El amor en tres platos
-cuentos-
Editorial Equinoccio
Colección Papiros
Año: 2007
ISBN 978-980-237-264-5
De la nueva generación de narradores venezolanos, Héctor Torres sobresale con un acercamiento muy pertinaz a temas recurrentes del acontecer urbano, recreados en este conjunto de catorce relatos sumergidos en el espíritu del fin del milenio: el continuo intercambio de pareceres entre autor y personaje (llegando al paroxismo del "personaje perfecto"), ajustes de cuentas con el pasado, tragedias vestidas de gala en situaciones disparatadas, giros inesperados en las relaciones de pareja, el contrapunteo entre los héroes de la salsa y el amor en el barrio, un perro y un "gusano" que no temen ser interpretados y el eterno pugilato entre la vigilia y la realidad.
Cabos que Torres une con acierto mientras rinde tributo a Jorge Luis Borges, Felisberto Hernández, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar, así como también a Giovanni Papini, Gilbert Chesterton y Robert Louis Stevenson -entre otras influencias-, quienes se asoman, "aclimatados", como afirma el propio autor, en un libro que ratifica el excepcional momento que vive nuestra escritura de ficción.
Información de Contratapa
Héctor Torres y el amor en tres platos
La reciente publicación del volumen de relatos EL AMOR EN TRES PLATOS de Héctor Torres (Equinoccio 2007) –escritor que, con pasos seguros, se ha venido haciendo un espacio importante en la narrativa venezolana– no sólo consolida la trayectoria del autor sino que nos ofrece una aguda muestra de los infinitos ejercicios de la imaginación. El lector se encontrará con catorce relatos, de variada textura pero con la distinguible constante de hurgar en los intersticios de la realidad buscando ese reverso que puede revelarla en sus capas más profundas: el sueño, la pesadilla, el vínculo entre lo soñado y lo vivido –“ilustrado” en el lúdico engranaje de “Las leyes del sueño”–, entre lo que se desea y lo que se teme (la patética figura que nos mantiene en vilo a lo largo de “Dos hermosas y relucientes navajas”), entre la conciencia y la inconciencia, entre lo real y lo ilusorio, entre la ficción y lo que se supone que no lo es. Hay animales que toman vida para acercarnos a sentimientos y conflictos como el perro que narra “Las tardes de los sábados” o el bicho de “Sonata en La menor”, espejo de las carencias y anhelos de un pianista que nunca ha encontrado su espacio en el mundo; surgen voces que son más auténticas mientras duermen que cuando despiertan, ilusiones y esfuerzos que se diluyen en quimeras, fantasmagorías que persiguen en plena vigilia; personajes deliciosos que se enfrentan a sus autores (“El personaje perfecto”) entretejiendo –explícita o implícitamente– una autorreferencialidad que juega con la misma materia de la escritura como es el caso de “Yo tampoco escogería mayo para comenzar”, donde se establece un chispeante contrapunto entre un narrador omnisciente y un narrador en primera que se pelean por contar el cuento de un robo/asesinato.
Todo ello enmarcado en secuencias tan ingeniosas que el lector no puede menos que compartir el humor –negro con frecuencia– que va resolviendo trances y situaciones empeñados en arañar en pulsiones básicas de lo humano: la traición y la venganza –meollo de “El día esperado”–, la lucha entre lo creado y su creador, la intriga de lo desconocido jugando con los hilos de una relación de pareja (“Deudores morosos C.A.”), el afán de supervivencia maniobrando el universo del relato que da nombre al volumen, los miedos elementales (“La herida”, “Su única oportunidad”) o aquello que se cree amor.
Los recursos van acoplándose a cada historia en un lenguaje transparente que sumerge al lector dentro de una trama u otra, arrastrándolo hacia desenlaces inesperados que lo harán volver sobre lo ya leído para calibrar las redes de un suspenso –muy bien manejado– que reitera sus temas para darles vuelta al derecho y al revés sin soltar su presa, es decir, sin dejar ni por un momento de cuestionar lo mismo que se está contando. Como dice el personaje del cuento “Servicio suspendido” …sé que la realidad es una invención que enmascara verdades más intrincadas…: pulsión autorreflexiva que se erige como vía de cuestionamiento de las fronteras entre la ficción y la realidad, aquellas tan profundamente inherentes al quehacer estético y que le dan a esta obra una muy sugerente dimensión.
Carmen Vincenti (Presentación del libro, en Ciudad Banesco, Caracas / miércoles 14 de noviembre de 2007)
Primer plato, segundo plato y postre
“Y en su corazón, la depresión, la sensación de vacío, el sentimiento de soledad, el miedo a la noche y al rugido del agua, todo eso, había sido aniquilado por ese nuevo deslave que venía del futuro, que la arrastraba con blandura y con su complicidad” (110)
Opulento uso del lenguaje y metalenguaje, diversidad de temas cotidianos, humorismo y enca nto son a lg unos de los adjetivos que surgen a partir de las lecturas realizadas a cada una de las narraciones que conforman El amor en tres platos de Héctor Torres. Un libro rico en situaciones cotidianas, impregnado por lo urbano en el que Torres presenta temas recurrentes de la jornada diaria.
