El subrayado es nuestro

1/04/2009

Los nuevos puritanos

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Apuntes sueltos, Cita textual, Sobre poética - Héctor Torres @ 10:01 pm

No, no es una religión. Aunque algo de religión hay en la literatura, después de todo. Se trata, más que de una agrupación, de un experimento. Según entiendo, dos escritores británicos (Nicholas Blincoe y Matt Thorne) de las más nuevas generaciones de narradores de ese país, reunieron a un grupo de autores de su generación, con los que coincidían en ciertos postulados estéticos, y les propusieron uan antología, con cuentos hechos para la misma, en la que se respetaran ciertas normas. Aunque cada uno de los autores invitados tiene sus propios dogmas estéticos y estilísticos, todos los cuentos presentes tiene algo en común: que el argumento, columna vertebral de la narración, aparezca desnudo de cualquier recurso estilístico. Es decir, la eliminación de todo lo que se considere artificioso en la creación de los relatos.
Para ello crearon el «Manifiesto de los nuevos puritanos». Repasado el manifiesto, concordé con algunos puntos y con otros no. Sea como sea, es un ejercicio interesante de observar, y una ocasión para conocer de qué va la más nueva narrativa británica.

MANIFIESTO DE LOS NUEVOS PURITANOS

1. Ante todo narradores, nuestro estilo es el narrativo.
2. Somos escritores de prosa y reconocemos que esta es la forma dominante de expresión. Por ello evitamos la poesía y la libertad poética en todas sus formas.
3. Pese a que reconocemos el valor del género de ficción, sea clásico o moderno, siempre nos dirigiremos hacia horizontes nuevos, destruyendo las expectativas del género existente.
4. Creemos en la simplicidad del texto y prometemos evitar todos los recursos estilísticos: retórica, incisos del autor.
5. En nombre de la claridad, reconocemos la importancia de la linealidad temporal y evitamos escenas retrospectivas, las narraciones temporales duales y los presagios.
6. Creemos en la pureza gramatical y evitamos toda puntuación elaborada.
7. Recenocemos que los trabajos publicados son también documentos históricos. Como fragmentos de la época, todos nuestros textos están fechados y transcurren en la actualidad. Todos los productos, lugares, artistas y objetos que aparecen son reales.
8. En nuestra calidad de representantes fieles del presente, nuestros textos evitarán toda especulación improbable o incognoscible sobre el pasado o el futuro.
9. Somos moralistas, por consiguiente todos los textos presentan una realidad ética reconocible.
10. Sin emabrgo, nuestro objetivo es la integridad de expresión, por encima y más allá de cualquier compromiso con la forma.

Más adelante reproduciré algunos comentarios que hacen los editores (Blincoe y Thorne) acerca de estos postulados. Algunos me parecen muy interesantes y dignos de seguir. Otros no tanto. El libro se consigue (al menos ahí lo conseguí) en Templo Interno, del Centro Plaza.

En Los nuevos puritanos (Debolsillo)

14/02/2009

El huevo como definición de cuento y novela

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Cita textual, Sobre poética - Héctor Torres @ 4:07 pm

Según él la revelación le llegó apenas esa mañana, frente a un plato donde lo esperaba relajado un huevo frito. “La claridad de su perímetro perfectamente definido (no olvidemos que Federico es tan arquitecto como escritor); su absoluta finitud y su indiscutible condición de ser exactamente lo que es retrata sin lugar a dudas al cuento. Intacto en su forma, llano en sus personajes”.
El “revoltillo” es, en cambio, la perfecta definición de la novela. Sus bordes irregulares dan cuenta de lo inasible de sus límites y su volumen caprichoso, de lo complejo de sus personajes.

