Editar en bytes supone la misma riesgosa aventura de editar
Antes del año 1995, un cercano ayer en los robustos anales de las comunicaciones, el término Revista literaria digital constituía un exotismo prácticamente reservado al ámbito de la literatura de ciencia-ficción. Esta acotación, en apariencia baladí, tiene una relevancia capital a la hora de entender el desarrollo que ha adquirido, en poco más de una década, el uso de Internet como herramienta de difusión literaria.
No considero necesario recorrer caminos ya eficazmente recorridos por Jorge Gómez durante su exposición, con el fin de sintetizar la evolución histórica de las revistas digitales de literatura. Más aún cuando Letralia ha sido lo que se conoce como un testigo de excepción en el devenir de la edición literaria digital en Venezuela. Letralia, forzosamente y a todos los efectos, entra en ese respetable rango de las que ya estaban cuando las demás fueron llegando, expresión estrictamente gráfica y estrictamente cierta. Es por eso que prefiero orientar estas palabras a compartir algunos apuntes sobre nuestra experiencia en esa aventura, que es a su vez una modesta revancha poética: la de utilizar esa compleja infraestructura tecnológica —hecha para fines más serios y rentables— para celebrar el espíritu creador del hombre, ese que siempre busca las maneras de manifestarse, y el que siempre buscará prevalecer aún en los períodos más alienados de su Historia.
A diferencia de lo que se pudiese concluir en una primera mirada sobre el asunto, las grandes empresas suelen ser más bien conservadoras en el terreno de las innovaciones. El nivel de crecimiento alcanzado, la magnitud de lo que está en juego en cada decisión, las dificultades naturales de adaptar su estructura a las novedades, las obliga a tomarse los cambios con cautela, y a sopesar cuidadosamente cada posible camino a explorar.
Esta podría ser una razón que explicaría el frío recibimiento que tuvieron, en el mundo editorial, los primeros intentos por aprovechar las bondades de las redes digitales para difundir contenidos relacionados con literatura.
Y, efectivamente, estos primeros intentos de llevar a cabo proyectos de esa naturaleza se hicieron de manera experimental, con pocos recursos y ningún atisbo de ganancia en el lejano horizonte. Era un asunto de aventureros. Esos, que en otras épocas y en otros contextos, cazaban ballenas, buscaban paraísos perdidos, o urdían utopías.
De hecho, lo poco emparentado que lucía el tema de las innovaciones tecnológicas con la creación literaria, alimentaba un comprensible prejuicio que infería que eso de usar los nuevos soportes para difundir la creación literaria, era un asunto más para los entusiastas de la tecnología que para los espíritus de sensibles y sabios editores literarios.
A eso habría que agregar que los pioneros de fomentar estos contenidos digitales se podían dar el lujo de asumir actividades que en ningún momento prometían ser rentables, por lo que dichos contenidos tardaron en adquirir credibilidad. Era una actividad que en otros ámbitos se podía catalogar de amateur. Oh, mundo miserable el que nos tocó vivir, que anida sospechas hacia toda actividad que no produce una rentabilidad económica proporcional al tiempo y al esfuerzo invertido.
Llegados a este punto es viable insertar una acotación pertinente: la contracultura, lo underground, las fuerzas subterráneas, no son otra cosa que el anticipo de lo que se establecerá en el mediano plazo. Y es por esto que ahora vemos con naturalidad que las más prestigiosas revistas literarias y los grandes grupos editoriales del momento tienen una importantísima presencia en la red. Como sucedió con el pequeño boom actual de la literatura local, y como sucede con todo en general. Dejaron que los pequeños experimentaran el asunto y, cuando constataron que el terreno era firme, seguro, se fueron tras sus pasos.
Aquí es donde entran en juego las bondades de la tecnología y de la iniciativa privada. Hace apenas veinte años era inviable producir una revista digital que llegara a todos los rincones del mundo con tan sólo una computadora, un acceso confiable a Internet, aptitudes para ello, conocimiento del asunto y mucho, pero mucho tesón. Mucho menos que esa revista llegase a tener casi el prestigio de sus pares de papel más famosas, o que se convirtiese en fuente de información de esos pesados artefactos con muchos empleados, mucha maquinaria y de inversión millonaria que son los diarios impresos.
Pero llegar a este punto supuso un interesante cambio de paradigmas en la evolución de la cultura de las comunicaciones. Supuso que aquellos primeros editores de Internet comenzaran a ganarse el respeto de los lectores. Un respeto ganado en base a la seriedad y la mística con la que ejercieron su oficio. De hecho, esos pioneros que comenzaron a producir contenidos para la red fueron responsables de crear un nuevo tipo de lector. Un lector que aprendió a digerir nuevos códigos y nuevas formas (más complejas) de recibir la información que, durante muchísimo tiempo, conservó un mismo formato y una misma y única forma de leer. En adelante, leer supuso adentrarse en abstracciones como el hipervínculo. Supuso arborizarse en la medida en que se leía. Cada palabra podía sugerir nuevas acepciones, nuevos temas. No lo sabíamos, no habíamos llegado a la tecnología adecuada, pero nos acercábamos a algo más natural, más parecido a nuestra evolución, más parecido a nuestras conversaciones cotidianas: cada palabra usada iba adquiriendo nuevos matices, nuevos significados. Cada nuevo dato aportado sugería nuevos caminos. En adelante, sería el lector el que decidiría cuánto significado le agrega a cada lectura, qué tanta carga tendría cada palabra. Y la lectura dejaría de ser lineal, para ser un espacio tridimensional.