Cada relato pareciera una proyección de lo absurdo, de esos acontecimientos que a veces titubeamos en considera r como rea les, propios de lo extravagante y disparatado, pero que, sin duda, suceden a diario y forman parte del asombro. Asombro que circunda la vida de Héctor Torres quien a lega que: “En la actualidad, mis asombros lo producen los aspectos más inv isibles de la v ida cotidiana, buscar una mirada todo lo novedosa que se pueda sobre las cosas que están allí y que a veces ig nora mos, como el deseo, el paso de tiempo, la locura de un ser querido y las angustias que agotan y enajenan al común de las personas, en su día a día”.
Esta declaración, que surge a partir de una entrevista realizada para el diario El Mundo, contribuye a entender el entra mado del libro, la forma en la que Torres concibió y elaboró sus narraciones, sobre todo la manera en qué los 14 cuentos se combinan en perfecta coherencia para reunirse en El amor en tres platos.
Uno de los elementos más agradables de la lectura de este libro es que induce a ese “sorprenderse” no sólo tras el desenlace de las h istor ia s, si no ta mbién durante el inicio y a lo largo del trayecto. Te niega la oportunidad de predecir el final y te aviva la mezcla entre admiración y asombro de poder extrañarte con cada una de las cosas que va narrando. Te deja, incluso, esa mueca en el rostro cuando algo verdaderamente te impresiona, algo que no esperas, algo que no adivinaste.
El libro plantea una relación muy cerca na con el lector porque, en varias historias, son reiterativas las apelaciones a él, “Yo ta mpoco escoger ía mayo para comenzar”, es un buen ejemplo. Se construye una triple relación autor-personaje-lector que a veces pareciera consciente; diríamos que se plantea un juego entre narrador omnisciente, testimonial y protagonista. Se hace explícita la obsesión entre autor y personaje, diálogos, búsquedas, introspecciones hasta dar con el personaje ideal. El sueño es también una de las recurrencias del autor, despertar de un sueño, soñar, el ejercicio del sueño y la vida a través de un inalterable ejercicio de dormir.
Este elemento es persistente y repetido a lo largo de las narraciones.
El título que da nombre al libro se usa en la última historia que es una alegoría al amor en las tres etapas de la vida: juventud, adultez y vejez, quizás la última no esté tan explícita, pero sí enunciada. El amor en tres platos es, entonces, lo mismo que decir juventud, adultez y vejez, es la semblanza del primer plato, segundo plato y el postre. Es la historia de la herida que no pudo curarse, el desvelo de la señora Bastidas, los desencuentros de un perro, de como el señor Garminoff llegó a convertirse en el personaje de su propio guión, la confusión de Sinclair en la estación de tren, la historia del pájaro de pico largo y de La Negra, parte de los personajes que cobran vida en este texto.
La salsa, el barrio, la calle, la estación de tren, la casa de la señora Bastidas y de Ubiedo son algunos de los escenarios. Así se despliega este texto –que pertenece al sello editorial Equinoccio, a su Colección Papiros, serie narrativa– como una edición simpática y cuidada que recoge el tono de esta voz, la de Héctor Torres, que se asume optimista frente a la literatura venezolana y perseverante ante la espera del futuro de nuestras letras.
Luisa Pescoso P. (Papel Literario de El Nacional / sábado 26 de enero de 2008)
Traducción al inglés en el blog Venepoetics, de Guillermo Parra.
El amor en tres platos
El ensayista y promotor del visitado website Ficción Breve Venezolana comparece con catorce relatos de ambiente urbano, salpicado de tributos a sus maestros de la gran narrativa universal. Torres es una de las voces a escuchar en el resurgido manantial de la narrativa venezolana.
(El Librero, febrero de 2008 / 8)
"Vivimos una guerra que se libra dentro de nosotros"

En el libro El amor en tres platos, Héctor Torres reúne sus experimentos ficcionales de la gran ciudad.
Un total de 14 narraciones se debaten entre lo real y lo onírico .
La ciudad emerge desdibujada y polifónica en cada pieza.
El delicado caos que prefigura cada narración de Héctor Torres no es más que el calco cuidado de un oído privilegiado que escucha a la calle. Como suelen hacerlo los grandes narradores orales, la magia del libro El amor en tres platos radica en el carácter ameno y la limpieza estilística que se desprende en cada línea.
