La huella del bisonte
-novela-
Grupo Editorial Norma
Colección La otra orilla
Finalista de la Bienal de Novela Adriano González León 2006
Año: 2008
ISBN 978-980-6779-29-7
Basta leer la primera página de esta novela para percatarse de que se trata de una obra poco usual, cuyo atrevimiento reclama una lectura que no se detendrá hasta la última línea. Estamos frente a un texto de elegante erotismo, hecho parte integral de la obra y no mero recurso al cual apelar en momentos cuando la trama no da más o el autor no sabe cómo resolverla.
En La huella del bisonte, un erotismo refinado traspasa toda la obra. Su escritura revela una muy fina sensibilidad –casi femenina— en el tratamiento de ciertos temas y fantasías. El punto de vista del narrador refleja esa misma sensibilidad, por ello debemos reconocer a Héctor Torres su preocupación por la psique femenina, incluso su apropiación de cierto modo de ver, pero también el conocimiento que su atento estudio y análisis le han proporcionado. Podemos imaginarlo ante ese misterio tan abismado como su protagonista adulto frente a la psique de las jóvenes con quienes trata. Unas adolescentes en proceso de descubrir el mundo, las relaciones, la sexualidad y la personalidad masculina, diseñadas como individualidades que resultan absolutamente próximas, posibles.
Cierto realismo impide idealizaciones ingenuas. El autor no se deja llevar por estereotipos fáciles con relación a las “niñas” en trance de mujer. La perversidad, la envidia y los celos, los conflictos madre-hija = mujer-mujer, tan llenos de complejidades; el uso de la sexualidad para vencer al otro, por capricho o para probarse o por ansias de poder, son asuntos subyacentes del tema y la trama.
El personaje masculino adulto refuerza el juicio de todos acerca de cuán poco y mal nos conocemos interiormente. La experiencia de nada sirve. Mucho menos el cinismo, y la ironía no hace sino revelar nuestra vulnerabilidad."
María Pilar Puig Mares
Información de Contratapa
La huella del bisonte
El tema de Lolita no es nuevo para Héctor Torres. Hace unos años, atareado ya en las primeras versiones del libro que hoy presentamos y afanado por la pasión que lo movía al avanzar en el texto, incurrió en la ingenuidad de formular una invitación a un grupo de amigos escritores a fin de acometer un relato sobre el tema. La respuesta, como es de esperar, no llegó a buen término. Todos hicieron como hice yo: agradecer e ignorar la convocatoria. Héctor era muy joven y mucho más entusiasta que ahora y aún no había calibrado lo temerario que resulta el compartir obsesiones.
Sin embargo debo confesar que me lo pensé. Y algún otro también debe habérselo pensado. Porque el argumento de Lolita es un tema clásico, hondo, que viene de los tuétanos del portento humano y en él se resumen tres nudos singulares.
Uno sagrado, misterioso y bello, como lo es la floración de la niña. Su transición a mujer. Otro, reprobado de un tiempo a esta parte, y es el que constituye la paidofilia o pedofilia (del griego páis-paidós, «muchacho» o «niño», y filia, «amistad») que se refiere a la inclinación por parte de adultos a sentir atracción sexual hacia niños o adolescentes. Y digo de un tiempo a esta parte, porque un sinfín de heroínas, beldades y otras figuras y protagonistas de grandes obras literarias han sido adolescentes entregadas al amor. Juzguémoslo sólo por Julieta, la amante del gran Romeo, una prepubescente de apenas trece años. En un tiempo en el que el promedio de vida con dificultad alcanzaba la treintena, Julieta y toda chica de su edad era considerada perfectamente válida y dotada para la vida sexual activa.
Estrictamente hablando, la pedofilia no se refiere al abuso sexual, sino a la mera tendencia o atracción que siente un adulto hacia un menor y es a menudo confundida con la pederastia, que es ya el acto de abusar sexualmente del menor.
El tercero de los nudos, presente en el esquema de la Lolita, es de corte netamente obsceno, y está representado en la sumisión, la caída y el paulatino deterioro moral del amante masculino que sucumbe, al grado de humillación, ante el objeto del deseo.
Es la oblación propiamente dicha.
El tema tiene antecedentes. El más palmario es Lolita, la novela de Nabokov, escrita en 1955, que debe su furor al film de Stanley Kubrick, realizado en 1962. A partir de éste Lolita se ha convertido en el término usado para referirse a las chicas adolescentes consideradas muy seductoras, especialmente si son menores de edad.