Definición de cuento y novela según Federico Vegas, referido por Mitchele Vidal, en su blog http://www.imagenes-urbanas.blogspot.com/

9/02/2009

Observar la reverente lascivia que se merece

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 9:39 pm

Me gusta caminar siguiendo las curvas que deja el mar en la arena, avanzar entre el gentío que se baña y el que se reseca. A veces, a las tres de la tarde y a unos treinta metros de mi ruta, diviso la llegada de un grupo familiar. Parecen una escena bíblica que incluye padres, abuela, niños, sillas de extensión, cava y cesta de comida. Estoy de suerte. La madre está entre los treinta y los cuarenta. Ella es quien escoge el sitio, encaja el paraguas, abre las sillas, frota los niños con la crema para el sol, le quita los pañales al más pequeño, le da un sombrero de paja a la abuela, el periódico a un marido embotado por el ratón. Cuando todos están listos, ella se acuerda de que existe. Mira a su alrededor, se ubica en el mundo y desanuda una vaporosa tela naranja que se había enrollado en la cintura. Luego respira profundo y se quita la franela. Su cuerpo, expuesto, ahora irradia un pudor de fragilidad y valentía. Es bella, y lo sabe. Por unos cuantos segundos se ha desnudado sólo para mí, pues yo soy el único en toda la costa del Caribe que la ha observado con la reverente lascivia que se merece, Puede que hasta me regale una sonrisa, si sé guardar los rigurosos requerimientos de la brevedad y continúo mi camino, mientras ella vuelve a ser una madre más en bikini.

En Miedo, pudor y deleite, de Federico Vegas (Alfaguara)

16/08/2008

Borges desde lo oral (parte II)

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 5:51 pm

Ningún tema le resultaba ajeno. Para cualqueira tenía una opinión. Usualmente desde un punto de vista original, revestido de una fina ironía, de un sutil sentido del humor, que hacía que los temas más graves fueran divertidos juegos de ingenio (del cual, por cierto, desdeñaba). En esta segunda entrega de extractos del Borges verbal, se puede ver cómo Borges, uno de las últimas figuras universales, míticas, del pensamiento de habla castellana, es capaz de convertir todo en materia de la literatura.

Almafuerte renovó la ética y llevó el cristianismo más allá de Cristo. Condenó el perdón porque lo consideraba una forma de soberbia, ya que el que perdona se juzga superior al otro.

He firmado tantos ejemplares de mis libros que el día que me muera va a tener gran valor uno que no lo lleve.

Yo siento que, de algún modo, con mi bastón hay una cierta amistad. Pero es una amistad no compartida, porque el bastón no sabe que yo existo.

En mi época no habia best-selleres y no podíamos prostituirnos. No había quien comprara nuestra prostitución.

La literatura es como una biblioteca infinita de la que cada individuo sólo puede leer unas páginas; pero quizás en esas páginas esté ya lo esencial, quizás la literatura esté repitiendo siempre las mismas cosas con una acentuación, con una modulación ligeramente distinta.

Yo tenía entendido que sólo existía buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante.

Hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón.

El cristianismo cree que el sufrimiento es una forma de gloria. Yo, en cambio, creo que la felicidad es superior a la desdicha. No hay que calumniar a la felicidad.

El mito de don Juan Tenorio, que posee a muchas mujeres, es un mito falso, una idea pueril, un disparate. El amor tiene que ser entre iguales, toda relación humana verdadera tiene que ser entre iguales. Don Juan necesitaba tres días para conquistar a una mujer: uno, para conocerla, otro, para tenerla y otro, para olvidarla. Bueno, eso quiere decir que realmente no había conquistado a nadie, conocido a nadie ni se había olvidado de nada.

El fin de la poesía no es el asombro. El fin del poeta es expresar lo que muchos hombres habrán pensado pero nadie ha expresado de un modo tan cabal. El poeta no es la voz de las opiniones -que cambian y además son superficiales- sino la voz de algo más hondo.

La vida es soportable porque ocurre en tajadas. Uno se levanta, se afeita, se desayuna. Va haciendo las cosas lentamente. Por eso la vida es menos espantosa.

