse que culminó en la sala de espera de un psiquiatra.
Y ese personaje desorientado y genuinamente veinteañero hará un segundo viaje, aferrado esta vez al afecto de las únicas personas capaces, sino de entenderlo, seguramente sí de quererlo, que es una forma superior de la comprensión: su madre, la secretaria del “psico”, las novias y hasta la mamá de una de ellas. Solitario en su especie, sobrevivió gracias a la cercanía del eterno extraño. Ese cruce a nado a través del lago de su locura, sólo era posible alimentado por el amor. El amor como hogar (”Desde el principio no quise aceptar todo lo que tenías de hogar definitivo”), el amor como flujo continuo (Aprendimos […] a levantarnos todas las mañanas frotándonos los pies sin saber cuál era el de quién; y hasta faenas de más mérito, como oírla llorar sin que nada me contara y aceptar que había algún otro amor en nuestros pasados y futuros), y el amor como redención.
Durante ese segundo viaje (con visos más bien de alto en el camino), encuentra fuerzas para culminar por fin el recorrido inicialmente fallido. “Comenzaba a darme cuenta de que escribir es el penúltimo de los refugios, justo al borde del colapso y el absoluto fracaso”, cavila durante la peregrinación en la cual dará con la clave para culminar la faena: su propia maduración, para la cual requirió de todos sus dolores y sus errores, de sus dudas y equivocaciones.
Vegas aborda cualquier tema con una exacta mezcla de gravedad y sentido del humor (que es como decir, asombro y sospecha), que le permite cavar profundo, rozando enfoques que se libran del mero sentimentalismo, encontrando respuestas a sus preguntas. Durante ese proceso de conocerse a sí mismo, el personaje da con la definitiva redención cuando concluye que “sólo si creemos que el verbo tiene la capacidad de redimirnos, de confesar nuestros pecados, de perdonar los del prójimo, de unirnos a las personas que amamos y odiamos, tiene sentido escribir”.
Llegado a esa conclusión, sobran las palabras. El viajero culminará su definitivo recorrido, y el lector se sentirá agradecido de haberlo acompañado en silencio.

Sobre Historia de una segunda vez, de Federico Vegas (John Lange Editores)
Publicado originalmente en la Revista Veintiuno (3.14)

26/08/2007

Los fantasmas de la historia

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 8:02 pm

El hombre construye ciudades para tener historia. La capacidad de generar artificios y la de fijar su historia, son dos de sus rasgos distintivos. Y aunque las edificaciones son los referentes de cada época, no sólo revelan momentos de la Historia. Guardan, además, su huella, sus impulsos vitales. Esa idea no deja de dar vueltas en De prófugos y fantasmas (Random House Mondadori, 2005), de Héctor Concari.
De una cárcel, ubicada en una ciudad con vista al mar, se fuga un grupo de guerrilleros. En el ajedrez del poder se juega su destino. El fin parecía acercarse para el viejo edificio. Arnaldo Kipling, alto funcionario del gobierno de turno, logra remozar la antigua cárcel para convertirla en un hotel de lujo. Los vecinos reciben la noticia con alborozo, “como si una batalla de años hubiera sido ganada y el armisticio firmado”. Pero así como una muestra de sangre nos cuenta acerca del estado de la sangre toda, un edificio nos puede contar acerca del estado de salud de todo un país. Eso lo aprenderá, aunque tarde, ese inescrupuloso funcionario que descubriría, además, que la línea trazada por la codicia alcanza su punto de llegada sólo en la propia destrucción.
De prófugos y fantasmas aparenta ser, en sus primeros capítulos, una sólida ficción de intriga política. Una historia de zancadillas y ambiciones, elementos típicos de ese espinoso camino hacia la dominación del prójimo. Pero a medida que se avanza en la historia, la vista se va abriendo paso, como cuando se camina en un bosque hasta ver con claridad el paisaje que quedaba oculto. En esa supuesta ficción, una ciudad, un país, que nunca se nombran, comienzan a mostrarse en las pistas de un Caribe, de un ámbito. Por omisión, una certeza comienza a tomar forma en la trama: nos encontramos leyendo, en la historia de la cárcel devenida en hotel, la historia contemporánea del país.
Y así como en Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, en el que se dibuja un Perú apocalíptico, una Lima escenario del último laboratorio de la Guerra Fría; de igual manera, en De prófugos y fantasmas, Concari sigue el trazado de esa línea para especular hasta dónde podría llegar la miopía de los gobernantes, que pretenden convertir al país en un apéndice de su propia historia.
La cárcel sin nombre de Concari es una metáfora de la llaga social maquillada. Por olvidar los pequeños problemas, por pretender asfixiarlos con la indiferencia, aparecen robustecidos, como virus, sólo que a escalas monumentales. “Un problema que los años agigantarían inverosímilmente, pero entonces no podía saber que la historia del país pasaría por la del hotel”, afirma uno de los personajes centrales de la trama. Y así como los venezolanos aprendimos dolorosamente que la naturaleza siempre vuelve por sus espacios, el pasado también vuelve. “Más bien parecía que los fantasmas volvían a recobrar lo que era de ellos, y nos enseñaban la salida, casi con cortesía, como se expulsa a un huésped que no puede pagar la cuenta”, completa en otra ocasión.
En su poema “para una versión del I King”, Jorge Luis Borges afirmó que “el porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer”. Héctor Concari, un autor poco conocido que supo aprovechar su condición de autor novel, para superar las posibles expectativas del lector, parece coincidir con esta sentencia, a lo largo de las 257 páginas de su consistente historia de viejos fantasmas que no olvidaron el camino a casa.