Hay otros ejemplos significativos: está la Mildred, la vulgar Mildred amante de Philip Carey en La servidumbre humana, de 1915, escrita por William Somerset Maugham. Una de las novelas más importantes de la primera parte del siglo XX, donde se explota no la pedofilia porque Mildred no es tan joven, sino el rápido proceso de decadencia y sometimiento del amante masculino, en este caso un joven estudiante con un defecto en un pie, eternizado también por Leslie Howard subyugado por la inefable Bette Davis en el film homónimo de 1934.
Se cuenta también El profesor Unrat, novela de 1905, del autor alemán Heinrich Mann (hermano de Thomas Mann), mundialmente conocida por haber sido llevada al cine en la cinta El ángel azul (1930) del legendario Josef von Sternberg, donde un viejo prudente y autoritario, representante de la pequeña burguesía alemana se deshilacha y torna sumiso hasta la humillación, por el encanto que sobre él ejerce Lola Lola, una cabaretera de formas perfectas y mirada de miel, interpretada por Marlene Dietrich, y que representa ya el salto de la Lolita a la femme fatal. Muchos se preguntan si no fue de ahí de donde extrajo Nabokov el nombre para su enfant terrible.
La huella del bisonte
La huella del bisonte trata el tema pero desde la perspectiva y la mesura de la contemporaneidad. Sin extremos ni aspavientos. Con pragmatismo y verosimilitud, que son ingredientes esenciales de la obra de nuestro tiempo.
En el trabajo de Torres no se desencadena el lado perverso. Sin embargo, no deja de advertirse su posibilidad. La nínfula no somete paulatinamente al varón como nos han acostumbrado sus antecesores, ni lo muele hasta convertirlo en piltrafa.
El proceso es más maduro y decantado. Más realista, en un mundo donde nadie muere por nadie. Héctor evade inteligentemente la ruta trágica que hubiera convertido la trama en parodia. Mario, el protagonista de la novela, muerde la fruta, la saborea y, aunque degusta y se detiene bajo los dinteles de su vicio, no resbala al abismo. Tampoco Karla. La joven ni padece ni se somete a un rigor particular. Con cognición y naturalidad entiende a Mario como un accidente en una vida en la que tendrá que encarar muchas y mejores contingencias.
En las obras que le precedieron, el lado perverso, moralmente condenable del hombre maduro que sucumbe ante la niña, termina disolviéndose en su propio castigo. Es decir, la pedofilia se paga con el drama de la adicción. En La huella del bisonte no hay castigo porque no llega a haber servidumbre. A la Lolita no le interesa en el fondo hacer añicos nada. Por el contrario, a ratos muestra los indiscutibles rasgos de una juventud actual, claramente desideologizada, libre de prejuicios, indiferente a los viejos dogmas y muy madura a su manera.
Estamos en presencia de una novela curtida, trabajada. Y ello se evidencia en el tratamiento del lenguaje. Hay mucho de regusto, de cata, de administración de silencios. Hay imágenes elaboradas que hablan no de un escritor novel sino de un autor que degusta, saborea y ensaya con templanza.
Se constata, por otra parte, el aposento de un tempo. De todos los jóvenes cuya obra me ha tocado conocer de cerca y en cierta forma acompañar, ha sido Héctor el más reacio a aceptar el maridaje del lenguaje y la contemporaneidad. En un momento dado pensé que era incomprensión. Luego observé que era carácter. La apuesta personal al tejido en una suerte de comedimiento, de prudencia. Héctor prefiere el tai chi a las subidas escarpadas. Y es que nuestro autor es un observador profundo. Calmo y reservado. Es esa naturaleza la que le depara altos destinos en la prosa. Su carácter se siente más a gusto en las proporciones, en los equilibrios que en los filos de la realidad.
Es un corredor de fondo.
Una última observación en el paladeo de esta obra es la relativa a las feromonas.
Héctor Torres aborda la senda del erotismo. De todos, un riesgo mayor. Y lo encara con la delicadeza que comporta la expresión del resquicio femenino. Y no lo digo yo que soy un prosaico. Lo dicen las damas que se han aproximado a la obra y han quedado cautivadas con los detalles, con la munificencia y los aciertos. Los juegos de seducción, el roce y el goce, los placeres solitarios y los compartidos, encuentran en esa etapa de la floración e intimidad de la hembra, una catedral edificada con tino y belleza.
