Karla y la bicicleta

Presentación de La huella del bisonte (Editorial Norma, colección La otra orilla)
Fecha: El próximo 15 de mayo, a las 7:00 pm.
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, en la planta baja de la Torre Mene Grande, Los Palos Grandes, Caracas.
Las palabras de presentación estarán a cargo de Oscar Marcano
El vino será por cuenta de la casa
Capítulo 1:
Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdió un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, año en que Irán e Irak finalizaron su estúpida guerra con un score de cero a cero, y el oso soviético inició su retiro de Afganistán. El mismo en que Raquel se mudaría de la casa en la que vivió buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.
La tarde que recibió el documento cumplía treinta y cinco años. Cumplía, también, cuatro meses desempleada. El documento lo recibió su hija, que antes de saber de qué se trataba, se había sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer lloró y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secundó sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas era que su bicicleta no la acompañaría al que sería su nuevo hogar.
Sin saber que disfrutaba del último agosto de esas calles despejadas, la niña se inclinó sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de enérgicas pedaleadas, se dejó caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atravesó la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atrás con expresión ausente, sintiendo la vibración producida por las irregularidades del asfalto, que se expandía a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.
Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresión concentrada endurecía su cara de niña. Rodó sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empujón de la rueda delantera entró en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.
Sin detenerse a saludar, subió corriendo hasta su cuarto.
¿Te acordaste?, preguntó una voz desde la cocina.
Me baño y bajo, respondió sin aminorar la carrera.
La piel le brillaba por el sudor. Olvidó llevar a casa la fruta que la mamá le había encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitación que había alimentado con cada pedaleada.
Y sabía cómo hacerlo.
Lo descubrió sin proponérselo, un par de meses atrás. Ese cuerpo que se le volvía extraño le había estado enviando perentorias señales, y una tarde calurosa cedió a su invitación, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que había descubierto, huyó de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no sería fácil volver a cerrar.
Una puerta que daba a un salón largo y húmedo, sin fondo aparente.
Ese día, en un impulso desconocido, agarró la bicicleta y se lanzó a la calle. Apenas se sentó, recibió una plácida descarga que se le regó por el cuerpo como leche tibia. Sintió en las caderas una mezcla de crispación y bienestar que se incrementaba en tanto ejercía presión contra el asiento de la bicicleta.
Comenzó a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana.
Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando tenía ganas de orinar, pero de un modo más inquietante.
Y más placentero.
Luego de varias vueltas, regresó a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definición ni pausa, le impedía estarse quieta. Dejó entonces que el instinto tomara el control. Cerró la puerta, echó el seguro y, con prisa, se quitó toda la ropa. La mamá dijo algo que no escuchó.
Se me olvidó, respondió.
Las medias, la franela, el sostén, parecían casas arrasadas por un huracán. Del otro lado del mundo la mamá insistía en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se paró frente al espejo y se sobresaltó. Cada día lo mismo. La chica desnuda frente a sí le parecía tan distinta a la que era apenas uno, dos años atrás. No dejaba de asombrarle con qué prisa le crecían los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirop de chocolate.
Se paró al lado de la cama que en un tiempo compartió con Sarah y Cristina, e inició los ritos que sus nuevas formas le sugerían. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus trémulos pechitos. Una música venida de adentro le hacía girar la pelvis, con una cadencia rítmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.
Se convertía, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper.
Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sentía Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodríguez, las heroínas de las telenovelas que seguía con devoción, acompañándolas en sus lágrimas y risas a través de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenzó a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una película prohibida.
Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspiró hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiración. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubrían su pubis.
Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorría el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.
Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello púbico, provocaba un hilito de frío en su pecho. Nalgas, decía, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repetía y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquirían una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquirían. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que aún exhibía una tersura infantil. Apretó duro las piernas entre sí y suspiró cuando el ardor alcanzó sus caderas.
El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conocía el método para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se metía al baño del cuarto, abría el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conocía el santo y seña y lo había convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su índice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los más viejos recuerdos, la calle solitaria, los sueños impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada… Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.
Entonces comenzaba a frotar.
Después del baño, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresaltó. Habían intentado abrir la puerta, y se alivió al recordar que había puesto el seguro.
