El subrayado es nuestro

15/11/2007

Las leyes del sueño

archivado bajo la categoría Historias breves - Héctor Torres @ 5:06 pm

Cuando vimos la figura caer desde la platabanda, corrimos con la intención de comprobar nuestras sospechas. Al llegar junto al cuerpo supimos, en efecto, que se trataba de ella.
Recobró parcialmente su forma original para decirnos unas palabras extrañas y maravillosas, mientras nos advertía que se trataba de un sueño. Aunque lo más sensato hubiese sido socorrerla, comencé a escribir en una pared cercana lo que ella decía, porque la experiencia siempre me ha indicado que suelo olvidar los sueños y las cosas que en ellos se dicen.
Al día siguiente traté de recordar lo que dijo, pero resultó inútil. Fui entonces al edificio desde donde se había lanzado (en mi sueño, claro) y, en efecto, leí los garabatos escritos con prisa en la pared, sólo que no pude repetirlos hasta esa noche que me soñé en la misma escena.
Cuando desperté, nuevamente los había olvidado.

En El amor en tres platos, de Héctor Torres (Editorial Equinoccio)

6/11/2007

Transmutaciones

archivado bajo la categoría Historias breves - Héctor Torres @ 12:34 pm

Al otro lado de la cama la vida luce diferente. El después que sucedería a esta hora de meditación ya no será lo que habría podido ser. Su relación con aquel hombre que yace a su lado jamás se convertirá en lo que ella soñó. El vestirse mimosa ante su amante todavía tendido en el lecho no ocurrirá como de costumbre. Todo es diferente ahoraque la policía entra al cuarto de hotel y observa el cuerpo de un hombre ensangrentado y a una mujer acurrucada a un lado de la cama todavía con el cuchillo en la mano.

En Precisiones, de Carmen Rosa Gómez (Monte Ávila Editores)

8/10/2007

Un feliz regreso

archivado bajo la categoría Historias breves - Héctor Torres @ 6:05 pm

En un libro de minicuentos español encontré un excelente ejemplo de narración en sentido inverso. No es muy común leerlos, por lo que lo dejo acá colgado para el que busque un ejemplo de ellos. Se llama, como el título del post, Un feliz regreso, y lo firma Francisco Corrales Fernández.

A las cuatro en punto sus manos fueron liberando el cuello de la mujer. Luego le abrochó la blusa roja aún manchada de barro, mientras ella abría sus mortecinos ojos. Después la cogió de los brazos y la arrastró por un lodazal, insensible a sus agonizantes súplicas, hasta alcanzar el taxi. Tras un blando forcejeo, a las cuatro menos cuarto la introducía en el maletero y arrancaba el coche. A las tres y media se detenían a la entrada de un camino. Antes de cambiarla al asiento trasero, el taxista la golpeó con saña en la cabeza. A las tres y cuarto llegaban a la ciudad. Poco a poco la mujer recuperaba la calma y la pulcritud de su aspecto físico. A las tres el taxi se paraba ante la verja de una casa y la mujer descendía del coche con una sonrisa nerviosa pero no exenta de cortesía. A las tres menos cuarto se ponía una blusa roja y a las dos y media telefoneaba a su marido. Ahora mismo iba a verlo a la fábrica, acababa de recibir una inquietante llamada y tenía miedo. A las dos y cuarto una voz anónima le comunicaba que con toda seguridad a las cuatro en punto estaría muerta.

De Galería de hiperbreves (Tusquets Editores)

26/09/2007

Nada es mío

archivado bajo la categoría Historias breves - Héctor Torres @ 7:39 pm

Con este suscinto título, transcribo íntegro otro texto del libro Gog, de Giovanni Papini. Su lectura es un certero golpe a la vanidad y al ego. Y al asunto del poseer. Lo transcribo completo porque todo el bloque es un único y contundente argumento. Espero lo disfruten:

El mayor problema del hombre, como de las naciones, es la independencia. ¿Se puede resolver? Lo que poseo parece ser mío, pero soy poseído siempre por aquello que tengo. La única propiedad incontestable debería ser el Yo, y, sin embargo, aquilatando bien, ¿dónde está el residuo absoluto, aislado, que no depende de nadie?
Los demás participan, ausentes o presentes, en nuestra vida interior y externa. No hay manera de salvarse. Aun en la soledad perfecta me siento, con espanto, átomo de un monte, célula de una colonia, gota de un mar. En mi espíritu y en mi carne hay la herencia de los muertos; mi pensamiento es deudor de los difuntos y de los vivientes; mi conducta está guiada, aun contra mi voluntad, por seres que no conozco o que desprecio.
Todo lo que sé lo he aprendido de los demás. Cualquier cosa que adquiera es obra de otros, y ¿qué tiene que ver que la haya pagado? Sin el operario, sin el artesano, sin el artista, estaría más desnudo que Calibán o que Robinsón. Si quiero moverme tengo necesidad de máquinas no fabricadaspor mí y guiada por manos que no son mías. Me veo obligado a hablar una lenguaje no he inventado yo mismo; y los que han venido antes me imponen, sin que me dé cuenta, sus gustos, sus sentimientos y sus prejuicios.
Si desmonto el Yo pedazo por pedazo, encuetro siempre trozos y fragmentos que proceden de fuera; a cada uno podría ponerle una etiqueta de origen. Esto es de mi madre, esto de mi primer amigo, esto de Emerson, esto de Rousseau o de Stirner. Si realizo a fondo el inventario de las apropiaciones, el Yo se me convierte en una forma vacía, en una palabra sin contenido propio.
Pertenezco a una clase, a un pueblo, a una raza; no consigo nunca evadirme, haga lo que haga, de unos límites que no han sido trazados por mí. Cada idea es un eco, cada acto un plagio. Puedo arrojar a los hombres de mi presencia, pero una gran parte de ellos seguirá viviendo, invisible, en mi soledad.
Si tengo criados, debo soportarles y obedecerles; si tengo amigos, tolerarles y servirles, y los dineros quieren ser guardados, cultivados, protegidos, defendidos. Potencia equivale a esclavitud. Nada, en realidad, me pertenece. Las pocas alegrías que disfruto las debo a la inspiración y al trabajo de hombres que ya no existen o que nunca he visto. Conozco lo que he recibido, pero ignoro quién me lo ha dado.
He conseguido reunir algunos miles de millones. No lo habría podido hacer si millones de hombres no hubiesen trabajado conmigo, si millones de hombres no hubiesen tenido necesidad de lo que les podía vender, si millones de hombres no hubiesen inventado las fórmulas, las máquinas, las reglas sobre las cuales se funda la vida económica de la Tierra. Abandonado a mí mismo, habría sido un salvaje, un comedor de raíces y de perros muertos.
¿Dónd está, pues, el núcleo profundo y autónomo en el que ningún otro participa, que no ha sido generado por ningún otro y que pueda llamar verdaderamente mío? ¿Seré, en realidad, un coágulo de deudas, la esclava molécula de un cuerpo gigantesco? ¿Y la única cosa que creemos verdaderamente nuestra -el Yo- es, tal vez, como todo lo demás, un simple reflejo, una alucinación del orgullo?

6/09/2007

Asesinato fingido

archivado bajo la categoría Historias breves - Héctor Torres @ 12:35 am

Un autor injustamente olvidado. Uno de los libros más extravagantes que he leído. Está en una edición que incluye dos títulos en uno (Gog y El libro negro). Luego de atacar implacablemente a la religión católica, y de blandir su furioso ateísmo, escribe La historia de Cristo, un emotivo y muy bien escrito alegato en favor de las doctrinas de Jesús. En adelante, escribiría hasta su muerte libros defendiendo la religión católica. O sea, úno de esos curiosos casos de conversión. De furiosa conversión.
Es Giovanni Papini (1881-1956) y el texto pertenece a su libro Gog, originalmente publicado en 1931. De cuando odiaba al mundo.

New Parthenon, 23 junio
El instinto del homicidio ha sido en mí muy fuerte desde la primera adolescencia. La idea de reducir al mutismo eterno ciertas voces que me molestaban, de ocultar bajo un metro de tierra una cara que no podía sufrir, me ha tentado siempre. Pero veía que en la civilización occidental el asesinato era mal visto y, además, ocupación de la hez del pueblo. Apenas comencé a leer libros de historia, mis héroes fueron Tamerlán con sus pirámides de cráneos, Herodes con sus matanzas en masa, Calígula con sus fiestas diarias de ejecuciones.
Hoy no hay más que la guerra. Pero en la guerra el homicidio es anónimo, y raras veces se ven los efectos de la propia obra. Además no se puede escoger, y donde falta la elección falta la satisfacción. ¿Se tomaría una esposa sacada a la suerte? No he podido ir a la guerra y he resistido siempre a las tentaciones. Ahora he hecho fabricar fantoches de piel pintada, vestidos como hombres reales. Son copias perfectas de mis enemigos, de la gente que me es odiosa. En el interior contienen, en los centros vitales, saquitos llenos de un líquido rojo.
De cuando en cuando, si se me ocurre, los hago colocar de pie entre los árboles de mi parque. Y mientras me paseo, apenas veo aparecer uno, disparo, le tumbo y una falsa sangre sale de la herida.
Es una distracción, y tal vez una expansión saludable. Pero no es lo mismo: falta el grito, falta mi estremecimiento, el sentido de lo irreparable, de la autenticidad… No, no es la misma cosa…

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