La huella del Bisonte reitera que está pasando algo en la nueva literatura venezolana. Que siguen surgiendo razones de peso para mantenernos auspiciosos, y que ya no es sólo cantidad el hecho verificable, sino que la calidad comienza a enseñorearse en nuestro patio.
Ojalá los amigos de la Editorial Norma no dejen morir este importante título en el interior de nuestras fronteras, y a diferencia de otros sellos, hagan una apuesta firme por la internacionalización de Héctor Torres que buenamente lo merece.
Oscar Marcano
Palabras de presentación de la novela, el 15 de mayo de 2008, en los Espacios Abiertos Econoinvest (Los Palos Grandes, Caracas)
La huella del bisonte, una ópera moderna
En la Caracas de finales de los 80, Mario Ramírez, cuarentón y guionista de telenovelas, se enamora de Karla, una adolescente que descubre tempranamente el dominio que es capaz de ejercer sobre los hombres, y que es a la sazón compañera de estudios de Gabriela, la hija a la que Mario se ha acercado tras varios años de ausencia inexplicable. Tal es, básicamente, el argumento de La huella del bisonte, la primera novela de Héctor Torres, que tras convertirse en finalista del Premio Adriano González León 2006 llega hasta nosotros de la mano del sello Norma.
Héctor Torres es un narrador consumado que no sólo había demostrado su buen hacer en el género en sus libros de cuentos —Trazos de asombro y olvido (1996), Episodios suprimidos del Manuscrito G (1998), Del espejo ciego (1999) y El amor en tres platos (2007)—, sino que además lo había convertido en tributo al dedicarse casi por entero, los últimos años, a construir Ficción Breve Venezolana (www.ficcionbreve.org), el santuario imprescindible de nuestra narrativa en Internet.
La huella del bisonte es una arriesgada incursión en el tema del sexo prohibido. Arriesgada, digo, ya no por las implicaciones morales, sino porque se trata de un tópico de la literatura universal —quizás porque es, asimismo, un tópico de la vida— en el que acechan las feroces mandíbulas de monstruos como Nabokov, Carroll y el dueto Kawabata/García Márquez. Torres bien ha podido dejarse devorar por una nimia enumeración de proezas sexuales entre Mario y Karla, escribir un final rocambolesco con suicidios y demás altisonancias o hacer una aburrida novela sobre la culpa.
Con mucho tino, en cambio, ha optado por escribir una historia humana que actualiza el tema sin juzgar a sus personajes, tres robustos pilares en los que descansa toda la novela: Karla, la niña/mujer convencida de que “los hombres son el poder” y se fragua, sin saberlo, el objetivo de dominarlos; Mario, el “sobreviviente del holocausto juvenil de su generación” que cruza “las puertas del cielo” sólo para encontrarse en ese infierno del despecho que se empeña en recordarnos que no estamos a salvo del dolor, y Gabriela, la hija recuperada que es, como Karla, una “mujer a medio terminar” y, por tanto, un tormento, aunque a Mario le cueste casi las doscientas páginas darse cuenta de ello.
Destacable es igualmente el coro de personajes secundarios que, al compás de una canción de Mecano, dan vida a esta ópera moderna: América, la rígida y formal madre de Gabriela que traslada su trabajo de docente al trato con su hija y con Mario; Raquel, la desordenada madre de Karla que entrará en conflicto con ésta cuando se dé cuenta de que hay una competencia declarada entre ambas; Miguel, el asturiano que regenta el bar del que Mario es asiduo, cuya experiencia es en sí misma una de las historias alternas más elocuentes en la novela; o incluso “la flaca ajada con vestido aguamarina corto y ceñido”, la puta que contará sus miserias a Mario hacia el final de la novela sólo para que él descubra que tienen en común más de lo que ella cree.
Y, de fondo, el gran personaje: Caracas, nuestra cosmópolis aventurera y agria que ya no resiste más himnos con techos rojos ni bucólicas miradas al Ávila, una ciudad hermosamente monstruosa en la que viven seres que “ven pasar la vida, entre el bullicio y la suciedad y la energía y la incompresible belleza que no se arredra ante el avasallante entorno”, un laberinto de caraqueñas diestras en esquivar obscenidades “sin perder la elegancia ni el paso”.
En suma, no es La huella del bisonte una novela sobre la Lolita, un émulo de Nabokov que terminaría siendo un despropósito vano y superfluo. Tampoco es una novela sobre el amor que intente responder esa, una de las Grandes Preguntas. Es, sí, una novela sobre la tabula rasa que nos impone esa locura que suele asaltarnos cuando, derribadas las formas, se abren mansamente las puertas del cielo y se nos permite acceder al objeto del deseo.
