El bisonte según Linsabel
Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.
Héctor Torres toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor. Con plena conciencia de la llaga donde mete el dedo y manejando con maestría las manipulaciones que sus personajes femeninos ejercen entre ellas y en los indefensos caballeros que las viven en La huella del bisonte; porque ciertamente –lo retrata muy bien la novela- ellos están a merced del arsenal de la sensual ‘seducción femenina bien administrada tras una cara de yo no fui’ que, apelando a los instintos primitivos de los cazadores que habitaron las cuevas de Altamira, ejercen las mujeres desde su tierna infancia, tomando plena conciencia del poder sexual que esto les otorga en los albores de la adolescencia. Sobre todo cuando se es una muchacha sin arraigo, en la búsqueda de una figura masculina que la proteja, que le ofrezca un refugio ante la vida, un punto de referencia frente a una madre inestable y que termina compitiendo con ella.
La pasión, condimento propicio para los más irracionales comportamientos, hace de las suyas nuevamente. El aire está lleno de feromonas, de cuerpos en floración que se encuentran con otros más cercanos al ocaso. Todos tienen su historia, comparten la experiencia casi pederasta del encuentro turgente de la adolescencia con la madurez. El narrador todo lo ha mirado, sin escandalizar, muestra qué ocurre ante la vista de todos. Recrea con sutil delicadeza en el detalle la auto seducción de la adolescente, el descubrimiento de su cuerpo, de sus reacciones, del gozo que se experimenta ante esos primeros placeres solitarios. Luego enfila sus palabras, agudas, al detalle de la seducción del otro, del adulto que representa el poder, el que dice sí ante un solo requiebro de unos labios sinuosos. Un poder que se ostenta en apariencia y que se pierde ante la primera negativa del objeto del deseo, provocando incluso arrebatos de violencia.
Los personajes están tan bien construidos que casi puede sentirse que habitan el apartamento de al lado, la historia contada con precisión convierte en un voyeur al lector, quien observa los acontecimientos sin poder evitar el placer que genera lo que ve, lo que lee. Así asiste al rito de iniciación, es testigo de la evolución de los personajes y se deja sorprender al descubrir las historias paralelas de padre e hija, saboreando luego la complicidad tácita, el entendimiento silencioso, entre ambos.
“…sintiendo aún su saliva en la mejilla, pensó de pronto que debía estar tan mojada como su mirada. (…) Subió su mano y llevó un dedo hasta tocar la pantaleta de algodón, que desprendía calor desde antes de tocarla, sintiendo el otro lado de la tela algo tibio, mullido y, en efecto, bastante mojado. (…) Era un juego y ella se veía deliciosa negando lo que ocurría”. Una lectura quizás ruda al inicio, pero al lector de La huella del bisonte le sucede lo mismo que a sus personajes: cuando ya el puente se ha cruzado, no hay camino de retorno.
Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.
Que el cuerpo de Anna Nicole haya recobrado su perdido esplendor -aunque quién sabe por cuanto tiempo- tiene algo de milagroso y es, de cierta manera, una epifanía. La rubia tonta ya no es noticia sólo por su negra fama de ángel caído. Ha logrado lo que no logró Marilyn Monroe con la ayuda de psiquiatras y barbitúricos: redimisrse de aquello que la hacía odiarse a sí misma, dejar de ser persona para convertirse en un objeto de culto. A diferencia de Marilyn, sin embargo, Anna Nicole nunca ha sido una criatura frágil, sino una arribista que entendió a la perfección las despiadadas reglas de la feria de las vanidades donde habita. En ella se observa una completa consubstanciación con su entorno. La languidez que la vimos padecer durante unos años -época en la que su himanidad se volvió cada vez más voluminosa- fue causada por su alejamiento de Hollywood. Ese conocimiento la separa de Marilyn y también, desde luego, de la inmortalidad.
Decir que la palabra salva, y que redime, puede sonar a oportuno cliché cuando la vida parece estar bajo control. Ahora, cuando se está al borde del abismo, cuando la belleza y el amor son nociones devastadoramente peligrosas, esa expresión toma su más profundo sentido. Incluso cuando la palabra conduce ideas ingenuas. O quizá, precisamente por ello, por la honestidad conque se presenta, es que la palabra puede ser una peligrosa esperanza o una verdadera ventana hacia la redención.
El hombre padece de una remota incapacidad para convivir con otras especies, lo que ha devenido en una intolerancia hacia lo distinto. El nicaragüense Sergio Ramírez se asoma en este asunto en El reino animal (Alfaguara, 2007), su más reciente libro de cuentos, en el que amplía el rango de distintos a viejos y niños de la calle, por nombrar algunos. Combinando ficción con notas de prensa, Ramírez aborda el tema desde la distancia del que no debe interferir en las historias.
El viaje parece ser el ámbito natural de la novela. El elemento conductor de una aventura, cuya dimensión rara vez viene dada por su extensión. La palabra transitar, al contrario, remite a la idea de pasar de un estado a otro. Por ello hay viajes insignificantes en longitud que producen enormes desplazamientos en sus protagonistas. E incluso historias con viajes aparentemente fallidos que generan situaciones determinantes. Con uno de estos gestos engañosamente inútiles se inicia Historia de una segunda vez (John Lange, 2006), novela corta de Federico Vegas, uno de los narradores venezolanos más sólidos de la actualidad.
El hombre construye ciudades para tener historia. La capacidad de generar artificios y la de fijar su historia, son dos de sus rasgos distintivos. Y aunque las edificaciones son los referentes de cada época, no sólo revelan momentos de la Historia. Guardan, además, su huella, sus impulsos vitales. Esa idea no deja de dar vueltas en De prófugos y fantasmas (Random House Mondadori, 2005), de Héctor Concari.
La otra antología: Habrá una vez, traducida y compilada por Juan Fernando Merino, parece recibir el testigo de la anterior, ya que incluye 25 autores de las generaciones actualmente consolidadas, esas que insurgieron inmediatamente después de la última reflejada en la muestra anterior, con nombres como Elisa Wald (con su extraordinario cuento: Terapia), Tom Piazza, Rick Bass y Kate Wheeler, entre otros (curiosamente, ésta última estuvo en Venezuela, hará unos dos años, dictando una conferencia organizada por el Pen Venezuela en la extinta Macondo, para el muy reducido público que atendió la convocatoria).
No he tenido ocasión de leer más nada de Mukherjee. Sé que ha escrito varias novelas (la más famosa: Jasmine) y un par de colecciones de cuentos. La trayectoria de Lahiri, en cambio, es más breve aunque quizá más contundente. Fue la ganadora del Premio Pulitzer del año 2000, ocasionando doble sorpresa en el mundo literario norteamericano: no sólo una autora joven (32 años) se estaba llevando un premio usualmente otorgado a figuras consagradas, sino que además lo hacía con un libro de cuentos, siendo que la tradición apuntaba a que ese premio suele entregarse a novelas. Para mayor escándalo, vale agregar que ese libro de cuentos era su primera obra publicada: Interpreter of maladies (Intérprete de emociones), el cual incluye el cuento aparecido en Habrá una vez, junto a otros ocho relatos de la misma impecable factura.
Estos últimos años el mercado venezolano se ha visto inundado de primeras novelas de autores del patio. Para los que dan importancia al asunto del género, vale destacar que de esa fértil cosecha un porcentaje importante corresponde a voces femeninas, las cuales darán suficiente trabajo a los estudiosos que revisan periódicamente la producción literaria nacional, debido a que la cómoda etiqueta novela femenina venezolana ofrecerá cada vez más dificultad a la hora de encerrarla en unas pocas características.