En Borges verbal, de Pilar Bravo y Mario Paoletti (Emecé)

12/08/2008

Borges desde lo oral (parte I)

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 7:21 pm

para araya goitia leizaola

Uno de los más universales y originales autores de habla castellana del siglo XX. Aunque también pueda decirse que es uno de los más controversiales. No disimulaba sus aversiones ni escondía sus simpatías y preferencias literarias. Oponía la estética a la moral y, aunque produjo en cuentos y ensayos una obra deslumbrante, algunas de sus sentencias más inolvidables y agudas las produjo de forma oral, pronunciadas en entrevistas y conferencias. Y no sólo por la agudeza, sino además por la belleza y la música. Los textos que las recogen dan fe de ello.
Uno de los libros que recoge esas agudas “borgerías” se llama, precisamente, Borges verbal, compilado por Pilar Bravo y Mario Paoletti. Allí se descubre a un autor que vivió para la literatura y la estética.
Acá dejo la primera tanda de borgerías extraídas del volumen:

De niño yo sabía que tenía que hablar con mi abuela materna, Leonor Acevedo Suárez, de un modo y con mi abuela paterna, Frances Haslam Arnett, de otro, y que esos dos modos no se parecían. Con el tiempo descubrí que esas dos maneras de hablar de un nieto se llamaban la lengua castellana y la lengua inglesa.

Decir «especie humana» es una abstracción. Yo creo que todos lso individuos son distintos entre sí. Tienen la obligación y el derecho de serlo. Además, la gente, cada persona, cambia a cada momento.

Sólo se puede definir lo abstracto: un polígono, o un congreso. Pero cómo definir el sabor del café o esa tristeza agradable de los atardeceres o esa esperanza, sin duda ilusoria, que uno puede sentir en la mañana.

Para el artista todos son bienes, incluida la desdicha. Todo es arcilla para la obra. De modo que realmente no puede ocurrirme nada malo.

La esperanza es un deber. Pero, a veces es un deber arduo o quizá imposible.

El arado, la espada, son extensiones de la mano; el microscopio, de los ojos. Pero un libro es algo más: es una extensión de la memoria.

la literatura es un arte, o un ejercicio, misterioso, en el que las opiniones del autor no cuentan. Y puede que tampoco sus intenciones.

El deber que uno tiene con los padres es el de ser feliz. No el de obedecerlos o el de respetarlos; eso no tiene ninguna importancia.

Antes hubiera dicho que la virtud que aprecio más en un hombre es el valor, pero creo que la probidad es lo más importante. Y la probidad es también una forma del valor. Ahora bien, si yo tengo que conversar con ese hombre, lo que más aprecio es la inteligencia, porque la probidad y el valor en una persdona a veces no sirven para el diálogo. Posiblemente yo prefiera conversar con un canalla inteligente. Pero eso es para fines particulares.

En general se supone que el hombre procede por razonamiento y la mujer por intuiciones, pero eso puede ser un error. Quizá ni las mujeres sean tan intuitivas ni nosotros tan razonables. Pero en todo caso podría decirse que es más fácil equivocarse razonando que intuyendo, ya que el razonamiento es una concatenación de muchos eslabones y basta que haya un solo error para equivocarse. Y siendo la intuición un solo acto, es menos capaz de error que el razonamiento.

En Borges verbal, de Pilar Bravo y Mario Paoletti (Emecé)

24/06/2008

El sometido siempre se convierte en el terror

archivado bajo la categoría Cita textual - Héctor Torres @ 4:03 pm

Los Eloi, como los reyes Carolingios, habían decaído hasta convertirse en bellas futilidades. Poseían aún la tierra por tolerancia, pues los Morlocks, subterráneos durante sucesivas generaciones, habían llegado a encontrar la superficie diurna intolerable; y los Morlocks confeccionaban sus vestidos, infería yo, y les satisfacían sus necesidades habituales, debido tal vez a la sobrevivencia de un antiguo hábito de servicio. Lo hacían al modo como un caballo brioso agita sus patas, o como un hombre goza matando animales por deporte: porque antiguas y desuetas necesidades se lo habían impreso en el organismo. Pero, evidentemente, el antiguo orden se había ya en parte invertido. La Némesis de los delicados se acercaba con rapidez. Edades antes, miles de generaciones antes, el hombre había privado a su hermano de las facilidades y de la luz del sol. ¡Y ahora su hermano volvía cambiado!