Jorge Gómez Jiménez
Palabras de presentación de la novela, el 24 de mayo de 2008, en la Biblioteca Pública Agustín Codazzi (Maracay, Edo. Aragua), publicado en Letralia, en la sección El regreso del caracol
El bisonte según Linsabel
Sentir los dedos de Mario, mirar la franela mojada, la cálida ropa interior de algodón. Pensar en el arrebato hormonal de Gabriela, en su trasgresión y en el resurgir de sus propias cenizas: la de la culpa, la del goce, la del abandono, la del engaño. Escuchar la voz de Miguel advirtiendo en su parábola lo intrincado del túnel por el que se adentraba Mario, desde que vio su propio reflejo repitiendo una historia a través del otro en las miradas que las cervezas y el vino liberaban entre su amigo y Karla, la amiga de su hija Gabriela, en una mesa de su bar. Todas estas sensaciones abordan al lector, que con la respiración entrecortada, desplaza manos y ojos hedonistamente sobre La huella del Bisonte, tragando grueso, secándose los labios; transitando del placer a la indignación, de la aceptación al escándalo. Del descubrimiento a la sorpresa. Y viceversa.
Héctor Torres toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor. Con plena conciencia de la llaga donde mete el dedo y manejando con maestría las manipulaciones que sus personajes femeninos ejercen entre ellas y en los indefensos caballeros que las viven en La huella del bisonte; porque ciertamente –lo retrata muy bien la novela- ellos están a merced del arsenal de la sensual ‘seducción femenina bien administrada tras una cara de yo no fui’ que, apelando a los instintos primitivos de los cazadores que habitaron las cuevas de Altamira, ejercen las mujeres desde su tierna infancia, tomando plena conciencia del poder sexual que esto les otorga en los albores de la adolescencia. Sobre todo cuando se es una muchacha sin arraigo, en la búsqueda de una figura masculina que la proteja, que le ofrezca un refugio ante la vida, un punto de referencia frente a una madre inestable y que termina compitiendo con ella.
La pasión, condimento propicio para los más irracionales comportamientos, hace de las suyas nuevamente. El aire está lleno de feromonas, de cuerpos en floración que se encuentran con otros más cercanos al ocaso. Todos tienen su historia, comparten la experiencia casi pederasta del encuentro turgente de la adolescencia con la madurez. El narrador todo lo ha mirado, sin escandalizar, muestra qué ocurre ante la vista de todos. Recrea con sutil delicadeza en el detalle la auto seducción de la adolescente, el descubrimiento de su cuerpo, de sus reacciones, del gozo que se experimenta ante esos primeros placeres solitarios. Luego enfila sus palabras, agudas, al detalle de la seducción del otro, del adulto que representa el poder, el que dice sí ante un solo requiebro de unos labios sinuosos. Un poder que se ostenta en apariencia y que se pierde ante la primera negativa del objeto del deseo, provocando incluso arrebatos de violencia.
Los personajes están tan bien construidos que casi puede sentirse que habitan el apartamento de al lado, la historia contada con precisión convierte en un voyeur al lector, quien observa los acontecimientos sin poder evitar el placer que genera lo que ve, lo que lee. Así asiste al rito de iniciación, es testigo de la evolución de los personajes y se deja sorprender al descubrir las historias paralelas de padre e hija, saboreando luego la complicidad tácita, el entendimiento silencioso, entre ambos.
“…sintiendo aún su saliva en la mejilla, pensó de pronto que debía estar tan mojada como su mirada. (…) Subió su mano y llevó un dedo hasta tocar la pantaleta de algodón, que desprendía calor desde antes de tocarla, sintiendo el otro lado de la tela algo tibio, mullido y, en efecto, bastante mojado. (…) Era un juego y ella se veía deliciosa negando lo que ocurría”. Una lectura quizás ruda al inicio, pero al lector de La huella del bisonte le sucede lo mismo que a sus personajes: cuando ya el puente se ha cruzado, no hay camino de retorno.