Sobre De prófugos y fantasmas, de Héctor Concari (Random House Mondadori)
Publicado originalmente en la Revista Veintiuno (3.10)

23/08/2007

Intérprete de emociones

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Apuntes sueltos, Notas y noticias - Héctor Torres @ 2:10 am

Además de ser mujeres y de tener un origen hindú, Bharati Mukherjee (1940) y Jhumpa Lahiri (1967) tienen en común el estar incluidas en antologías de cuentos norteamericanos; es decir, son consideradas figuras representativas de una narrativa de larga y sólida tradición, como lo es la norteamericana. Con El manejo del dolor, Mukherjee aparece en la Antología del Cuento Norteamericano compilada por Richard Ford, volumen que abarca una lista de 65 autores que van desde los precursores Washington Irving y Nathaniel Hawthorne, hasta figuras más recientes como Tim o´Brien y Lorrie Moore, pasando por Wiliam Faulkner y Raymond Carver, entre otros reconocidos nombres.
Jhumpa Lahiri La otra antología: Habrá una vez, traducida y compilada por Juan Fernando Merino, parece recibir el testigo de la anterior, ya que incluye 25 autores de las generaciones actualmente consolidadas, esas que insurgieron inmediatamente después de la última reflejada en la muestra anterior, con nombres como Elisa Wald (con su extraordinario cuento: Terapia), Tom Piazza, Rick Bass y Kate Wheeler, entre otros (curiosamente, ésta última estuvo en Venezuela, hará unos dos años, dictando una conferencia organizada por el Pen Venezuela en la extinta Macondo, para el muy reducido público que atendió la convocatoria).
El cuento de Lahiri en esta muestra se titula Una cuestión temporal, y narra la historia de una pareja de hindúes en medio de una crisis personal, quienes aprovechan un corte programado de luz para retomar el hábito de conversar a la luz de las velas, hasta que tropiezan con las verdades que los obligan a tomar decisiones que resolverán su crisis. También es hindú la protagonista de El manejo del dolor, el cuento de Mukherjee. La misma se encuentra en Irlanda, junto a un grupo de compatriotas, a dónde viajó para resolver los trámites relacionados con el reconocimiento y entrega de los cadáveres de sus familiares, luego de una tragedia aérea.
Ambos cuentos estuvieron entre mis favoritos cuando leí las respectivas antologías (con una distancia de un par de años entre una y otra). En ambos, el punto de vista femenino, en situaciones de crisis fuertes y dolores intensos, se expresa con una claridad y una contundencia que no se distrae en detalles innecesarios, ni en largos desvaríos emocionales, sino haciendo uso de un conciso y eficiente manejo del idioma. En ambos, sus autoras se adentran en los complicados mecanismos del alma para explicar el desajuste al que se ven sometidos sus personajes, usando la claridad y la sencillez de expresión como contrapeso a esos complejos estados anímicos.
No he tenido ocasión de leer más nada de Mukherjee. Sé que ha escrito varias novelas (la más famosa: Jasmine) y un par de colecciones de cuentos. La trayectoria de Lahiri, en cambio, es más breve aunque quizá más contundente. Fue la ganadora del Premio Pulitzer del año 2000, ocasionando doble sorpresa en el mundo literario norteamericano: no sólo una autora joven (32 años) se estaba llevando un premio usualmente otorgado a figuras consagradas, sino que además lo hacía con un libro de cuentos, siendo que la tradición apuntaba a que ese premio suele entregarse a novelas. Para mayor escándalo, vale agregar que ese libro de cuentos era su primera obra publicada: Interpreter of maladies (Intérprete de emociones), el cual incluye el cuento aparecido en Habrá una vez, junto a otros ocho relatos de la misma impecable factura.
No sé si ese libro se consigue en Venezuela. Sé que tengo la fortuna de haberlo leído y, para mayor dicha, tenerlo en mi biblioteca. Llegó a mis manos gracias a una gentileza de Rodrigo Coll, con quien había intercambiado emocionadas impresiones sobre varios textos aparecidos en Habrá una vez (La punta, El amor no es pera en dulce, Terapia, Algunos dicen que el mundo…). Sé, además que los nueve cuentos del libro conforman una muestra homogénea de historias muy bien contadas cuyos personajes suelen tener en común el verse sometidos a las presiones de adaptarse a una cultura distinta y lejana a la suya. Que cuentos como Sexy, La casa de la señora Sen y El tercer y último continente son de los mejores que he leído en los últimos años. Que se demuestra una vez más que ámbitos intimistas y sensibles no se riñen con historias ágiles, profundas y austeras en regodeos emocionales. Que la buena literatura es de las cosas más universales que hay, indistintamente de asumir espacios geográficos y culturales determinados. Que los temas cotidianos y corrientes nunca se agotan cuando son tratados con inteligencia, imaginación y agudeza.
Se llama Intérprete de emociones (Booket). Cuando lo vea en el estante de una librería, no lo dude ni un instante.