Se enfría la comida, señaló una voz. Sin jugo, porque se te olvidó otra vez la fruta.
En un gesto mecánico agarró el cepillo y, aún temblando, se peinó frente al espejo.
Ahora te la pasas encerrada, se quejó la voz alejándose por el pasillo.
Karla echó un último vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, salió del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace algún tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.
Es como un calambre rico que empieza aquí y se riega hasta acá, se confesaba a sí misma, tratando de explicarse lo que le producía el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y había que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de uñas cortas erraban por la quietud de la sábana hasta que caían, sin querer, en el botoncito. En esas noches se dormía tarde, extenuada por la euforia.
La bicicleta te está sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repetía la mamá cuando, en las noches, veían televisión en la sala.
Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la batita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.
Pero sabía que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enteraría.
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Que el cuerpo de Anna Nicole haya recobrado su perdido esplendor -aunque quién sabe por cuanto tiempo- tiene algo de milagroso y es, de cierta manera, una epifanía. La rubia tonta ya no es noticia sólo por su negra fama de ángel caído. Ha logrado lo que no logró Marilyn Monroe con la ayuda de psiquiatras y barbitúricos: redimisrse de aquello que la hacía odiarse a sí misma, dejar de ser persona para convertirse en un objeto de culto. A diferencia de Marilyn, sin embargo, Anna Nicole nunca ha sido una criatura frágil, sino una arribista que entendió a la perfección las despiadadas reglas de la feria de las vanidades donde habita. En ella se observa una completa consubstanciación con su entorno. La languidez que la vimos padecer durante unos años -época en la que su himanidad se volvió cada vez más voluminosa- fue causada por su alejamiento de Hollywood. Ese conocimiento la separa de Marilyn y también, desde luego, de la inmortalidad.
Hay pelirrojas y pelirrojas y pareciera que cada vez son menos. Todas las pelirrojas tienen ese no sé qué indescriptible que las hace únicas. Existe la pelirroja diminuta y pecosa que habla tanto y de tal modo que lo único que puede hacer uno cuando está con ella es asentir de manera leve a todo lo que dice y terminar así con un precioso dolor de cuello. Existe la pelirroja que mira de arriba a abajo a todo el mundo: Tiene un perfume encantador muy caro y le gusta colgarse del brazo de su acompañante y está siempre muy pero muy cansada cuando él la lleva por las noches a su casa. Existe la pelirroja alta y estatuaria que lo envuelve a uno en una mirada azul más fría que el hielo: Tiene labios finos y suaves y nunca puede deshechar ese gesto un tanto arrogante y autoritario que lo acompañará en su eterna soltería. Existe la pelirroja dulce y dispuesta (aficionada a la bebida) a la que nunca le importa qué lleva puesto ni a dónde va ni con quién o quiénes (ni lo que hace con él o ellos) siempre y cuando tenga mucho Champagne seco al alcance de su temblorosa mano. Existe la pelirroja feminista y altiva que es una verdadera compañera (casi un amigo): Siempre quiere pagar su consumisión y está llena de sentido común: Además sabe Judo y es capaz de lanzar al aire, por encima del hombro, al conductor de un camión sólo para defendernos. Existe la pelirroja maravillosa que sobrevive a media docena de reyes del hampa antes de casarse con unos cuantos millonarios a un par de millones por cabeza para terminar con algunas casas esparcidas alrededor del mundo y varios autos último modelo con chofer y acompañante. Y por último existe la pelirroja pálida y lánguida (con anemia de tipo incurable pero no fatal) que habla lenta y melosamente como salida de un oráculo moderno, y uno no le puede poner un dedo encima porque ella está leyendo algún libro sobre Lingüística Chomskiana o Gramática Estructural, y eso es mucho más importante que nuestro pobre dedo: Adora el teatro y la danza y cuando un ballet está interpretando “El lago de los cisnes” ella puede decirle a uno cuál de todas las bailarinas que hay en escena hizo un “pas de deux” una fracción de segundo a destiempo. He oído decir que hay una rubia que también puede hacerlo; eso quiere decir que son dos.