A lo largo de las 14 ficciones breves reunidas en esta entrega del sello Equinoccio, los lectores asisten a la revelación de un narrador cuidadoso y metódico, en la que cada argumento encaja con finura en un fresco literario de Caracas. Con un par de libros a cuestas, editados en Aragua y Tenerife respectivamente, el autor considera este trabajo como un punto definitorio en su apuesta por el terreno de la ficción: "Los textos son como una masa con la que vas practicando los conocimientos adquiridos. Una vez que los publicas, estableces una referencia para parar y empiezas a distanciarte. Ahí es donde te das cuenta que creces".
De rostro curtido y grandes ojos oscuros, el talante de Torres recuerda a un enjuto guerrero, a un pionero testarudo y soñador, que no tuvo reparos para embarcarse en aventuras como el uso de Internet para promocionar la literatura venezolana.
Fruto de ese esfuerzo es el portal www.ficcionbreve.org que, junto con iniciativas como Letralia, difunde desde hace ocho años el trabajo de los autores nacionales. Son las acciones, esos vértices que definen el carácter humano, un rasgo manifiesto en este joven escritor.
Ese fuego por las convicciones propias fue el que alimentó su pluma para escribirle al gran Mario Benedetti, luego de que éste suscribió un documento en respaldo al Gobierno.
Difundida ampliamente en los foros literarios de Internet, en su misiva Torres le planteaba al poeta sureño preguntas incómodas como: "¿Sostendrías el carácter democrático de un mandatario que sólo tiene descalificaciones para los que disienten de sus políticas, o ejercen su derecho a la crítica?".
De su prosa y sus ideas se destila la misma honestidad intelectual, como cuando apela a las experiencias propias para construir tramas: "Creo que hay una parte de nosotros más lúcida, más serena, que intenta comunicarse permanentemente con nosotros y lo hace a través de nuestras premoniciones, nuestros miedos, traumas y sueños".
El delicado tránsito entre lo onírico y la vigilia real es otro de los motivos temáticos preferidos por este autor, quien afirma: "Hay un permanente diálogo con nosotros mismos: del que duerme con el que está despierto".
De la guerra silenciosa. Una reflexión dilatada y variopinta sobre la cotidianidad se lee en cada una de las piezas de El amor en tres platos: "Estamos llenos de pequeñas tragedias diarias. Mucha gente, simplemente con entrar todos los días al Metro a darse empujones, fracasa, se derrota. Vivimos una guerra que se libra dentro de nosotros, por eso es que adaptarse, seguir de pie, es la diferencia entre morir o no", señala con seriedad.
El carácter reiterativo e inexorable de ese enfrentamiento vital es la gran premisa manejada por Torres. Partiendo de ella reflexiona en sus ficciones sobre tópicos recurrentes en los estudios sociológicos contemporáneos, como las relaciones de poder que se esconden tras el amor y el sexo: "La vida puede verse como una única guerra gigante y larga, pero que no es necesariamente estruendosa o cruenta. Más bien, se trata de una guerra de baja intensidad que hay que jugarla como un ajedrez.
Todos los seres humanos somos pequeños estadistas en nuestras relaciones con el mundo".
De El Amor en tres platos: "Y la vida de ellos, dentro de eso que llaman cotidianidad, fue pasando cada vez con más lentitud, perdiendo el ritmo como un radio al que se le acaban las pilas. Tanto, que con el tiempo fue pesando. Y después pisando. Y duro. Y ya no había música para bailarla". "Y eso que había prometido ser una fiesta de vida comenzó a dar golpe tras golpe, a uno y otro costado, de esos certeros, de los que casi no se sienten, de los que no aporrean de inmediato aunque van desmoralizando las entrañas, de los que ponen las piernas a temblar, de los que la gente no sabe cómo fue lanzada al piso, ya sin ánimos de levantarse, mientras escucha, allá a lo lejos, al réferi yendo como por quince".
Albinson Linares (El Nacional, jueves 14 de febrero de 2008 / Escenas, 4)
Este mes en el tráfico: El amor en tres platos
[...] Un misterioso acontecimiento en la plaza de un pueblo, el hombre que decide entregarle su vida a un narrador, un renuente acto de venganza, una vívida y hermosa lectura de un accidente de tránsito (un bono que alargó nuestro camino), la singular pasión de un pianista amateur, las múltiples consecuencias fatales de quienes intentan doblegar las leyes oníricas y un recuento post-traumático de una familia de Vargas en la historia que le da título al libro, que vale decir, es un kilo de cuento.
Héctor es un tipo brillante que sabe echar un cuento. En una nación de dicharacheros eso no es loable. Mientras leía, no dejaba de pensar en lo importante que es la claridad que nunca tendré, la limpieza del texto, las múltiples intersecciones que Héctor tuvo que pasar de largo para que lo entiendan en todas partes. Lo difícil es escribir bien, universalmente bien, desechar los giros, obligarlos a leer la contraportada para descubrir tu nacionalidad.
Daniel Pratt (Afinidades electivas, jueves 13 de marzo de 2008)