Linsabel Noguera
“Ningún momento importante de nuestras vidas tiene una segunda oportunidad”
Editor de Ficción Breve Venezolana y autor de varios libros de cuentos, Héctor Torres (Caracas, 1968) acaba de entrar a la novelística por la puerta grande con La huella del bisonte, su primera novela, que el sello Norma presentará, en los Espacios Abiertos Econoinvest (Torre Mene Grande, Los Palos Grandes, Caracas), el próximo jueves 15 de mayo. En la Caracas de finales de los 80, Mario Ramírez, cuarentón y guionista de telenovelas, se enamora de Karla, una adolescente que descubre tempranamente el dominio que es capaz de ejercer sobre los hombres, y que es a la sazón compañera de estudios de Gabriela, la hija a la que Mario se ha acercado tras varios años de ausencia inexplicable. La novela transcurre en dos escenarios que se superponen: “la cueva”, el apartamento de soltero de Mario que sirve de refugio a Gabriela y a sus amigas —Karla entre ellas—, y la turbulenta Caracas, ciudad en la que cosmopolitismo y miseria se conjugan sin ambages y de la que Héctor, a través de su bitácora FicciónCaracas, se ha vuelto uno de los más minuciosos cronistas.
Jorge Gómez Jiménez (editor de Letralia)
Lea la entrevista completa
La huella del bisonte en Irreflexiones

«Desde que Gaby comenzó a frecuentar su casa, se había vuelto hogareño. Pero para llegar a eso tuvo que desandar un largo trecho de un farragoso túnel que tenía a la cirrosis hepática en el otro extremo».
Por la Caracas de los años ochenta, con un boulevard de Sabana Grande recién estrenado y una Candelaria de tascas libres del hampa, pasea Mario, un guionista de telenovelas divorciado, que en plena crisis de los cuarenta decide re-encontrase con Gaby, esa hija adolescente de la que nunca fue padre.
Incapaz de recuperar los años perdidos ataca en el punto más obvio; la difícil relación con esa madre castradora (tanto de hijas como de esposos) y se presenta como el viejo pana, ingenioso y simpático, un oasis complaciente para Gaby y su mejor amiga Karla. Karla, especie de Lolita caraqueña, fantasiosa, sensual e inteligente, removerá el piso (desordenará la cueva) de Mario; será ese maravilloso y extraño ser que lo haga cambiar sus esquemas, la novedosa huella del bisonte para ese antiguo cazador que creía tener todo controlado.
Interesante historia urbana, suavemente erótica, cercana a uno en el lenguaje, en sus paisajes y en sus personajes (más de uno debe haber estudiado con una Karla o con una Gaby y muy posible que tuvo un Mario de vecino). Se lee con agrado entre el lenguaje coloquial de sus protagonistas y las curiosas y algunas veces divertidas descripciones con las que se narra el drama en que poco a poco va sumergiéndose este guionista cuarentón, drama sin intentos de convertirse en una condena moral (más bien terminamos sintiendo un poco de lástima por este hombre adulto en cierta forma seducido por una adolescente).
Bonita edición de Norma, excelente portada con muy buena foto de Luis Brito pero qué fastidio con esos gazapos de letras entrometidas coleadas en el texto ¿Una primera edición apurada?
«Hasta el más peculiar y simpático aburre tarde o temprano cuando se es quinceañero».
Juan Raffo
Tras "La huella del bisonte"
"La novela carece de reglas. La novela es por excelencia el último bastión de la libertad creativa del individuo. La novela es el territorio de la fantasía, el trasunto imposible de la realidad, el big bang del pensamiento libre y el instrumento con el que el mundo se reinventa una y otra vez. Pura catarsis, puro caos, pura pasión."
(Fernando Royuela)
Casi 250 pàginas de prodigioso y titànico esfuerzo narrativo que se te meten por los ojos y no te abandonan hasta que la novela “termina”; obviamente, es un decir, porque a decir verdad se trata de una aventura interminable del espìritu. “Karla”, “Mario”, “Gabriela” y “La huella del bisonte” conforman el tetràlogo propuesto por su autor, Hèctor Torres, escritor de aquilatada y densa prosa narrativa que se incorpora al minùsculo y aristocràtico coro de las voces novelìsticas de la ùltima generaciòn literaria venezolana con una madurez discursiva digna de los mejores encomios por parte de la crìtica.
El autor de “La huella del bisonte” se erige con esta novela en artìfice de un universo psicològico de hondas resonancias intimistas y explora, con inusual maestrìa narrativa, esas zonas vìrgenes, pulsiones bio-psìquicas que inexorablemente emergen a la superficie vital de la màs rica y compleja etapa de un ser humano; la acadia adolescente, muy escasamente abordadas por nuestra narrativa venezolana de la ùltima centuria.