En La máquina del tiempo, de H. G. Wells (Norma)

17/06/2008

La huella desde «Imágenes Urbanas»

archivado bajo la categoría Reseñas cortas, Cita textual - Héctor Torres @ 2:24 am

Aunque ya borré con mis dedos las huellas que dejó el bisonte de Héctor Torres espero que su perfume -una mezcla de café, alcohol y goma de borrar- se quede en mi mente por mucho tiempo.

Esta novela realmente me cautivó. Como dice María Pilar Puig: “no es posible soltarlo una vez que transitas la primera página”. Bravo. Al final, cuando me faltaban pocas páginas, volvía atrás, releía; paladeando cada imagen, cada frase, como cuando me queda apenas un pedacito de chocolate y no me atrevo a morderlo, sólo saborearlo para que dure más. Debería decir, para entrar en la tónica de su lírica, como cuando cierras los ojos para que ese beso que apenas comienza, tenue, leve, húmedo se profundice, crezca hasta abarcarlo todo y nos haga sentir que todo nuestro cuerpo es esa boca, esa lengua, esos labios y esa saliva, elixir divino que eleva todas las sensaciones, y, que irradia- hasta volver humo- nuestras extremidades que en ese momento hacen un descomunal esfuerzo para sostenernos.

Viendo a Mario temblar y flaquear ante Karla; a Karla entregarse a él con toda la sensualidad que se desbordaba desde su temprana pubertad, y a Gaby buscar en un profesor al padre que perdió y que recuperó en su tránsito de niña a mujer, se nos abren puertas y ventanas que llevan a los deliciosos caminos del placer sensual, del disfrute de las imágenes que crea Héctor “apenas” con palabras. Palabras precisas, corpóreas, olorosas, mullidas, aterciopeladas, suaves y contundentes. Palabras que avivan el olfato, el gusto, la vista y el tacto. Palabras que erizan la piel y el espíritu. La sucesión de imágenes y escenas plenas de sensualidad no son gratuitas, sino absolutamente necesarias para que la trama se desarrolle y nos empuje a ese abismo dónde se pierden sus protagonistas.

Insisto, además de describir con palabras sensaciones y sentimientos ajenos, Héctor Torres tiene una especial capacidad para que las mujeres les confíen todos sus secretos. De no ser así, entonces es un mago y ha encontrado la piedra filosofal de leer la mente de las mujeres.

Mitchele Vidal Castro

26/05/2008

La “niña” (es decir, la Lolita) como tema literario

archivado bajo la categoría Cita textual, Sobre poética - Héctor Torres @ 7:16 pm

[…] El tema es clásico, hondo, viene de los tuétanos de la oscuridad humana y en él se resumen tres nudos singulares:

Uno, sagrado, misterioso y bello, como lo es la floración de la niña. Su transición a mujer.

Otro, reprobado de un tiempo a esta parte, y es el que constituye la paidofilia o pedofilia (del griego páis-paidós, «muchacho» o «niño», y filía, «amistad») que es la inclinación por parte de adultos a sentir atracción sexual hacia niños o adolescentes.

Y digo de un tiempo a esta parte, porque un sinfín de heroínas, beldades y otras figuras y protagonistas de grandes obras literarias han sido adolescentes entregadas al amor. Juzguémoslo por Julieta, la amante del gran Romeo, una prepubescente que apenas tenía trece años. En un tiempo en el que el promedio de vida apenas alcanzaba la treintena, Julieta y toda chica de su edad era considerada perfectamente válida y dotada para la vida sexual activa.

Estrictamente hablando, la pedofilia no se refiere al abuso sexual, sino a la mera tendencia o atracción que siente un adulto hacia un menor y es a menudo confundida con la pederastia, que es ya el acto de abusar sexualmente del menor.

El tercero de los nudos presente en el esquema de la Lolita, es de corte netamente obsceno, y está representado en la sumisión, la caída y el paulatino deterioro moral del amante masculino que sucumbe, al grado de humillación, ante el objeto del deseo. Es la oblación propiamente dicha.