21/08/2007

Los móviles de Adriana

archivado bajo la categoría Reseñas cortas - Héctor Torres @ 4:04 am

Estos últimos años el mercado venezolano se ha visto inundado de primeras novelas de autores del patio. Para los que dan importancia al asunto del género, vale destacar que de esa fértil cosecha un porcentaje importante corresponde a voces femeninas, las cuales darán suficiente trabajo a los estudiosos que revisan periódicamente la producción literaria nacional, debido a que la cómoda etiqueta novela femenina venezolana ofrecerá cada vez más dificultad a la hora de encerrarla en unas pocas características.
Adriana Villanueva es una de estas noveles autoras. Con un nada desdeñable espacio en la prensa sabatina, comparte con sus lectores, en clave de humor, las tragedias del cotidiano en el devenir del país. Con ese estilo cultivado en su columna de prensa, cuenta la historia del robo de una escultura de Calder que forma parte del patrimonio de la Universidad Central de Venezuela. Esta situación dispara en la protagonista un (nada voluntario) viaje a su época de estudiante universitaria, durante los ochenta. La reunión de su grupo de entonces va reconstruyendo, con no siempre deseable nitidez, fragmentos olvidados de ese período de su vida.
Esta situación le permite contrastar los sueños de los 20 años con lo alcanzado en los 40, incluidos matrimonios, hijos, pragmatismo y una previsible lasitud espiritual reñida con idealismo alguno: la mentada madurez. Permite, a su vez, constatar que los sueños de los veinte años no vuelven sin cierto aire deshilachado. Los personajes de la historia no sólo constatan que la realidad ha perdido el fulgor de los sueños, sino que, potenciado por la tempestad que se cernió sobre la situación sociopolítica del país, ven propicia la reflexión en torno al irse o quedarse, lo que convierte a El móvil del delito en la posible iniciadora de una tradición de novelas sobre un tema que ha sido ajeno a la idiosincrasia del venezolano de los últimos cuarenta años: la emigración y el exilio voluntario.
Dentro del código simbólico de la novela (la cual se vale de personajes que podrían considerarse estereotipados aunque eficaces en sus discursos), el móvil de Calder pasa a ser, no la identidad de un recinto como la UCV, ni el emblema de una época en la que se creyó que tropezaríamos con la modernidad a la vuelta de la esquina; simboliza algo que tiene menos de argumento cultural y mucho más de fatalidad íntima, menos de misteriosa grandilocuencia y más de desencanto personal: el precario equilibrio en que el tiempo se mueve a través de la vida de los personajes.
El fatídico 11 de septiembre de 2001, el cataclismo criollo que no promete redención sino venganza, las consecuencias de vivir en un mundo menos optimista, tienen presencia en el desarrollo de la historia, evadiendo, contrario a lo que muchos esperarían, el discurso Plaza Altamira, para ofrecer un repaso de la autora sobre los tiempos que le tocó vivir.
La franqueza, el estilo ágil y carente de pretensiones, la historia contada con la fluidez de la narración oral (incluso cuando el riesgo sea la presencia, en algunos pasajes, de los temidos lugares comunes), a tono con el cual ha contado sus tribulaciones cotidianas en su columna de prensa, conforman un apreciable punto de partida para ese bautizo de fuego que supone la primera novela, en un país que comienza a tener una dura competencia por el interés de los lectores. Si ese era uno de los móviles de Adriana, se puede afirmar que lo logró.

Sobre El móvil del delito, de Adriana Villanueva (Ediciones B)
Publicado originalmente en la Revista Veintiuno (4.17)

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