“Karla”, personaje fundamental que el autor invenciona con nìtidos perfiles psico-somàticos, descubre su sexualidad al frente del manubrio de su bicicleta una mañana al fragor de unos impulsos sùbitos y desconocidos mientras se dirigìa al abasto en procura de unas frutas que le habìa encargado su madre. Como todo lo crucial en la vida, adviene y se manifiesta de modo inesperado haciendo caso omiso a las leyes de la predictibilidad. La poderosa capacidad descriptiva que exhibe el autor en los pròdromos de esta novela se pone a prueba merced a unos raros dispositivos narrativos en los cuales el escritor desdobla, desde la psique de su personaje, al actante convirtièndolo en proyecciones de personajes provenientes de la faràndula nacional, verbigracia, Karla se metamorfosea en Madonna, o en Catherine Fullop, en Gigi Zanchetta o en Rudy Rodrìguez. Un asombroso dominio de las imàgenes narrativas se van sucediendo en el curso de las pàginas de esta novela y, por momentos, el lector tiende a olvidar que està leyendo, pues de estas memorables pàginas surgen escenas màs cinematogràficas que novelescas. Permìtaseme decirlo de esta manera: es como si el escritor a travès de cada pàrrafo, de cada pàgina, nos proyectara trozos de vida intensa y palpitante en todo su esplendor y, naturalemente, en toda su cabal aura mediòcritas tambièn, juntamente, sin desmedro de una a favor de la otra.
El arte masturbatorio de Karla alcanza en la prosa novelesca de Hèctor Torres cotas de magnificencia y excelsitudes tan extrañas que no le encuentro parangòn estètico-literario en el panorama narrativo de las ùltimas dos dècadas.
Caracas es un leit motiv que perdiò su amabilidad, dice el narrador. Mario, un gris libretista de televisiòn, novelista fallido, con un traumàtico divorcio a cuestas, cuya vida no pasa de ser un terrible y doloroso eufemismo que se desgasta en el triàngulo agobiante del Bar, la Librerìa y la Discotienda; ah, lo olvidaba; una visita mensual a su madre insomne e hipocondrìaca. La portentosa imaginaciòn del narrador idea el personaje de Mario como perfecta coartada psicològica para acercarse al deterioro de las relaciones dialògicas-comunicativas entre su madre y èl. La cotidianidad, esa viscosa materia que todo lo envilece y degrada en la vida vertiginosa de la urbe es puesta en entredicho por el novelista y sometida a càustica recusación moral por el novelista sin caer en falsas pontificaciones moralistas.
Rafael Rattia
En Analítica (Sección Arte y cultura)
La huella del bisonte
(3 imperdibles, de Imágenes Urbanas)
Anoche borré con mis dedos las huellas que dejó un bisonte en la página 247. Espero, sin embargo, que su perfume -una mezcla de café, alcohol y goma de borrar- se quede en mi mente por mucho tiempo.
Hace rato que estoy disfrutando la narrativa venezolana, así que en el último año he leído a Oscar Marcano, Federico Vegas, Adriana Villanueva, Rodrigo Blanco, Gisela Kosak y Juan Carlos Méndez Guédez. Desde que decidí no leer más traducciones –y lamentablemente no leo en otro idioma- me sumerjo en el océano infinito del nuestro flotando en aguas claras, turbias, calmas, efervescentes pero ciertamente maravillosas. Es tan grato reconocernos en nuestras palabras, en nuestros sabores y más aún en nuestros lugares. Ustedes saben de mi amor incondicional por Caracas, así que desde que los personajes que pueblan mis lecturas se montan en el Metro; caminan por Sabana Grande; se enamoran en la UCV, o en una heladería, soy un poquito más feliz.
Esta novela de Héctor Torres me encantó. Como dice María Pilar Puig, no es posible soltarla una vez que transitas la primera página. Bravo. Al final, cuando me faltaban pocas páginas, volvía atrás, releía, paladeando cada imagen, cada frase, como cuando me queda apenas un pedacito de chocolate y no me atrevo a morderlo, apenas saborearlo para que dure más. Debería decir, para entrar en la tónica de su lírica, como cuando cierras los ojos para que ese beso que apenas comienza, tenue, leve, húmedo se profundice, crezca hasta abracarlo todo y nos haga sentir que todo nuestro cuerpo es esa boca, esa lengua, esos labios y esa saliva, elixir divino que eleva todas las sensaciones, y, que irradia hasta volver de humo las extremidades que en ese momento hacen un descomunal esfuerzo para sostenernos.