El tema tiene antecedentes. El más palmario es Lolita, la novela de Nabokov, escrita en 1955, la cual debe su furor al film de Stanley Kubrick, realizado en 1962. A partir de éste Lolita se ha convertido en el término usado para referirse a las chicas adolescentes consideradas muy seductoras, especialmente si son menores de edad. Hay otros ejemplos significativos: está la Mildred, la vulgar Mildred amante de Philip Carey en La servidumbre humana, de 1915, escrita por William Somerset Maughan. Una de las novelas más importantes de la primera parte del siglo XX, donde se explota no la pedofilia porque Mildred no es tan joven, sino el rápido proceso de decadencia y sometimiento del amante masculino, en este caso un joven estudiante con una malformación en un pie, eternizado por un Leslie Howard subyugado por la inefable Bette Davis en el film homónimo de 1934.

Se cuenta también El profesor Unrat, novela de 1905, del autor alemán Heinrich Mann (hermano de Thomas Mann), mundialmente conocida por haber sido llevada al cine en la cinta El ángel azul (1930) del legendario Josef von Sternberg. En ella un viejo académico autoritario, representante de la orgullosa burguesía alemana se deshilacha y torna sumiso hasta la humillación, por el encanto que sobre él ejerce Lola Lola, una cabaretera de formas perfectas y mirada de miel, interpretada por Marlene Dietrich, y que representa ya el salto de la Lolita a la femme fatal. Muchos se preguntan si no fue de ahí de donde sacó Nabokov el nombre para su enfant terrible.

En La huella del bisonte, de Oscar Marcano (fragmento de las palabras de presentación de La huella del bisonte, editado por Norma)

18/05/2008

Ningún momento importante de nuestras vidas tiene una segunda oportunidad

archivado bajo la categoría Notas y noticias, Cita textual - Héctor Torres @ 2:51 am

—Karla juzga peligrosas y malignas a las otras mujeres y crece “con toda la maligna sabiduría con que crecen las mujeres para defenderse de un mundo adverso”. Sin embargo no se defiende sólo de ellas, sino también de los hombres, quienes aunque “son el poder”, en realidad “son más frágiles de lo que aparentan”. Así, ella se convierte en “el advertido veneno, el que envicia y hace despreciar al mundo”. ¿Cómo entra Karla en conciencia de que es ese veneno?

Quizá nunca hay conciencia absoluta. Es como preguntarse si sabe la culebra que si se muerde se envenena, o conocerá la abeja la magnitud de su ponzoña. Sospecho que no. Que lo intuirán sin conciencia. Saben que sus armas están ahí, y las van a usar cuando el instinto lo indique. Y lo van a hacer sin pestañear y sin entrar en otras consideraciones ajenas a la exclusiva y elemental necesidad de sobrevivir. Seguramente la única idea que empuja su actuación es la certeza de que ningún momento importante de nuestras vidas tiene una segunda oportunidad.

Entrevista realizada por Jorge Gómez Jiménez, para Letralia (léala completa acá)

10/05/2008

Karla y la bicicleta

archivado bajo la categoría Apuntes sueltos, Notas y noticias, Cita textual - Héctor Torres @ 7:26 pm

Presentación de La huella del bisonte (Editorial Norma, colección La otra orilla)
Fecha: El próximo 15 de mayo, a las 7:00 pm.
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, en la planta baja de la Torre Mene Grande, Los Palos Grandes, Caracas.
Las palabras de presentación estarán a cargo de Oscar Marcano
El vino será por cuenta de la casa

Capítulo 1:

Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdió un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, año en que Irán e Irak finalizaron su estúpida guerra con un score de cero a cero, y el oso soviético inició su retiro de Afganistán. El mismo en que Raquel se mudaría de la casa en la que vivió buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.
La tarde que recibió el documento cumplía treinta y cinco años. Cumplía, también, cuatro meses desempleada. El documento lo recibió su hija, que antes de saber de qué se trataba, se había sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer lloró y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secundó sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas era que su bicicleta no la acompañaría al que sería su nuevo hogar.