Es así como llegamos a los tiempos hiper comunicados y post-monopólicos de hoy, esos en que los ciudadanos han prescindido de los grandes intermediarios para producir (y recibir) información, comunicarse entre sí y desarrollarse en comunidades arborizadas y ubicuas (como aquella famosa esfera cuyo centro estaba en todas partes y cuya circunferencia en ninguna), en esas anheladas comunidades acercadas por sus intereses comunes, en vez de estar aisladas por sus fronteras geográficas.
Es en este contexto, cuya revolución en la presentación y en el alcance se ha alcanzado en —como dije al principio— menos de una década, que iniciamos, hace ya casi ocho años, un espacio para la difusión digital del cuento en Venezuela, al cual le pusimos el pomposo nombre de Ficción Breve Venezolana, y del que no sabíamos qué tanto podríamos sostener, sin mayores recursos ni experiencia, hasta dónde podría crecer, ni a dónde nos iba a conducir. Simplemente nos embarcamos en una aventura que sólo deparaba incertidumbres, como toda buena aventura.
Su primer número copiaba el formato de sus pares en papel, así como los diseñadores de los primeros coches Ford no se atrevieron a romper abruptamente con el diseño de sus predecesores: los coches tirados por caballos. En ese primer número, lanzado al aire (un aire poblado de códigos y carente de oxígeno) en octubre de 1999, colocamos unos pocos cuentos en los que mezclamos autores reconocidos con autores totalmente desconocidos, acompañados de una entrevista que habíamos realizado al reconocido novelista venezolano Eduardo Liendo. Ese primer, intuitivo, cauteloso, tímido número, comenzó a construir, sin quererlo, las bases intuitivas de la línea editorial que regiría la naciente publicación.
Una de esas bases nos aseguraba que debíamos crear un espacio con un nicho definido. Ese universo sin fronteras en que se convertía Internet, tarde o temprano iba a requerir en algún momento alguna forma de categorización, de segmentación. Su misma amplitud se convertiría en un problema si no se atendía a un encuadre. Por tal motivo decidimos hacer un espacio dedicado no a la literatura venezolana, sino a algo más segmentado aún: la narrativa venezolana (inicialmente al cuento, de allí el nombre). El tiempo, y el espacio conquistado, nos obligarían a redefinir el formato, a adecuarlo permanentemente, ampliándolo a la narrativa en general primero, y luego a abarcar las noticias del mundo editorial y literario venezolano: una tribuna en la que se encontrara toda la cadena relacionada con el asunto: autores, editores, libreros y lectores.
Otra de esas bases nos iría indicando que para que el espacio adquiriese credibilidad, debíamos alejarnos de algunas experiencias que habíamos observado: no podía ser un espacio para un grupo de amigos. Por tanto, nos pareció fundamental atender a una labor que lucía secundaria, pero que sería el meollo del asunto: el lector común sólo leería un cuento de un autor desconocido si éste compartía espacio con el de un autor reconocido, por una parte. Y que la muestra diera idea del contenido, por la otra. Eso trajo como consecuencia otro elemento que no habíamos previsto: resultaba de importancia capital digitalizar los textos de autores reconocidos, de autores clásicos venezolanos.
Considero importante acotar aquí que en el mundo analógico en el que nos movimos durante mucho tiempo, cada copia era una réplica física del objeto original; en cambio, en el mundo digital cada vez que se copia un archivo se está creando otro original. Tomar, entonces, textos de Massiani, de Gallegos, Julio Garmendia, de Otero Silva, de Teresa de la Parra, y hacer posible la existencia de millones de originales capaces de reproducirse infinitamente a partir de un original, se convirtió, entonces, en una labor de primer orden. La prioridad se volvió dejar plasmados, para la reproducción infinita, la obra de tantos autores venezolanos como se pudiese recopilar.
El tiempo, los lectores, las circunstancias, nos obligaron a seguir evolucionando. El espacio digital posee la virtud de la elasticidad. Los centímetros por columna, los caracteres, el espacio físico, dejaron de ser limitantes para el desarrollo del sitio. Llegaron nuevas necesidades, nuevas ideas. La copia del antecedente en papel se fue rompiendo. Las ventajas, fueron saltando a la vista. La ubicuidad comenzó a ganar espacio, a generar su propio código y su propia dinámica. Fortalecer esa base de datos de autores fue la siguiente consigna. Las ventajas para hacer una antología, un diccionario de literatura venezolana, eran más que evidentes: a diferencia del papel, las antologías digitales se actualizan permanentemente, jamás pierden vigencia. Bajo esa premisa en Ficción Breve Venezolana se encuentran fichas de más de cuatrocientos autores venezolanos de todos los tiempos, junto a casi trescientos cuentos y fragmentos de novelas digitalizados, lo que la constituye en la antología más grande recopilada sobre la narrativa venezolana.
Hoy por hoy, cuando nos preparamos para dar otro salto importante como lo es la creación de contenido noticioso sobre la literatura venezolana, cuando constatamos que aquel experimento realmente llenó un vacío existente y ha contribuido a la difusión de la literatura venezolana de forma palpable, estamos convencidos de que la creación de contenido cultural venezolano para esa realidad que es la globalización de la información a través de la red de redes, es una meta fundamental. El mundo evoluciona hacia nuevas formas de la realidad. O, al menos, hacia nuevas formas de expresarla. Ninguna política cultural podría estar completa si no se centra en la prioritaria tarea de configurar el mapa cultural venezolano en la red. De existir para nuevos lectores, para nuevos mercados. Esa es una tarea que está siendo inexplicablemente postergada por muchos países de la región. Ojalá nosotros nos la tomemos en serio y no desaprovechemos esa oportunidad de reproducirnos para los lectores del mundo entero, para los lectores de las épocas venideras.
Maracay, 5 de octubre de 2007