Viendo a Mario temblar y flaquear ante Karla; a Karla entregarse a él con toda la sensualidad que se desbordaba desde su temprana pubertad, y a Gaby buscar en su profesor al padre que perdió y que recuperó en su tránsito de niña a mujer me ha abierto puertas y ventanas que llevan a los deliciosos caminos del placer sensual, del disfrute de las imágenes que crea el escritor “apenas” con palabras. Palabras precisas, corpóreas, olorosas, mullidas, aterciopeladas, suaves y contundentes. Palabras que avivan el olfato, el gusto, la vista y el tacto. Palabras que erizan la piel y avivan el espíritu.
Hace rato que dejé atrás mi adolescencia, que mis curvas han ampliado su radio; que mis manos se secan a pesar de que se tropiezan con un frasco de crema en mi carro, en mi escritorio, en mi mesa de noche; pero aunque mi vientre no conoció el bisturí cuando tuve la dicha de parir a mi hija, las estrías se han enseñoreado en mis caderas pero no en mi corazón. Sin embargo, la neblina del tiempo había atenuado el registro de esas sensaciones de la adolescencia y a través de los personajes de esta hermosa novela los he recobrado.
Insisto, además de describir con palabras sensaciones y sentimientos ajenos Torres debe tener una especial capacidad para que las mujeres vuelquen sobre él todos sus secretos. De no ser así, entonces es un mago. Ha encontrado la piedra filosofal de leer la mente de las mujeres.
Mitchele Vidal
En Imágenes Urbanas (15/06/08)
Héctor Torres retrata la riqueza del mundo interior femenino

"La huella del bisonte", se presenta esta noche en Econoinvest .
A Héctor Torres le encanta hurgar en el mundo interior femenino y de tanto escuchar, percibir e intuir produjo La huella del bisonte (Norma, 2008), novela finalista del Premio de Novela Adriano González León, en su segunda edición.
Años tenía Torres trabajando esta novela, e incluso asegura que la trama central tiene unos cinco años. "Era un cuento largo y me parecía que todavía había mucho por decir y fue creciendo. Esa novela se la agradezco a la derrota, porque participó en la primera edición de la bienal (Adriano González León) y llegó detrás de la ambulancia. Nadie la vio, no le llamó la atención al jurado y la seguí trabajando".
Al segundo intento, una de los encargados del veredicto, María Pilar Puig, la leyó y recomendó su publicación.
"La novela funciona mucho en las lectoras, se sienten identificadas con esos procesos, con ese universo de crecimiento íntimo que es muy rico, muy complejo y muy tabú. Es terrible, a los niños, desde que son bebecitos, les dicen "eso es para las mujeres", y ni por el carrizo se lo dicen a las hembras, que tienen tanta riqueza sexual".
Para Torres no es una novela erótica, aunque indaga en ese mundo erótico juvenil de las chicas. "A mí me encanta el tema, es maravilloso. No sólo es la sexualidad femenina: yo estoy hablando contigo y pagaría por saber qué estás pensando tú. El mundo interior de las mujeres a mí me obsesiona y me encanta hablar con ellas, que me cuenten sus cosas, sus diferencias con sus parejas. En la medida que escucho a mis amigas o conocidas concluyo que definitivamente no nos entendemos nada, y la idea que tenemos los hombres de las mujeres no tiene nada que ver con lo que ellas piensan de sí mismas".
El editor del portal Ficción Breve Venezolana adelanta que su próxima novela tratará otro tema: una crónica periodística.
Ana María Hernández
En El Universal (15/05/08)
La moral daña la literatura

Héctor Torres, fundador de Ficción Breve, retrata a una "Lolita caraqueña" en su novela La huella del bisonte.
E l erotismo es tan necesario como la violencia cuando se trata de contar una historia. Así explica el escritor Héctor Torres la carga sexual presente en su primera novela, titulada La huella del bisonte. Esta obra, finalista del Premio de novela Adriano González León, fue presentada ayer por la editorial Norma, en una ceremonia que tuvo lugar en el edificio Mene Grande de Los Palos Grandes.
La huella del bisonte fue lanzada al mercado hace aproximadamente un mes – en el marco de la Feria de la Universidad Metropolitana– y ya está causando polémica. La razón: el autor recrea en 247 páginas la sexualidad naciente de una adolescente llamada Karla, quien se involucra con el padre de su mejor amiga.