Sin saber que disfrutaba del último agosto de esas calles despejadas, la niña se inclinó sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de enérgicas pedaleadas, se dejó caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atravesó la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atrás con expresión ausente, sintiendo la vibración producida por las irregularidades del asfalto, que se expandía a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.
Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresión concentrada endurecía su cara de niña. Rodó sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empujón de la rueda delantera entró en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.
Sin detenerse a saludar, subió corriendo hasta su cuarto.
¿Te acordaste?, preguntó una voz desde la cocina.
Me baño y bajo, respondió sin aminorar la carrera.
La piel le brillaba por el sudor. Olvidó llevar a casa la fruta que la mamá le había encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitación que había alimentado con cada pedaleada.
Y sabía cómo hacerlo.
Lo descubrió sin proponérselo, un par de meses atrás. Ese cuerpo que se le volvía extraño le había estado enviando perentorias señales, y una tarde calurosa cedió a su invitación, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que había descubierto, huyó de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no sería fácil volver a cerrar.
Una puerta que daba a un salón largo y húmedo, sin fondo aparente.
Ese día, en un impulso desconocido, agarró la bicicleta y se lanzó a la calle. Apenas se sentó, recibió una plácida descarga que se le regó por el cuerpo como leche tibia. Sintió en las caderas una mezcla de crispación y bienestar que se incrementaba en tanto ejercía presión contra el asiento de la bicicleta.
Comenzó a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana.
Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando tenía ganas de orinar, pero de un modo más inquietante.
Y más placentero.
Luego de varias vueltas, regresó a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definición ni pausa, le impedía estarse quieta. Dejó entonces que el instinto tomara el control. Cerró la puerta, echó el seguro y, con prisa, se quitó toda la ropa. La mamá dijo algo que no escuchó.
Se me olvidó, respondió.
Las medias, la franela, el sostén, parecían casas arrasadas por un huracán. Del otro lado del mundo la mamá insistía en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se paró frente al espejo y se sobresaltó. Cada día lo mismo. La chica desnuda frente a sí le parecía tan distinta a la que era apenas uno, dos años atrás. No dejaba de asombrarle con qué prisa le crecían los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirop de chocolate.
Se paró al lado de la cama que en un tiempo compartió con Sarah y Cristina, e inició los ritos que sus nuevas formas le sugerían. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus trémulos pechitos. Una música venida de adentro le hacía girar la pelvis, con una cadencia rítmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.
Se convertía, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper.
Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sentía Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodríguez, las heroínas de las telenovelas que seguía con devoción, acompañándolas en sus lágrimas y risas a través de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenzó a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una película prohibida.
Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspiró hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiración. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubrían su pubis.
Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorría el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.
Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello púbico, provocaba un hilito de frío en su pecho. Nalgas, decía, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repetía y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquirían una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquirían. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que aún exhibía una tersura infantil. Apretó duro las piernas entre sí y suspiró cuando el ardor alcanzó sus caderas.
El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conocía el método para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se metía al baño del cuarto, abría el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conocía el santo y seña y lo había convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su índice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los más viejos recuerdos, la calle solitaria, los sueños impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada… Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.
Entonces comenzaba a frotar.
Después del baño, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresaltó. Habían intentado abrir la puerta, y se alivió al recordar que había puesto el seguro.
Se enfría la comida, señaló una voz. Sin jugo, porque se te olvidó otra vez la fruta.
En un gesto mecánico agarró el cepillo y, aún temblando, se peinó frente al espejo.
Ahora te la pasas encerrada, se quejó la voz alejándose por el pasillo.
Karla echó un último vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, salió del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace algún tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.

Es como un calambre rico que empieza aquí y se riega hasta acá, se confesaba a sí misma, tratando de explicarse lo que le producía el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y había que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de uñas cortas erraban por la quietud de la sábana hasta que caían, sin querer, en el botoncito. En esas noches se dormía tarde, extenuada por la euforia.

La bicicleta te está sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repetía la mamá cuando, en las noches, veían televisión en la sala.
Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la batita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.
Pero sabía que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enteraría.

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