La novela del fundador de F icción Breve ha sido ampliamente reseñada por blogs como Letralia. En una entrevista que figura en este portal Jorge Gómez Jim énez le pregunta a Torres si se considera un pederasta o si asume alguna responsabilidad moral por las acciones de Mario (el amante cuarentón de la adolescente) en su obra literaria.
Otros blog de este corte, como El subrayado es nuestro, presentan a Torres como un escritor "que toma el riesgo de hurgar en el despertar sexual de la adolescencia femenina, a través de una mirada sensible, comprensiva, apasionada y no por ello desprovista de ternura y algo de dolor".
Café en mano y en la víspera del bautizo, Torres comenta que se interesó por este tema porque está presente en la sociedad y le pareció válido explorarlo.
El autor dice que estaba claro en que introducir el tema erótico en la literatura es de alto riesgo, independientemente de la edad de los protagonistas. "En los ocho años que estuve escribiendo y reescribiendo esta novela asumí que debía cuidarme de las escenas innecesarias, pero cuando el erotismo contribuye a la trama hay que darle cabida", explica.
A su juicio, el sexo – al igual que la violencia– son necesarios para contar una historia, pues porque son elementos que dicen más acerca de los personajes que muchos recursos expresivos juntos.
El autor toma distancia de los personajes y explica que la clave en el tratamiento de su historia parte de un gran respeto por la condición femenina. "Le di a leer este manuscrito hasta a mi madre y ella me decía: ’pero ¿cómo es posible que este hombre haga tal cosa?’ Ella se molestaba con el personaje, pero no conmigo porque no me planteé hacer una apología de las relaciones entre adultos y adolescentes; tampoco asumo posturas moralistas porque eso sería dañar la literatura".
Torres ve una debilidad en su primera obra narrativa de largo aliento: la "economía" en los diálogos. Para él, el género novela constituye un gran aprendizaje y éste es apenas el primer paso. Sin embargo, los escasos intercambios verbales entre los protagonistas vendrían justificados por la soledad y la incomunicación que caracteriza a la sociedad urbana que él recrea.
El escritor sostiene que la ficción es un medio para la reflexión sobre los grandes temas. "Creo que uno de los mayores problemas que tenemos es la incomunicación entre géneros. Estamos llenos de estereotipos, clichés, mitos y falsas verdades sobre el otro. A mí en lo particular como hombre me resulta de mucho interés el tema femenino. Por eso quise meterme en la psiquis de la mujer. He allí la razón de esta historia".
Carmen Victoria Méndez
En Tal Cual (16/05/08)
Monitor

Bajo el nombre de La huella del bisonte, editorial Norma recién publicó la primera novela del escritor venezolano Héctor Torres, finalista del Premio de novela Adriano González León 2006. La obra se pasea por el universo femenino, las relaciones madre hija, la sexualidad como arma, entre otros asuntos, a través de la historia de tres personajes: dos mujeres y un hombre, cuya relación es dibujada por el autor "con un erotismo refinado (que) traspasa toda la obra", según escribió una de las miembros del jurado del premio al justificar el galardón. Héctor Torres es fundador del portal literario www.ficcionbreve.org.
En Revista Estampas (01/06/08)
Grupo Editorial Norma bautiza “Huella del Bisonte"
El Grupo Editorial Norma bautizó el libro La Huella del Bisonte de Héctor Torres, título de la primera novela de este escritor quien en esta ocasión describe la historia de tres personajes notablemente caracterizados. Las historias de Karla, Mario y Gabriela se van entrelazando a través de una carga de erotismo refinado y poco usual que atrapa al lector hasta el último capítulo.
El manuscrito de La Huella del Bisonte, fue finalista del Premio de Novela Adriano González León en el año 2006 y el jurado que precedía el premio en esa ocasión, decidió recomendar su publicación inmediatamente. En el 2008 Grupo Editorial Norma es quien edita el libro dentro de la colección La Otra Orilla.
Héctor Torres es narrador y cofundador del portal de información literaria venezolana www.ficcionbreve.org; además coordinó este año la tercera edición de la Semana de la Nueva Narrativa Urbana junto a Ana Teresa Torres. La Huella del Bisonte es la primera novela que ha escrito Héctor Torres, sin embargo, se ha paseado por otros géneros de la narrativa como el cuento. Ha publicado varios libros de cuentos como: Trazos de asombro y olvido, Episodios suprimidos del Manuscrito G, Del espejo ciego y el más reciente, El amor en tres platos (Equinoccio, 2007).
Lea más acerca de La huella del bisonte en su website: www.lahuelladelbisonte.com.













